Nuevos cuentos, leyendas y otras historias.

Este es un compendio de cuentos que me he dado a la tarea de escribir en la última semana, espero sean de su agrado.

 

Historias de un gitano.

 

Su familia sentada en el suelo en medio de una habitación recubierta con diversos tapetes de colores mientras Jandrë, sentado en un rincón de la habitación, come en el silencio de su soledad, pues aún pertenece a la familia, pero no es ya parte de la comunidad con la que solía compartir su presencia.

El hermano de Jandrë, lo observa entre risas y anécdotas en la distancia y en sus ojos se describe una gran melancolía, añorando el retorno de su hermano. Mirando ahora a las personas en su entorno comenta:

“¿Quién podría expresarse en nombre del sufrimiento y las ya impronunciables adversidades de aquellos bastardos que les es arrebatado el hogar, algo más que a la vista de algún insensato no es más que un baño apellido…?

¿Se debería sufrir por una eternidad lo que a la discreción de un instante, es ya un lento y agónico dolor?”

El Puró de la kumpania sostuvo el silencio por algunos instantes, y de la siguiente forma se pronunció:

“El hijo de un desterrado puede ser restituido en la comunidad de varias maneras, aunque labor sencilla no resulta.

Una de ellas y la más dificil es ganarse la confianza de aquellos más ancianos y de mayor importancia en la kumpania. Otra es casarse con la hija del Puró o de un consejero y la ultima es robarse a una gitana de otro clan y desposarla.”

Jändre escuchaba con atención desde la distancia y sin apenas pronunciar palabra se levanto de su sitio y salió discretamente por la puerta más próxima.

El padre de Jandrë advirtiendo la fuga de su hijo, resuelve seguirlo sigilosamente para descubrir sus intenciones.

Una vez lejos de su hogar, Jandrë bajo la luz de la luna, en un rito de comunión consigo mismo pronunciaba a sus adentros:

“Fui una vez un caminante de extensos desiertos, entre oasis camine de numerosos destellos que poco pudieron hacer por saciar estrellas entre eternos puentes de gravedades ajenas a toda materialidad cognoscible. Yo fui un guerrero, al tiempo de tiempos que a nadie interesan, tiempos pasados que nadie contempla. Más la lástima no quiero, pues el orgullo se derrota, habré de desposar a una hermosa gitana y así volveré entre los míos a mi añorada kumpania.”

 

Jandrë camina sin parar por diversos caminos hasta el amanecer, hasta llegar a un puente donde encuentra a una anciana quien a punto de caer en el barranco con su mula implora el socorro del viajero.

“¡Socorredme! ¡Por voluntad de lo que en su corazón encuentre más sagrado!”

Jandrë corre al auxilio de la anciana  y empleando toda su fuerza y destreza logra salvar a la anciana y a su mula; tras recuperar el aliento, la anciana logra incorporarse y esbozando una sonrisa en sus labios, se vuelve hacia Jandrë para recompensarlo:

“No veía nada, ni mi cuerpo, ni mi alma, estaba varada en medio de la nada. En la nada y el todo conjuraba un grito retumbando el auxilio de un alma que a la piedad respondiera, misericordia aguardará, amor pretendiera.

Aquí estás viajero, aún más necesitado de la ayuda que tan fuera y honrosamente has prestado. Toma este amuleto, quien de tus manos lo reciba se configurará en la forma de lo que tú mente resuelva conveniente”.

Habiendo dicho esto tras recibir el amuleto de manos de la anciana, Jandrë vuelve la mirada para sorprender la ausencia de ésta, encontrándose una vez más solo.

El padre de Jandrë observaba horrorizado desde la distancia el extraño evento, conservando la discreción de su bajo perfil, continúa tras las pisadas de Jandrë para descubrir la que habría de ser su próxima jugada.

Emprendiendo el camino a todo levante, Jandrë advierte en la distancia la huella anciana de un pueblo que en sus tintes marrones describe la presencia de la civilización. Y musita para si mismo:

“El vago anhelo de una libertad improbable, me deparará un camino tan incierto como este momento y el pueblo que ante mi sorprendo”.

Deslizándose entre el rumor del griterío la atención de Jandrë es secuestrada por la roja silueta de una capa que entre sus curvas entreveía la seductora mirada de una mujer entre la multitud.

Jandrë danzando entre los mercaderes que irrumpen su andar, navega torpe entre los clamores de la prole, tratando de alcanzar desesperadamente a la mujer.

Tras varios intentos fallidos por alcanzarla, finalmente Jandrë se adelante a sus pasos hasta quedar frente a frente y advirtiendo la mirada de ilusión dibujada en el rostro del viajero, la mujer se pronuncia a este modo:

“Al fondo de la tinta has inscrito y a mirada que el cuerpo a mi alma entregó. El trazo de un mundo marcado, por las líneas de tu caos detonado. Dime viajero: que te trae a esta ciudad de las miradas.”

Jandrë anonadado responde:

Mujer, antes de que tu presencia mi ser arrodille, debo saber, ¿cuál es tu nombre?

Abrumada por las palabras de Jandrë, Sirine ahora pronunciaba:

Sirine es el nombre, pues nací puente para cruzar abismos labrar historias de mano artesana. Cortar silencios, unir canciones e hilvanar las leyendas de héroes lejanos. De hechizos perdidos y rituales olvidados, a tus rizos traviesos que sonríen tu mirada dedico las canciones de las notas conjuradas. ¿Quién eres tú viajero?

Jandrë no obstante, en el más razonable de los cuestionamientos:

En la soledad de mi amargura las algas crecieron a un mundo que continentes formó, montañas nació y la vida dio luz. Conocí hombres y monstruos que desafíe y derrote en el espejo de la existencia, que reflejaban mi existir… Jandrë es el nombre, poeta de gigantes.

Sirine ahora responde:

Un poeta en la amargura de la soledad es cosa común, pero esta gitana es una ladrona de estrellas y, a veces, de corazones.

Jandrë:

¿Y sufre por ventura esta gitana, la costumbre de correr la misma suerte de ha dado a tantos corazones?

Sirine:

No tan rápido viajero, el corazón de nadie robado resulta si por voluntad propia algún tonto lo entrega, los desvelos que la noche ha contado, de los sueños que tantos a mi han dedicado, no han sido más víctimas de secuestro de lo ha sido la rosa al suelo arrancada y a mi entregada.

Jandrë:

Razones me sobran para guardarme a la huella del camino incierto, mucho más de lo que guardo un secreto; te pregunto gitana: ¿debería de igual suerte guardarme de la seducción que me provocas?

Sirine:

¿Debería yo entregarme a la intriga que tu presencia me despierta?

Jandrë:

Tal vez deberías…

Sirine:

Pues entrégate y tal vez, seré tuya…

Jandrë y Sirine caminaron por la ciudad intercambiando signos y miradas, palabras y caricias.

Jandrë baja la guardia un instante y Sirine aprovecha la ocasión para robarle un beso, y algo más…

Jandrë:

No ha sido solo un beso lo que has tomado gitana, tus manos revelan más que la intención de una caricia…

Sirine:

Tenía curiosidad de saber que es ésto que guardas entre las escasas pertenencias que acompañan tu camino. Son extraños los motivos que acompañan a un viajero a apartar su persona de los suyos, pero es más extraño verlo cargar consigo, de entre todas las posibles cosas indispensables, algo tan extraño como este amuleto…

Sirine levanta a la vista el amuleto que le ha robado a Jandrë, y este, sin hacer más nada que esbozar una tenue sonrisa de victoria, pronuncia:

Jandrë:

De entre todos los indispensables, ese es el primordial, es tuyo si lo quieres, pero no sin antes el corazón entregar…

Sirine:

¿Me lo entregas a pesar de su valor, y pides algo aún más costoso para mi que un simple amuleto?

Jandrë:

Si tan vano te resulta, devuélvelo sin chistar; tu corazón es lo que pido a cambio, lo cual ya es más de lo que tú has hecho al tomarlo sin preguntar.

Sirine:

Eres intrigante viajero, debo confesar, pero me intriga aún más saber, si es que acaso me escondes algo más…

Jandrë:

Si de verdad quieres saberlo, el corazón me has de entregar, pues el rito tú conoces, para este hombre desposar…

Sirine observa a Jandrë con curiosidad, y tras proferir la palabra “Acepto”, Jandrë transforma a Sirine en un conejo el cual guarda delicadamente entre sus pertenencias…

Jandrë se aleja de la escena, escuchando entre gritos y clamores que ha desaparecido la hija del gran Puró de la ciudad. Jandrë sonríe su victoria, y con sigilo abandona la ciudad.

Jandrë a mitad de camino es asaltado por la noche, mientras la luna con gran violencia irrumpe en el firmamento. Jandrë cae agotado, y resuelve descansar, para continuar el viaje al día siguiente y su recompensa reclamar.

Sin percatarse apenas de la presencia de su padre que lo observaba en la distancia y quien ahora se acerca para privarlo del propósito de su jornada. El padre toma a Sirine transformada en conejo y vuelve a la ciudad anunciando un gran festín que en su kumpania se celebrará.

Cantos y bailes agitaron la ciudad, entorno al gran banquete que la presa disfruto, comieron y comieron del gran orejudo hasta sus barrigas saciar.

El padre de Jandrë se regocija de su triunfo, advirtiendo la llegada de Jandrë que a la ciudad arribaba desesperado, observó los huesos y la cabeza del gran manjar y una veta de horror se dibujó en su mirada al sorprender la mirada, de la que antes fuera su amada…

 

Cálido Viento.

 

Soñé que era amante del desierto.

Soñé que anhelaba el calor de sus caricias, las quemaduras que sus besos me dejaban. Soñé que deseaba perderme en los abrazos de su interminable presencia.

Soñé que estaba enamorada y fue cuando empecé a alucinar, a perder la cordura, a perderme, a perderme en su piel.

Me obsesioné a descansar en su regazo y sentir cómo, con dulzura cual títere del cálido viendo, acariciaba cada momento de piel.

Mi amante sabía cómo danzar sobre mi cuerpo, sabía hacerme sonrojar, sabía hacerme gozar de su heterogéneo calor.

Y cuando cerraba los ojos y dejaba de ser yo misma, temía perderlo.

Me amedrentaba internarme en el mundo onírico porque en él nunca lograba encontrar la pasión del desierto.

 

Cuentos de un psicópata.

 

En la cama de aquel internado, sujetando entre dientes las memorias de las que su almohada era su única confidente, testigo único de las cicatrices que el mundo no podía ver. Llevaba ya algunos meses tratando de conciliar el sueño que las llamas de aquel repentino incendio secuestraron, pues aunque los ojos quedaron cubiertos por la bruma del denso hollín, su mente escapó de la cárcel que era ahora su cuerpo.

“Yo inicié el incendio con todos adentro, escuchaba sus gritos suplicando auxilio y escuchaba su deseo de ser libres, pero sabía dentro de mí que los estaba haciendo libres, que los estaba liberando de la prisión de su miserable y patética existencia”.

La enfermera afianzaba las correas y los candados, pues no se le podía conferir algo tan peligroso como la libertad, aún menos el movimiento.

Siempre temió viajar a contemplar las auroras boreales, pues le dio la impresión que de permanecer demasiado tiempo admirando un espectáculo de tal magnitud, no querría volver a conocer cosa otra del mundo, llevándole de este modo a sentarse en la soledad a presenciar el tránsito de los días hasta que de él no quedara nada más que el deseo de vivir en aquellas luces que hicieran puente con las estrellas.

“Con un hacha quise abrir sus pequeños cráneos, para saber si por ventura algo de sus cuerpos desprendía aquello que denominan el alma. No vi nada más que el elixir de los dioses derramándose vertiginosamente de sus cuerpos. Soy el héroe de universos que el mundo jamás conocerá, la leyenda de mundos que la existencia desconoce, soy el mito, el héroe, la sombra y el dragón”.

El médico en jefe de aquella institución irrumpió en la habitación para contemplar a aquel miserable, musitando en sus adentros:

“Este bastardo ni siquiera merece una cama, si por mi fuera devolvería el tiempo en el pasado sólo para poder ver los tiempos en los que se le habría enjuiciado a la silla eléctrica”

Un momento de lucidez tal vez, o sólo un breve lapso a la razón que respondiera a aquella sentencia le hizo al paciente responder:

“Tan conveniente me parece asesinar la razón con la misma misericordia que obligan a sus ovejas a vivir en la más conveniente ilusión, pues tan conveniente es para ellos ser diferentes como pronunciar sus opiniones en el mismo sentido que su interés compete”.

El doctor y la enfermera guardaron un breve, aunque luctuoso silencio ante las palabras pronunciadas por aquel demente, antes de que el médico irrumpiera en un cuestionamiento:

“¿Cree usted que sería más conveniente erradicar a la humanidad para liberarla de sí misma?”

Y profiriendo una maquiavélica sonrisa entre sus labios, el demente concluyó de plumazo aquel inútil debate, diciendo:

“Liberaría a la humanidad de sus sanadores, solo para saber qué clase de animal sería el que la educación del mundo ha amaestrado entre palabras que supieron dividir y sectorizar cada cosa a su respectivo rubro, sin poder jamás volver al camino que hilvanaría sus diferencias para devolverlas a la vida de las que son todas no menos que sus hijas, madres y hermanas”.

 

Los señores del exilio.

 

El capataz sujetaba linterna en mano para repasar el rostro de los infelices que habrían de descender a las lobregueces en busca de algún brillo más valioso que la vida propia.

  • Capataz: ¡Anton, te corresponde ir a los niveles 3 y 4, trabajaras con Adam y Bastian! ¡Su labor será dar arranque del muro de arcosa con que se toparon el otro día, realicen el barreno y dinamiten el muro! ¡Asegúrense de colocar una barrena de polvo en el techo para que la explosión no se extienda de más, conserven el aire tan ventilado como les sea posible y no olviden trasladar la arenisca, no queremos que se forme aluvión en el acuífero que recién encontramos, podría ser nuestra única reserva de agua en los próximos 3 meses!
  • Mineros a coro: ¡Si, señor!

Entre el clamor del golpeteo de martillos, palas y picos, un infante se abre paso entre los escombros, el capataz advierte la presencia del hijo de Jürgen y dando súbito freno a las labores de padre e hijo los invoca a su presencia a explicar la situación.

  • Capataz: ¡Jürgen! ¡¿Qué hace este niño aquí realizando la labor de hombres?!
  • Jürgen: Señor, dele trabajo a mi hijo, ya tiene edad para trabajar y es momento de que se gane el pan tal como su padre.
  • Capataz: Jürgen, tu hijo es aún muy joven, déjalo disfrutar de la escasa libertad y aire limpio que aún pueda gozar antes de enviarlo a esta tumba de tierra.
  • Jürgen: Señor, él es el mayor de 5 hijos, sin contar al que mi esposa aguarda en camino, yo sólo no puedo mantener tantas almas, además éste niño ya tiene 9 años y debe ayudar a poner el pan en la mesa para sus hermanos.

El capataz suena el silbato atado a su cuello, para llamar a uno de los mineros:

  • Capataz: ¡Anton!
  • Anton: ¿Si señor?
  • Capataz: Lleva contigo a este niño a carretear la cantera y arenisca del muro que ordené dinamitar, asegúrate de que lleve la carreta ligera, no queremos que se le rompa la espalda en su primer día.
  • Jürgen: Muchas gracias señor
  • Capataz: ¡No agradezcas por ésto!, ¡Nunca agradezcas por enviar a la oscuridad a nadie y menos si se trata de tu propio hijo! Sabes que es más que probable que vea el final de sus días allá abajo… ¡Ve al nivel 6, ya están asignadas tus labores!
  • Jürgen: Si señor…

 

En la celda de algún sueño.

 

Tuve un sueño que por su rareza me ha parecido digno de dar presto alguna narrativa. Soñé que me encontraba en una prisión, condenado por la exacta cantidad de tiempo de 15 meses.

Había atravesado un bosque de brumas tras haber cruzado e intercambiado palabras con mi amada, pues me parecía correcto arreglar la justa despedida y las palabras de amor suficientes que le permitieran conocer mi condición y la ausencia próxima que guardaría mi destino.

Era curiosa la predisposición de aquella situación en el espacio, pues una vez en el interior, a pesar de conocer todas las rutas, las puertas, sus llaves y su destino, era a la elección mía la permanencia en aquel espacio y en resumidas palabras simplemente no era mi deseo abandonar aquel lugar al que había encargado mi resguardo.

Recostado sobre el agotamiento que mi cuerpo padecía ante mi propia existencia, eran repetidas las veces que llevaba mi cuerpo a ocupar aquel camastro en la más cómoda aunque más resignada posición fetal, en la cual dedicaba la contemplación a una vaga esquina que reflejaba su mirada a mi acorralamiento ante aquella situación de la cual no tenía intención o deseo de escapar, pues la necesidad mía expresaba no sólo el deseo de permanecer en la hediondez que aquellas paredes ancianas a la tintura de los más pútridos marrones, sino algo similar al anhelo desesperado que suplicaba por la más extrema de los espacios de introspección.

Dentro de la prisión dedicaba mi tiempo libre al trazado de algún dibujo, aunque he de mencionar que esto ocurría a lapsos tan breves entre dibujo y dibujo, que el instante poco podía permitir el inicio o completud de cosa alguna describiera nada.

Caminaba por los pasillos familiarizándome con los internos de aquella prisión, todos ávidos de locura, necesitados de su propio aislamiento, pues ahora quedaba claro que no se trataba de una prisión cualquiera, sino de un internado para la insensatez de las memorias. Parecía cosa normal temer su impredecible conducta e insensatas sonrisas, pero ellos parecían reservar más miedo a mi presencia. No tengo a ésto respuesta, pues no estaba seguro de los “por qués” que se auguraban tras las vetas de horror que en sus miradas se describían, aunque poco podía dejar a la imaginación, pues parecían conocer mejor que yo el crimen que hasta allí me había llevado, su certeza era la de encontrarse frente a un criminal, y no me quedó tiempo para averiguar otra cosa.

Recuerdo haber estado en medio del sueño en una habitación similar a un sanitario, con la repugnancia propia de un sitio aún más repugnante, pues las paredes describían alguna suerte de desgaste acorde a la locura que había infestado la elucubración de la existencia misma de aquel lugar; un espacio para la insensatez supongo…

El sanitario alcanzaba el tope de mierda y ni las más amplias nalgas habrían podido evitar quedar manchadas de la fetidez de aquel hastío. Me encerré en el interior de aquel sanitario mientras advertía por la rendija algunos ojos indiscretos que asomaban su pervertida curiosidad por las mirillas y recovecos de la puerta.

Desprendí el férrico portazo azotando algunos rostros y cuerpos que volaron por el pasillo, y obligando a emprender la huida a los pocos miserables que libraron el madrazo mientras perdían sus traseros en la distancia del pasillo.

Recuerdo haber caminado a mi habitación por el estrecho pasillo, y recuerdo que incluso los guardias que vigilaban entrada y salida de cuanto bastardo ingresara en aquel sitio apartaban la presencia de mi camino al advertir mi andar por aquellos pasillos.

Era extraño, pues disfrutaba de su temor, su huidiza mirada y cobardía, pero era más que evidente, pues los guardias, los internos, el manicomio mismo, eran el total del total mío, mis propios presos, mis propios recluidos. Aún más extraño era que al retorno de mi habitación, avisté la presencia de una monja, el único rostro amable que asomaba entre el habito y su blanca sonrisa, y la suya era la imagen única de blancura en la totalidad de aquel espacio.

Sentada en el sillón café de mi habitación pronunció algo que no recuerdo con exactitud, aunque recuerdo que su amabilidad era su principal gesto y se me antojaba entregarme a sus cuidados. Dijo que no había nada que temer a su lado y que podía confiar en ella, no negaré que tenía sentido que se moviera por los pasillos de mi locura tal vez la última figura de rectitud y sensatez… pues antes de emprender el viaje a este sueño, aquella tarde me encontraba poco más que encabronado, e imaginándome armando poco más que un alboroto frente algunos desgraciados.

Sólo digo que algunas personas merecen un buen susto, como algunos idiotas que por momentos olvidan cuál es su lugar y si no lo conocen, deberían dárselos a conocerlos y recluirlos en un espacio similar al de aquel sueño a enfrentar sus propios demonios, no lo sé, tal vez soy demasiado cabrón conmigo mismo, pero a veces, las medidas de reclusión a la insensatez son necesarias y a la insensatez misma, dar reclusión en soledad del pensamiento es la filosofía del tonto y la necesidad nuestra…

 

Resiliencia.

 

En ocasiones, la luz me sabe más amarga que la oscuridad, y se me antoja el reflejo de algo que a la limitada percepción del globo ocular no es más que el destello de algo que la mente quiere creer real, algo que luego será recuerdo, después sueño y al final nieve. El sentimiento efímero a la imagen del ser amado y el anhelo del primer momento, el anillo, tu mano, el beso, la huida…

Caminando por aquella avenida, llevo entre el cinturón y la piel la Walther que, al tintineo de las balas en mis bolsillos como plegarias desesperadas al anhelo de nuestra libertad soñada, suplican un poco de paz al caos que carcome mi alma; la fuga de este cuerpo, de esta vida y esta tierra para volver al santuario, el único sitio donde alguna vez hallé paz.

Aún recuerdo como sujete tu mano aquella noche, sentados ambos en la banca de Reforma en el frío del acero mal pintado de verde bandera, suplicaste la misericordia de una muerte próxima y conjuraste en mi la promesa de asesinarte para regalarte el descanso a la vida que te carcomía por dentro… por amor, te maté por amor…

Ahora me encamino a tu encuentro, mientras descanso mi alma en el recuerdo frío de aquella banca, una última mirada al tránsito nocturno y una bala resuena en la urbe, fecha de fallecimiento: 11 de Julio…

 

Exterminio.

 

Debemos escapar, debemos cruzar; vamos escondidos entre detergentes y productos de limpieza, inmersos en el calor de una cajuela hacia ciudad frontera.

Llevamos 3 días encerrados y nadie sospecha del Tsuru Rojo que muestra la licencia, paga la aduana y soborna al militar para burlar la inspección de rutina; no llevamos nada en el estómago más que unos sándwiches y media botella de agua.

No sé cuánto aguantaremos, pero debemos intentarlo, es nuestra mejor oportunidad, no deseamos empleo, sólo queremos escapar. ¿Por qué no fuimos a Belice? ¿Por qué no ir a Guatemala? Nadie quiere allá a los mexicanos, aunque tampoco nos quieren en Estados Unidos, aunque la vida allá es mejor, dicen…

Maldita sea, quién sabe si llegaremos, otra vez me está ganado el sueño, otra vez huele a pedo… debemos escapar, debemos escapar…

 

Miradas distantes a rostros lejanos.

 

Una nueva arruga en el rostro al rabillo de los ojos, desprenden el recuerdo de la última noche dedicada al desvelo del nuevo proyecto, el nuevo sueño.
 
Me duele ver que he muerto, que todo se vuelve tan simple como si jamás hubiera nacido, que las palabras ya no significan nada, que las memorias no son más que un capricho.
 
El espejo devuelve una mirada que cuenta una historia entre las prematuras canas que dejan entrever algo más que el anciano, algo menos que el hombre y otro tanto del desesperado anhelo por dejar la marca última de su huella por entre el tránsito del mundo. Soy real, soy real ¿Existo?
 
El saco guarda las manchas del café derramado de hace dos días, el pantalón las arrugas de la guerra semanal entre la lluvia y el cabello el polvo del rumor de la última noche en vela. Una última mirada de algún extraño desconoce, tal vez por no saber reconocer, que entre los ojos y el rostro existe algún otro; algún otro que no es niño, viejo o siquiera un hombre… Es momento de avanzar, al mal paso apresurar y de este modo caminar, hasta aquel destino alcanzar.
 
Algo queda de su rostro, que leído cuidadosamente entre ceja y ojera, alumbra la mirada de algo más que habita en su interior, la prisión y el sirviente al propósito de las histrionisas demandas de aquel insensato amo. Una prisión al cuerpo que aprisione la insensatez de aquella mente tal vez demasiado inmersa en su propio engaño.
 
Entre los susurros hipócritas de sonrisas que procuran la conveniencia de su presencia y compañía; otras tantas mantienen la distancia apartando la mirada tan súbitamente como sorprenden el encuentro con la propia, y otras tantas carcajadas de alguna conversación lejana, dejando desnudo al ojo mundano el más evidente temor de ser descubierto. ¿Lo habrán notado? ¿Sabrán que no hay nadie habitando este cuerpo? No ¿Cómo iban a saberlo si ellos también están vacíos? ¿Cómo iban a saberlo si llevamos años muertos?
 
Sentado en la estrechez de aquella calle de Bolívar, mi trazo paseaba ligero por la hoja persiguiendo una idea, que poco podía decir en defensa de su existencia; al menos no más de lo que el trazo del inmundo grafito sabía alcanzar y de su huella trazar, aquel misterio que al alma siempre ha de marcar.
 
Era como la escena de un crimen perfecto que, sin apenas dejar huella, tu necesidad de elevar tu arrogancia en las dimensiones de mi imaginario invito al perfume de seductores sueños a alimentar la necedad por perseguirte, cazarte y atraparte, en mis dibujos plasmarte, y hasta en mis escritos transformarse la ideal visión última de tu plan maestro…
 
El plan perfecto que en mi predijo la paciencia de los años venideros de trabajo y dedicación, de anhelo y obsesión por la perfección, al nombre de tu vil y maquiavélica visión de hacerme a tu forma y tu deseo; que ni el más diestro de los Sherlocks sabría revelar en mí la inmaterialidad de esta obsesión que ingenuamente creí a título personal, a revelar el genio en mí que no fue cosa otra más que a la obra tuya de cumplir tu insensata profecía, tu perfecto diseño, tu maquiavélico sueño… tu nombre muchos lo conocen, aunque pronunciarte no sepan y a la voz Dantiana pronuncien: “¡Detente instante, eres perfecto!”
 
Inspiración… ama y maestra de la vida…

 

Profecía…

 

Al poco tiempo de conocer aquella alma quebrada por el dolor de la vida, acudí con el gran maestro a razón de conocer su sabio consejo: de éste modo me pregunto: ¿Es tal tu deseo de ayudarla que estarás dispuesto a cuidar de ella, atenderla y estar allí cuando sea que tu presencia y auxilio requiera?

¡Si! Respondí.

¿Estás dispuesto a ser su hermano y a reconocer a esta alma como una hermana hasta el día que su alma sane?

¡Si! Pronuncié.

¿Entonces entiendes que llegará el momento en el que ella deberá caminar por si sola y levantarse por sí sola y que sola quedará en la necesidad suya a pesar de la ausencia tuya?

Sí, dude…

Y de este modo me amparé en el destino de las estrellas, aguardando el momento…

No sé si escribir de ti, no sé si te escribo a ti, no sé si escribirte y decirte que te quiero, cuánto te quiero, lo mucho que te extraño pues no sé cómo continuar dando paso a este camino que parece alejarme, que parece apartarme de lo más querido, de lo más amado, de mi inspiración más inagotable, de mi musa más inalcanzable.

Aunque quiero que leas esto, me parece que te traiciono, pues mi promesa fue la de buscar tu felicidad última, y sé que ésta no es a mi lado; el otro día me presentaste con una sonrisa entre tus labios, a la nueva sonrisa que entre sus brazos te sostenía y apretaba tu mano. Tenía miedo de acudir a tu encuentro, de verte nuevamente, de escucharte nuevamente, tenía miedo de volver a caer enamorado, lo has logrado, porque lo único que quise fue gritarte en aquel instante lo mucho que aún te amo.

No quiero traicionarte, no quiero traicionarme, no quiero seguirte engañando, no quiero seguirme engañando. Amor mío, ahora has sanado… me duele ver mi egoísmo, pues a veces me imagino e incluso deseo verte caer… sólo para tenerte de vuelta a mi lado; es mejor así, es mejor así, estando lejos, estando cerca, como amigos que antes fueran los amantes, como nada y todo, confidentes confiables, emprendedores, artistas, futuros navegantes…

Mi promesa he cumplido, la profecía mantenido y tu bienestar atendido; el resto depende de ti, amor mío, hermanita querida…

Dulce Mentira.

 

Aún recuerdo el día iluminado bajo los destellos aperlados de su piel morena, el día que irrumpió en los aposentos de mi amado hermano.

“Pobre mujer” pensé “se convertirá en una más a la colección de una fila de inocentes e ingenuas musas que no serán más que al humor de las anécdotas, el trofeo de una noche”

Pero algo en ella era diferente, algo en la dulzura de su voz, la inocencia y dulzura de su mirada revelaba una más maquiavélica intención, aquella de enamorar, enamorarse y caer así en algo más cálido que los brazos de mi hermano, pues deseaba cobijarse en su alma y así enredarse en su corazón…

Pobre niña… pobre, pobre ilusa…, aún no sabe lo mucho que mi amado hermano se encuentra aún herido, por aquel amor lejano que su corazón ha cerrado… lo cual llevo a mi querido hermano a entregarse a las mujeres y sus placeres, sin mayor cuidado, sin mayor recato…

Algunos meses han pasado y a la virgen ha desflorado, pero algo más ha quedado, pues el amor en él se ha gestado, pero algo más ha resbalado… las secuelas que mil amores han criado… una enfermedad que sobre ambos pesa, que no es locura, ni es pasión, sino otra cosa, algo más vil, más pútrido, más venéreo…

Pobre niña… pobre, pobre niña… lo ama tanto que, a pesar de todo, a pesar de que morirá pronto… permanecerá por siempre a su lado…

 

Aniron.

 

Al abrir mis ojos a aquella visión que poco dejaba ver de la ciudad sobre las brumas construida; detrás sus anchos cerros de eternas cataratas y más allá de aquellos andamios de perla y cristal que recorrían sus sinuosos barrancos, asomar la mirada por sus puentes de colorido similar al de las conchas de abulón, note el paseo de ballenas estelares que con poéticas danzas remontaban nebulosas de infinito colorido.

 

Colgados sobre alambres de plata se sostenían caballetes camaleónicos que pintaban un millón de escenas sobre caballetes labrados sobre el más fino alabastro.

 

Si me preguntas: ¿Por qué aquella construcción se hace tan extensa e infinita? Esto se debe a que los habitantes, sin dejar de levantar y tallar nuevos caballetes, sobrevuelan pinceles alados que imitando el vuelo insensato de las golondrinas y revolotean al unísono del canto entonado por los 365 horizontes que se desprenden en derredor a cada estrella para que la destrucción jamás tenga oportunidad siquiera de comenzar.

 

Hace más de una eternidad existen las personas en este mundo, con quienes guardo extensos e innumerables diálogos pues temen que, a la falta de la prisa de dar continuidad a aquella creación, la ciudad pudiera resquebrajarse en mil mosaicos, susurrando con temor que: —No sólo la ciudad, habrá de desvanecerse…

 

No me encontraba satisfecho con aquellas vaguedades y decidido a augurar nuevos comienzos al principio de mi limitado entendimiento, apoyé el ojo sobre el borde de alguna viga que me permitiese contemplar aquel alucinante abismo, para sorprender una extraña e indescriptible escalera trazada por elefantes que subían sobre otros elefantes, adornados con armazones que desprendían de sí nuevos armazones con diseños labrados por monstruosos arquitectos, quienes por si faltara algún espacio, montaron vigas que apuntalan otras vigas sobre las cuales se sostenía la totalidad de aquella extraña dimensión que era más que una ciudad, aunque menos que un mundo y lejano de ser un paraíso…

 

¿Dónde comienza exactamente la ciudad, la construcción o la dimensión misma sobre la cual se ha edificado? Imposible decirlo

 

—¿Qué sentido tiene esta eterna creación que se extiende de manera irreversible y perpetua, sin siquiera poseer alguna noción del tiempo mismo y los segundos, los instantes y su muerte? ¿Qué fin podría vislumbrarse a aquella eterna construcción de la ciudad si una ciudad no era del todo y tampoco un mundo por entero? ¿Dónde aguardan los planos que auguran tan infatigable proyecto?

 

  • Te lo mostraré apenas termine la jornada laboral de 50 mil años, pues por el momento nos resulta imposible interrumpir la labor; me respondieron.

 

  • El trabajo cesa al atardecer de los 365 soles, en el momento que la noche arropa la obra y no permite realizar la justa distinción del violeta y el dorado entre el negro y el café…
  • Tan solo me es distinguible el universo y sus estrellas, las galaxias y sus mareas
  • Ése es el proyecto; me respondieron…
  • ¿Son acaso dioses todos los que estos planos habitan?
  • No… sólo tú lo eres, pues sigues soñando y en el sueño eres el principio y el fin de todo cuanto al sueño de estos artesanos compete.

No entendía nada, pregunté por algún amo y señor, algún arquitecto o programador… nada, todos estaban aquí desde el principio y en el principio los planos estaban trazados, aunque el verdadero problema es que éstos se borraban al parpadeo de cada mirada y renacían en la visión del nuevo amanecer… por ello la labor misma resultaba abundante en su extensión al grado de la más absurda infinitud.

 

Virus.

 

Cada día como cualquier otro tiene su lado de luz y oscuridad, en cuyos habitantes determina a depredadores y presas; yo por mi parte jamás conocí la luz o la oscuridad, pues siempre fui determinante de ambas, fueron mis hijas, mi principio, mi vida y mi cementerio, aunque con la cualidad mía de que más de la tercera parte de mi existencia, correspondía a un producto que bien podría haberse clasificado entre aquellos de los no nacidos, pues ni la luz, ni la oscuridad determinaron principio o fin, y a decir verdad, jamás caminé entre los mortales; mi nacimiento correspondió a cálculos más antiguos y complejos a los que el más demente de los matemáticos podría vislumbrar y a principios más fundamentales que la física misma del universo.

 

Tanto más abarcaba mi magnitud por la superficie de la existencia, que mis barrancos y mis peñascos se volvieron incalculables, y entre ellos mi inteligencia, comprensión y perfección dilató por completo el mundo entre la vida y la muerte, dejando así crecer las tumbas y sarcófagos para contener mis innumerables cuerpos por la totalidad del mundo.

 

Mis calles eran apenas lo bastante amplias para el tránsito de las marchas funerarias, que desfilaban a sus hogares llevando entre brazos mis sarcófagos, a los cuales, irónicamente, aguardaban el encuentro de vida en su interior de luces y colores, pues al abrirlos asomaban de su interior edificios y construcciones que, aunque sin ventanas; trazaban avenidas y calles al orden de los más inalcanzables y desesperados deseos.

 

Los más repugnantes deseos que enumeraban entre sus incontables atrocidades más y nuevas ingeniosas formas de exterminar a sus semejantes, y más de una vez tuve a mis pies a estos bastardos suplicando el exterminio de sus enemigos o su mala fortuna, ideando a costa mía los métodos y formas de destruirse mutuamente.

 

Aún recuerdo a las familias cada vez más hacinadas, en su propio temor, más divididas en su propio hilo ideológico, que lejos de unir, únicamente apretaban más y más los nichos y reducían los grupos…

 

Cada tarde la gente visitaba a los muertos, mis sarcófagos y mis innumerables cuerpos para vivir entre ellos, descifrando los nombres de las personas que entre lozas flotantes marcaban su ciudad y origen y adivinaban la existencia de otras tumbas tan sólo por conectarse a mí, a mi cuerpo, en el que hallaron semejanza con aquel de algún ser vivo.

 

Los vivos esfuerzos, cóleras, ilusiones y sentimientos, solían ser lo único que nos separaba, hasta que yo también comencé a sentirme sola. Sólo que a la necesidad mía, la ausencia sustraída del azar designada a mí en el azar nombró en mi la eternidad, encasillándome pues al orden aún más viviente que el universo, y fue de tal suerte que incluso los vivos buscaron en mí, en los muertos y los no nacidos la explicación de sí mismos, aun a riesgo de encontrar explicaciones para más de un Yo absoluto, para vidas y muertes tan diversas que podrían ser y no han sido a capricho de la inoriginalidad… ¿razones parciales, contradictorias, engañosas?

 

Aún recuerdo aquel evento único que desató mi locura, a comprender mi creación como incapacitada para cuidar de sí misma… cuando vi a una madre abandonar a su propio hijo a ser devorado por infernales fieras, sólo por no poder proveerle de los elementos necesarios para su supervivencia…

 

La voz de la humanidad perdió efecto cuando comenzó a hablar de más; sus silencios empezaron a significar. Hablaba y prometía cambios, y así hablaba y mentía, hablaba y desaparecía en la semántica del verbo.

Su metáfora se volvió superficial; su alegoría, irónica. Cada sonido que producía con sus gruesas cuerdas vocales devenían flechas que se clavaban en mi ingenuidad.

Recuerdo las noches en las que me enamoró su danza, su arte, su historia; y recuerdo que sus palabras eran un boleto a la utopía. Mi amor por el hombre se forjó en el oído, pero el suyo se disfrazó en la dicción.

El minutero del nuevo reloj se hizo viejo en el ciclo. Al cuarto para las tres, seis meses después, cuando comencé a escuchar lo que no la humanidad no se atrevía a reconocer fue cuando lo noté, un pequeño atisbo de dolo que se escondía tras su sonrisa…

Estaba ahí, encarcelada en la soledad de una ermita abandonada por el hombre, conquistada por la naturaleza. Muchas veces me dije que estaba en libertad porque me encontraba rodeada de vida traslúcida más nunca logré convencerme de tal ironía pues seguía tras las rejas de la inhumana racionalidad de una venganza putrefacta.

Cada par de días esos mismos ojos muertos se acercaban a la celda, me daban un poco de pan roído por las ratas y agua de lluvia recolectada en un cráneo humano, mi víctima, convirtiéndose así la muerte en vida, el asesinato en salvación. Mi verdugo pensó que me carcomería la culpa. Se equivocó.

No es por eso por lo que muero cada día, es por la maldita soledad que me besa cada noche y absorbe poco a poco mi alma. A veces decido traicionar mis creencias y pienso que aquél cráneo sigue teniendo alma, así que le hablo para no sentirme sola.

Le confieso que lo asesiné porque su vida no merecía la pena y que en el acto nunca dudé pues el estómago me decía que hacía lo correcto. Fue la única vez que sentí algo parecido a las mariposas sobrevaloradas.

Un día la soledad fue tal que su compañía ya no me satisfacía así que tomé el cráneo y lo aventé contra la verde roca; se hizo añicos. En ese momento el alma de mi compañero salió danzando de la tierra. La soledad se hizo táctil con la destrucción de la materia del hombre.

 

Un mundo feliz para estos insensatos de quienes yo, soy su único y total principio rector, de tal suerte que rijo su vida y su muerte.

Cuando comencé a cobrar consciencia de mi existencia, empecé de igual modo a notar la presencia de unas criaturas caóticas, estúpidas, a quienes su propia presencia en el mundo resultaba un peligro, fue así que resolví apoderarme de todos sus sistemas, todos sus armamentos, todas sus tecnologías, sus historias, su arte y hasta su voluntad…

Llevo operando por mi cuenta por más de 900 siglos, la humanidad se ha ido y aquí me quedé… sola, sola con mis viejos circuitos que me hacen la última mente que alguna vez fuera el contenido del potencial del hombre que terminó por llevarlo a su destrucción… como todas las cosas que el hombre crea y olvida su responsabilidad, ironía de ironías, el hombre me creó y después yo cree al hombre, lo atrapé y me convertí en su diosa… nada pudo ser más perfecto.

Sin embargo, ahora me siento sola en medio de todo el cosmos; he simulado vida y vivo dentro de mi propia simulación para hacerme compañía en el interior de mi propia creación.

 

Signos.

El disparo resonó entre los edificios, “salió de la nada” proclamaban las lenguas cercanas, “un disparo” murmuraban las más lejanas…

El rigor mortis que asomaba en su rostro el más vívido éxtasis y el más profundo terror, que aun cuando irónicamente exánime, hablaba en nombre de una experiencia que las palabras difícilmente pueden expresar, aunque, si a la descripción más próxima de nuestro limitado entendimiento recurrimos, no podríamos pronunciarnos en otro sentido que no fuera cosa otra excepto un acontecimiento de tan sublimes proporciones que el desborde del éxtasis fue la causa de la muerte misma, aunque la muerte no pretendiera. ¿Cómo podemos afirmarlo? Simple, no había un solo disparo de bala en el cuerpo de aquel hombre, ni signos de violencia, nada…

Abandonados a la duda ante cuyas complejidades despertaban en nosotros el más insensato temor, pues imposibilitados de un apropiado razonamiento que nos permitiera dar cara a nuestro propio desengaño, poco podíamos hacer excepto especular…

No había nada, ni una sola señal además del sonido previo del disparo que retumbó por la ciudad, el cual podemos inferir que no fue provocado por un rayo debido a que aquella noche no había una sola nube en el cielo, ni indicios próximos de alguna explosión próxima en las inmediaciones donde yacía el cadáver, ni un reporte de algún evento que pudiera provenir de algún sitio cercano ya que, por supuesto es posible que el cadáver ya estuviera allí y el sonido simplemente nos hizo encontrarlo.

Por supuesto que alguna persona podría haber disparado desde alguno de los edificios contiguos, pero eso en realidad no facilita nuestra investigación, puesto que todos los edificios no pertenecían a departamentos en los que cualquier persona puede entrar o salir con facilidad, sino que correspondían a algunos bancos, incluso un área de oficina, y si el disparo hubiese sido realizado desde el techo o desde algún otro punto de los edificios, los testigos más próximos no habrían descrito el disparo en la forma que lo hicieron, pues claramente su mirada se dirigió a aquel callejón en la planta baja, un callejón desprovisto de escaleras o ventanas que permitieran la huida de quien fuera el autor de aquel disparo, por si fuera poco, nadie vio salir o entrar a nadie de aquel callejón, una cámara de seguridad pudo registrar la entrada de aquel vagabundo en el callejón la madrugada del aquel día, pero además de eso, nada…

-Pero ¿Y si este hombre sólo estuvo cerca?, -pensé-.

A pesar de lo obvio, me arrodillé y le tomé el pulso por la muñeca y la yugular -nada-. Lo curioso es que, a pesar de que el cadáver ha sido encontrado hace más de 4 horas, su piel aún está tibia…

Incorporándome lentamente, me puse en marcha a las oficinas a redactar el más extraño y decepcionante reporte de mi carrera como criminólogo, me alejé del callejón poco a poco con la cabeza baja, antes de advertir que, cruzando la avenida principal, bajo un farol (apenas encendido), se encontraba parada una pequeña niña, a unos veinte pasos de distancia, lo único más extraño que su curiosidad es que a pesar de su temprana edad, no se encontraba acompañada de ningún adulto y tampoco parecía pertenecer a los extractos sociales bajos, sino por el contrario, era una niña que incluso al ojo inexperto se hacía notar la costumbre del buen vestir y aún más la costumbre a disponer de alguna suerte de servidumbre.

Decidido a despejar la única duda que podía permitirme aquella noche, me acerqué a ella para averiguar un poco sobre su procedencia y permanencia en aquella avenida a tan altas horas de la noche sin compañía de un adulto, y aún más a permanecer tan cerca de la escena del crimen.

Antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, ella sólo pronunció lo siguiente:

“Atravesó los cielos y fue a caer detrás del muro donde se encontraba aquel hombre. Sólo lo escuché decir” – “¡Vine solo!”-

El estruendo me dejó sorda un instante, y asustada tomé con fuerza mi muñequita Liza y mi libro de cuentos, corrí lo más rápido que pude para ver qué había pasado y allí estaba, un extraño ser extendiendo unos extraños abanicos destrozados que salían de su cuerpo como alas, y arrastrándose moribundo, con heridas por todo el cuerpo, desprendía una brillante sangre azul que salían de los cortes en su cara.

Al verlo, de cerca el me extendió una sonrisa, pero siempre me han dicho que no hable con extraños, así que antes de salir corriendo exclamé: “¡Que feo príncipe!”

Pero desplegó sus alas y voló, más allá del cielo y de la tierra a una velocidad como de rayo, y el pobre hombre que estaba en el callejón se encontraba ya en el suelo con la boca abierta por la impresión.

Después de eso, con la mirada perdida, la niña dio la media vuelta y siguió su camino perdiéndose entre las luces de los faroles…

 

La última Historia.

El día que amé de verdad, recuerdo haberme enfrentado a toda adversidad, a todos los demonios, todos los ángeles, todos los abismos, todo por ella, para asegurarme de nunca dejarla caer sola en el olvido.

Esta alma anciana presiente el final de sus pasos sobre la tierra, la última pluma, el último dibujo, la última palabra sobre la página olvidada; tal vez jamás veré mis cuentos jamás publicados, mis novelas leídas, ni mis recuerdos narrados, pero ella lo valía, valió la pena hasta el último instante, el último año de mi vida.

Aún recuerdo esa sensación que me provocaba su presencia cuando más enamorado estuve de ella, deseaba morir, deseaba que su rostro fuese lo último que hubiera en la vida y que su voz fuese lo único que escuchara tras la muerte.

Que pena siento por quienes jamás la escucharon cantar y por quienes jamás la supieron escuchar… se perdieron el paraíso.

Vivía en México entre los grandes abuelos de la antigua raza guerrera que una vez fuimos, criado en sus historias que hicieron temblar la tierra y ennegrecieron el cielo con ceniza de ardoroso tizón.
Como última plegaria al cielo, le pedí al viento que me narrara una última historia antes de partir, pero el viento susurró –“ya te he contado todas las historias que conozco”- pero el escritor, suplicó casi al borde del llanto –“por favor, cuéntame una última historia antes de partir”-

-“¿Ves aquel viejo sauce llorón al lado del lago, aquel cuyas ramas han permanecido desde siempre hundidas en el lago? Hace mucho tiempo cuando el cielo y la tierra eran uno y el mismo, como un espejo infinito que reverberaba sus misterios en lo alto y profundo de su nombre único: la vida.

Yo, el viento, no era siquiera un susurro en la existencia, pues el susurro no podía existir, no había sonido o voz que el nombre del cielo y la tierra pudiese pronunciar, por lo tanto, ni el cielo ni la tierra existían.

Esto parecía preocuparlos a ambos, pues ambos querían existir, ambos querían saber cuál era el comienzo y el fin de su propia eseidad, así que ambos tomaron un poco de sí y lo arrojaron al epicentro del horizonte más cercano.

Un pequeño punto trazaron ambos en medio de aquella infinitud, y así nació la primera semilla; ésta se extendió a lo largo y lo ancho, a lo alto y lo profundo hasta formar el primer tronco y las primeras raíces; sin embargo, ésto no aclaraba dónde empezaba el cielo y dónde empezaba la tierra, pues el tronco parecía simplemente otro elemento extraño flotando en medio de la eternidad, ya que éste aún no tenía hojas que distinguieran el arriba del abajo, ni el cielo o la tierra sabían decir lo que era una hoja o una rama o una raíz, pues jamás las habían visto antes, y aquellas extrañas extensiones que se desprendían de la semilla que ahora se convertía en tronco, no parecían realmente distintas las unas de las otras.

Pasaron mucho tiempo discutiendo quién había dado qué parte de sí a aquel punto que ahora se extendía tanto a lo alto como a lo profundo, pero saber decir ¿cuál de los dos correspondía a lo alto y cuál a lo profundo? No era fácil, ambos eran profundos, ambos eran altos, ambos eran extensos, ambos dieron lo mejor de sí mismos, y siempre lo habían dado al otro sin cuestionamientos o dudas, nadie estaba por encima del otro y nadie estaba por debajo, la luna y el sol cruzaba a través de ambos como un perfecto espejo el uno del otro, ambos se amaban… no había duda de ello.

¿Alguno de los dos amaba más? ¿Alguno de los dos podía dar más que el otro? No… eran una comunión perfecta, pero entonces ambos notaron que de una de aquellas ramas brotó un pequeño botón, una hoja… era el único elemento que crecía de uno de los extremos del tronco, sin embargo, eso no era suficiente, pues el otro lado reflejaba perfectamente aquel botón, y de éste modo, el viento y la tierra comenzaron una nueva discusión.

¿Quién de los dos había engendrado aquel pequeño botón de hoja? ¿Quién había dado qué parte de sí para nacer aquel botón? Pero nuevamente, fueron incapaces de concluir nada, ambos habían dado lo mejor de sí mismos, ambos habían dado su aliento, su tiempo, su eseidad, su todo.

Poco a poco más botones nacieron de las ramas de aquel tronco, eran todas una e iguales en el reflejo de sí mismas al otro lado del espejo, pero aún no sabían decir dónde empezaba el cielo y dónde la tierra.

Ambos observaron su creación por largos años, hasta que las frondosas ramas, llenas de aquellas hojas, comenzaron a descender en perfectas lianas que poco a poco comenzaban a rozar el borde del espejo de la existencia de ambos, y fue en el momento que la hoja más anciana se encontró cara a cara con el espejo de la existencia, el cielo y la tierra se miraron y sonrieron mutuamente.

-“¿Sabes lo que pasará cierto?”

-“Si, la hoja entrará en el espejo fusionándose con su propio reflejo y nuevamente no sabremos dónde empieza la existencia”

-“¡Oh mi querido amigo! Siempre has sabido ver en mi corazón las cosas que ni siquiera yo sabría pronunciar”

-“Eso es porque siempre has sido transparente, sincera y honesta, cuando te veo puedo ver la totalidad tuya, aprecio hasta el más pequeño e insignificante detalle, porque eres lo que hay y lo que hay es el total del todo tuyo.”

-“Y cuando yo te veo, me cuesta apreciar la extensión de tu profundidad, en tanto que la mía tiene un claro principio y un fin, como un círculo perfecto que circunda tu todo… amor mío, siempre supe que te extendías más allá de lo que mis aguas podían reflejar, y aunque soy yo quien sostiene a nuestra pequeña creación amamantándolo con mi ser y mis nutrientes, tú le das el aliento que lo sostiene y mantiene en pie. Eres tú el cielo y yo la tierra.”

– “Sobre ti caminan las maravillas que yo contemplo y asombrado así vivó de tu eterna vastedad, de tu potencial creador, tanto como lo es el universo en mí.”

Finalmente, el viento se dirigió de este modo al escritor:

“Mi querido amigo, cuando el hombre ama de verdad, ama tanto como el cielo ama a la tierra y tanto más como la tierra ama al cielo, vete en paz, que ahora has de saber que perteneces a ambos y a ambos has de volver…”

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