Mi Santuario – Relatos de una personalidad Esquizoide.

Mi Santuario

Mi Santuario – Relatos de un Esquizoide.

Autor:

Gabriel Aceves Higareda.

Nota: Esta novela que ahora comparto contigo es un proyecto que comenzó hace poco más de 10 años. Nació como simples anotaciones acerca de mis pensamientos, sueños e imaginario. Posteriormente, la obra original fue destruida y reescrita como un regalo para una persona sumamente significativa en este proceso llamado vida. Ahora tú también eres esa persona especial con quien deseo compartir el presente trabajo. No sólo espero resulte de tu agrado, sino que invite a un espacio de reflexión, destrucción y construcción para hacer de todos y cada uno de nosotros mejores seres humanos.

Agradecimientos:

A todos aquellos que caminan el proceso del autodescubrimiento, para conectarse de vuelta a la vida como uno e iguales, a Desteni.

Un agradecimiento especial a Anette Velay, quien inspiró la creación de este y otros escritos.

Nota del editor:

El siguiente texto consiste en una narración en torno a eventos ficcionales ocurridos en espacios tanto oníricos como reales. Inicialmente podía considerarse una extensa carta que, sin embargo, trascendió sus propios límites convirtiéndose en una extensa novela extraordinariamente bella construida a través de una serie de confesiones concatenadas. Debido a lo anterior, el autor se dirige constantemente al lector denominándolo “querido testigo”.

Prefacio:

“Quien tiene grandes pensamientos, suele cometer grandes errores”.

– Martín Heidegger

“Mientras lo bueno y lo sagrado no suba más allá del punto más alto que existe en cada uno de ustedes, lo malvado y lo débil no podrá bajar más allá del punto más bajo que existe también en ustedes”

– Khalil Gibran.
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Querido testigo: Esta no es una crónica que pretenda el relato de eventos pasados. Me resulta imposible expresar memoria de todo cuanto subyace bajo la superficie de la obsesiva inmaterialidad de nuestro subconsciente, esto es tan sólo el casco a la deriva de una embarcación derruida por el tiempo, el espacio y la tormenta.

No pretendo verdades profundas o sabiduría alguna, apenas una breve reflexión en torno a la fragilidad de nuestra humanidad y tal vez alguna advertencia para quienes comparten nuestra edad y geografía. Siempre cuestiona hasta el más insignificante signo de aquellos lenguajes silenciosos, voces esclavas de palabra extranjera al idioma original de la vida, que tus palabras sean herramientas a tu andar entre la colectividad de los cuerpos que deambulan entre el cauce informe de una herencia etimológica dada, sobre la cual dedicamos apenas algún estudio y reflexión; no te fíes de esos lenguajes y mucho menos los creas tuyos, y es por ello que te pido que no confíes en una sola palabra de este tonto que no pretende traer luz a tu vida, sino oscuridad; quiero llevarte a un profundo abismo que subyace bajo la piel, tanto dentro como fuera de ti.

Si me permites expresar mi franqueza, me es difícil determinar un principio, un final o un propósito a todo cuánto escribo; y fijar si por ventura algo en mi interior no se encuentra interfiriendo entre la cabeza y el corazón para entorpecer el suave andar de la mano al plasmar fidedignamente todo cuánto resulta mi sentir. ¿Alguna vez has experimentado el vértigo que enmudece las páginas en los anaqueles del corazón, al sentir los ojos y las miradas ajenas que contemplan la corrosión del polvo que es tu historia, e incineran la biblioteca entera sin antes haber levantado uno sólo de tus libros? Nuestra muerte llega con cada palabra que recorres y dejas atrás, con el pasado que muere entre los segundos vividos y los instantes consumidos en el irrefrenable tránsito de nuestra presencia en el mundo, la cual desperdiciamos demasiado indagando entre las cicatrices de la memoria; aunque ya sabes lo que dicen:

“Para seguir en la vida, a veces, tenemos que olvidar, pero para poder vivir, a veces, tenemos que recordar”. ¿Podrías acaso negar que te debo la vida mi querido testigo?

No me encuentro aquí contando historias que el mundo desconozca o nuevas verdades creyendo que puedo decirle a alguien como vivir esto que llamamos vida; me atrevo a decir que he aprendido más de aquellos maestros sin aula que uno encuentra por la vida, que de cualquier cantidad de libros leídos en mi corta existencia. A la contradicción de estas palabras, tal vez correspondería hallar el sitio dónde figura el “otro”, dentro de un “alguien” convertido en un “algo” que no reconoce nada, excepto el materialismo de una existencia delimitada en su propia cosificación como consecuencia de una vida dedicada al consumismo. No obstante, lo que la noche se ha llevado, el día lo devolverá, la pluma del halcón dorado volverá y la humanidad nuevamente se levantará.

Mi querido testigo, tú no necesitas bienvenida a este espacio que, a partir de este momento, se ha vuelto tan tuyo como mío. Este santuario es y será más tuyo que mío, pues mis palabras ahora te pertenecen, las has vuelto más tuyas que mías por el sólo hecho de conducirte en ellas. Me has vuelto tuyo de muchas maneras: desde la interpretación que tu mente me ha a mis palabras, en cuanto a la persona y la vida; la cual no es mi vida, sino la tuya que ahora recorre las líneas que pretenden contar la mía. Todas ellas suscritas a aquel mundo invisible que llevamos más guardado que un secreto, aquel donde los únicos ojos son los tuyos y los míos; para ver y entregarte uno de mis bienes más preciados: la palabra.

Capítulo 1. Un diálogo con la pesadilla.

 “Aunque no quieran oírme, sé anunciarme a los corazones, gracias a diversas formas que tengo para cumplir mi triste obligación; soy siempre compañera molesta que todos encuentran sin que nadie me busque, viéndome a la vez halagada y maldecida. ¿Has conocido la Aflicción?” (Goethe, Fausto)

Todas las mañanas la observaba desde una prudente distancia delimitada por la ventana de mi habitación y la avenida, mientras esperaba disolver mi presencia con la suya más allá de la muchedumbre que nos envolvía en sus sonidos matutinos, pues no quería que nada se interpusiera en aquel momento que había hecho tan nuestro. El momento en el que la observaba caminar entre la gente, me abandonaba a un cierto sentimiento de paz y perfección, pues a pesar de su rostro percudido por la lluvia del día anterior y su vestimenta haraposa. En sus ojos se revelaba el anhelo por la nueva sorpresa que la vida auguraba, entretanto permanecía indiferente a la calma o la tormenta del mañana inexistente. Para ella sólo existía el presente, el ahora.

No era el único enamorado de ella, pues la gente que pasaba a su lado, siempre le extendían amablemente algún pedazo de pan o una sonrisa, la cual ella devolvía en un pícaro parpadeo de sus ojos azulados.

Al verla caminar, la volvía mía por un momento; sólo un momento antes de volver al martirio de la propia existencia, aquella condena que nos encadena de manera perpetua a vivir cerca del suelo, allí donde quienes carecemos de alas nos limitamos a soñar. Ella, sin embargo, podía elevarse por encima de todos los mortales para soñar allí arriba, allá donde las nubes besan el sol. Para mí, no existía duda alguna de que en su presencia, contemplaba la manifestación misma de un ángel. Así fue como poco a poco se volvió la dueña de mis pensamientos desde el nacimiento hasta la muerte de Apolo, mi única amiga, la única confidente a quien le entregaba mis penas entre los siseos que rezaba entre mis infiernos al verla, como aquellas plegarias que suplican elevarse con ella hasta el cielo. Así lo decidió mi egoísmo, así lo confesó mi alma.

No obstante, yo sabía que ella no era mía, ella no era de nadie y no podía ser de nadie. Ella conocía una libertad que al resto se nos tiene prohibida. Pero allí estaba ella todas las mañanas, sencillamente ahí, parada sobre la avenida, suplicante por aquellas migas de pan que recibía de la generosidad de las personas. Esto lo repetía religiosamente cada mañana en el peregrino círculo de su tránsito por la vida. Nadie sabía decir a dónde iba después de su rutinaria visita a aquella esquina frente al semáforo; tal vez consolaba a algún niño triste con el destello de su rostro y su sonrisa; tal vez alegraría a alguna anciana con su sagrada compañía; sin importar dónde fuera, yo no podía atribuir nada a su existencia excepto el noble propósito de sanar los males del mundo. Si la hubieras visto lo habrías sabido, no podía ser de otra forma.

Tampoco sabía si tenía madre o padre y aunque por supuesto los tenía, ella siempre estaba sola, dueña de sí misma, desafiando los límites de su voluntad y por ésta singular y única razón, era prácticamente imposible no enamorarse de ella. Estaba seguro de que lo mismo ocurría con todos los que la miraban, incluso aquellos que colaban su desprecio por el rabillo del ojo y la recorrían de arriba abajo en su supuesta indiferencia, es obvio que sentían lo mismo ¿Quién podría no sentirlo?

Aún recuerdo aquella mañana en la que sin advertencia, decoro o ceremonia se arrojó a la avenida dejándose medio arrollar por aquel auto a toda velocidad. El carro ni siquiera se detuvo tras haberla arrollado. Todo pasó muy rápido, tanto que no sabría decir qué ocurrió primero, si fueron las lágrimas que rodaron por mis mejillas, o el grito desprendido de mi pecho por el vuelco que dio mi corazón al ver sus plumas ensangrentadas empapando el cielo con mis plegarias y mis sueños de volar con ella algún día, e irnos lejos de esta inconsolable masacre que llaman vida. Esos sueños ya no importaban, pues ella se me había adelantado, ¿cómo siquiera enunciar lo que aquel momento representaba y lo que había perdido?

Mi madre descendió las escaleras a toda prisa al escuchar mi llanto exclamando repetidamente

  • “¡¿Qué tienes?! ¡¿Qué pasó?!”

Sin poder apaciguar el dolor que se ahogaba en mi propio grito e ignorando la manera de nombrar en forma alguna; aquel dolor que sentí por primera vez en mi vida al nunca antes haber perdido a alguien cercano y mucho menos al amor de mi vida. Continué exclamando:

  • “¡La mataron! ¡La mataron!”

Mi madre fijó la mirada sobre la calle, tratando de encontrar el cuerpo, la sangre, el asomado morbo de la gente; observó con detenimiento y lujo de detalle la escena. Un hombre cruzaba la esquina en el semáforo, otro pasaba junto al cuerpo de mi amiga apenas deteniéndose a ver de reojo sus débiles aleteos; alzó la mano y el taxi se detuvo justo frente al cadáver; el hombre dio un brinco y subió al auto sin siquiera ver atrás. Tampoco hubo nadie a su alrededor que expresara un reclamo por la osadía de faltar al respeto de esa manera. La gente permanecía inmutada ante la escena mientras yo me encontraba en un grito… no lo entendía ¿por qué no se detenían? ¡¿ocurrió un asesinato frente a todos y a nadie le importaba?!

– “¡Allí está! ¡Mírala!” – gritaba desesperado mientras sujetaba el brazo de mi madre, al tiempo que señalaba el punto donde yacía el cadáver arrollado. Mi madre soltó un suspiro de alivio y con inmutada indiferencia me devolvió la mirada sin poder ocultar del todo su enfado ante el temor que mi llanto y mis gritos habían provocado en ella, y me respondió:

  • “Cálmate hijo… sólo era una paloma…”

Las palabras fueron frías e inexpresivas, ajenas a todo movimiento de la vida que demanda un duelo ante la pérdida de algo tan significativo. No se trataba de la paloma en sí, se trataba de la indiferencia con la que daba lo mismo una vida que otra. Fue por ello que una expresión tan muerta como esa, sólo podía exteriorizar palabras que lograron dejarme frío de igual manera. Fue suficiente para despertar en mí la más sórdida rabia que hubiese conocido hasta ese momento de mi corta vida. No sabía trazar con exactitud el origen de la ira que comenzó a gestarse en mi estómago cuando pronunció aquellas palabras, pero la voz oculta dentro de mí gritaba enardecida ante esa actitud poco más que inaceptable. Por mi cabeza cruzaban imágenes que solo eran capaces de lanzar golpes y bofetadas a mi propia madre. Y confieso que desconozco el origen de aquel deseo de causar daño en mi pretensión por reparar otro; sentía que algo estaba roto, pero no sabía qué era exactamente.

  • ¿Sólo una paloma?… ¡¡¿Sólo una paloma?!!

Exclamaba con rabia mientras miraba a mi madre fijamente a los ojos, levantando mi voz con cada lágrima que rodaba por mis mejillas. No podía hacer sentido de su indiferencia, como tampoco podía poner en palabras la actitud de la gente que continuaba deambulando en la calle con normalidad, como si nada hubiese pasado. El silencio de mi madre me perturbaba más y más a medida que mis preguntas llenaban el aire en una atmósfera que no terminaba de acontecer en una sola emoción.

  • ¡¿Te da lo mismo una paloma que la vida de cualquier otra cosa?! ¡¿Te da lo mismo cualquier persona?! ¡¿Acaso yo te doy lo mismo?!

Severidad y verdad suenan casi empalmadas por consecuencia fonética, sinonímica si se prefiere. Algo entre alguna de éstas despertó la misma rabia en mi madre, quien sujetó mis manos con fuerza y apretando los labios en una colérica sonrisa sostenida por su mirada nublada por la ira, me soltó una bofetada con tal fuerza, que sacudió las palabras de mi aliento y estremeció la totalidad de mi ser.

  • ¡El resto de las personas y del mundo me importan un comino! ¡tú eres mi hijo!

Permanecí en silencio un instante, sintiendo el ardor en la mejilla dejado por el golpe, antes de devolver el favor con las siguientes palabras:

  • No es verdad, tú no querías que yo naciera; cuando yo llegué al mundo, para ti fue sólo la clara señal del fin de tu libertad y tu juventud, porque tenías que hacerte cargo de algo que odiabas más que a ti misma; tenías que cuidar de un error que jamás quisiste que naciera… ¡yo no debí nacer! ¡no te importa nada!

Las lágrimas brotaron de sus ojos cual inyección, ante el shock que mis palabras habían provocado. Me desprendí de sus brazos, bajé las escaleras a toda velocidad dispuesto a salir corriendo a la calle en busca del cuerpo de mi amiga para darle sepultura. Con mi corta estatura difícilmente alcanzaba las llaves de la cocina, así que corrí por la escoba del armario y con el extremo del palo empujé las llaves que cayeron del clavo que las sostenía en la cocina. El tintineo de la campanilla en el extremo del llavero que sujetaba las mismas, disparó la alarma que alcanzó el oído de mi madre, quien grito al instante:

  • ¡No salgas a la calle!

Sin darle oportunidad de alcanzarme, corrí hasta la puerta de la entrada y la cerré detrás de mí para ganar tiempo y poder alcanzar la banqueta de la avenida antes del cambio en las luces del semáforo. Ese lapso debería ser más que suficiente tiempo para recoger el cuerpo aplastado de mi amiga. Enmudecí al verla todavía luchando con sus débiles aleteos y sin pensarlo dos veces pegué carrera hasta ella con todas mis fuerzas, pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla, sentí el tirón de una mano que sujetó mi brazo con fuerza. Mi madre trataba de asirme a ella, pero me desprendí de sus manos dándole un pisotón. Y aunque sólo era un niño, fue suficiente para librarme de su agarre, al tiempo que se agachaba para sujetarse el pie, extendí un brazo para poder levantar a mí amiga herida, antes de que la mataran, pero estando a centímetros de alcanzarla, una mano ajena llegó a ella primero levantándola con cuidado.

Levanté la mirada para encontrar la suya y al hacerlo, sorprendí que sus ojos ya habían enfocado los míos en una mirada inmutada y serena, con un destello de astucia y mesura, tal vez incluso algo de gentileza y compasión. Llevaba una chamarra negra con una insignia galardonando su pecho con un par de alas de plata a la altura del corazón, un pantalón de mezclilla y botas militares. Alrededor de su cuello, tintineaban balas de diferentes calibres, una de ellas perteneciente a un cuerno de chivo que destellaba en medio de la camisa color vino. En el rostro de aquel extraño había un pasaje a la memoria, un recuerdo lejano que insistía en pronunciar un nombre desconocido por mi mente, pero familiar al espíritu.

Comenzó a acariciar a la paloma con extrema delicadeza, observando las alas desgarradas por los neumáticos que la arroyaron; luego tocó con detenimiento en la profundidad de las heridas, perdido en sus meditaciones sin decir palabra o gesto, envolvió el cuerpo de la paloma entre sus manos, dio la media vuelta y emprendió la marcha en silencio.

Me puse de pie y me acerqué a él, tratando de asomar la mirada por encima de sus manos, y aunque me sentía incómodo hablando con un desconocido, quería saber si mi amiga estaba bien, así que me acerqué y le pregunté:

  • – … ¿La puedes salvar?

Permaneció mudo ante mis palabras, mientras continuaba la marcha en silencio, emprendiendo la retirada sin detenerse a lo largo de la avenida y llevándose a mi amiga entre sus manos. Sin embargo, no lograba empalmar su silencio y mi intranquilidad, quería saber si mi amiga estaría bien, necesitaba saber ¿a dónde la llevaría? ¿qué pensaba hacer con ella? Y en mi impaciencia extendí la mano suplicándole que me la devolviera, pero no me escuchó, simplemente continuaba alejándose más y más. Y entonces comencé a gritar:

  • ¡Oye, devuélvemela! ¡devuélvemela!

Pero él sólo seguía caminando, aunque cada uno de sus pasos, comenzaban a doblar las zancadas de los míos, así que literalmente comencé a correr tras él, pero sin importar cuan veloz el paso o cuan amplia la zancada, cada uno de sus serenos y lentos pasos parecían arrastrarlo a una velocidad que desconocía toda física o dimensión, al grado que comenzó a elevarse del suelo, y fue entonces que todos y cada uno de los bellos de su cuerpo crecieron hasta formar extensas y poderosas plumas que comenzaron a transmutarse instantáneamente en todo su cuerpo. Las extensiones de sus brazos traspasaron los límites de su biomecánica y sus dedos quedaron cubiertos por extrañas extensiones de vellosidades, las cuales se convirtieron en un par de alas, sus botas se vieron traspasadas por un juego de afiladas garras y su columna vertebral traspasó la piel extendiendo una cola cubierta de cuantiosas plumas negras. Su nariz y su boca se convirtieron en un enorme y afilado pico negro, en el cual depositó gentilmente el cuerpo de mi amiga llevándoselo con él, en un vuelo tan veloz que rompía la delicada filigrana de la luz como un cristal, sumergiéndolo en un vórtice que quebraba los límites de la luz hacia el interior de la misma oscuridad que envolvía su cuerpo…

  • ¡¿Qué eres?! – grite-

Sin volver la mirada y manteniendo el vuelo y la ruta firme en algún punto de la oscuridad respondió:

  • … El que enlaza los mundos

Al siguiente instante, el portal se cerró violentamente tras él con un estruendoso impacto, dejando un rastro de motas de polvo luminosas tras él. Como si por un instante la luz se hubiese vuelto sólida por la densidad misma del impacto; las motas de luz pululaban en el espacio a mi alrededor, suspendidas en la fragilidad de algo que no era el viento, la luz se encaminaba en un sentido y el viento en otra; trataba de seguir la ruta de su extraño ascenso, que era en todas y en ninguna dirección, y poco a poco comenzaron a desvanecerse como burbujas una a una, de la misma manera en que lo había hecho aquel extraño ente.

Los razonamientos de mi mente parecían tan ilusorios como su vaporosa presencia, por si fuera poco, no fue mayor el consuelo o más nítida aquella visión cuando al levantar de nuevo la mirada sobre la calle, pues toda la avenida que descendía en un copioso tránsito de pronto quedó vacía; incluso mi madre quien se encontraba a escasos pasos de mí había desaparecido junto con toda la vida. Mire tras de mí, a la derecha y a la izquierda, arriba y abajo, pero no había nada, ni siquiera el sonido del viento. El color de la avenida, que en la naturaleza de su colorido pintaba el verde de los árboles, el gris del asfalto, el multicolor de las casas y los edificios, de pronto comenzó a tornarse de un rojizo escarlata; gota a gota lloraba el cielo destellos morados que pronto abrieron un mar de sangre, el cual armonizaba su escabrosa manifestación, no con el sonido aperlado de las gotas de la lluvia, sino con un insoportable llanto que provenía de todas y ninguna parte, hombres y bestias ahora caían del cielo arrastrados por las aguas entre gritos y chillidos que, en su conjunto, componían la más inarticulable y desesperanzadora sinfonía de un terror inconcebible, donde la sola imagen de la innumerable cantidad de cuerpos precipitándose al vacío escapaban a toda palabra posible.

Entre las siluetas de bestias y hombres, una figura en el cielo captó inmediatamente mi atención, pues siempre pude distinguir a mi madre en cualquier espacio o situación, y ahora incluso podía reconocerla entre las masas de cuerpos amorfos que se precipitaban hacia el vacío. En el más sórdido de los silencios mi corazón se retorció en un vuelco paralizando mis pulmones y arrebatándome el aliento, sin dejarme siquiera la oportunidad de exclamar la palabra “Mamá…”, pero justo cuando los cuerpos estaban por encontrar el suelo y las aguas rojizas por arrastrarme en su corriente… me desperté…

Empujé las cobijas que envolvían mi cuerpo con violencia, mientras sudaba copiosamente sentado al borde de la cama de mi habitación; me levanté por un vaso de agua y rápidamente encendí un spliff, después tomé apresurado mi libreta y comencé a escribir con lujo de detalle el sueño que ahora le estoy contando doctora.

  • Y dime ¿has tenido más sueños en otras ocasiones en los que ves un escenario semejante perdiendo tu madre o donde incluso parece que la realidad se resquebraja de esta manera?
  • A veces he tenido sueños en los que me veo matando a todos a mi alrededor, a veces incluso a mi familia, como si estuviera tratando de liberarme… no de ellos, sino de aquello que su presencia me recuerda que no debo hacer, y con ello que no puedo y jamás seré del todo libre… es irónico, porque apenas unos instantes después de que la imagen transcurre en la que he llegado a agredir a alguien que reconozco en mi sueño o alguien que me importa, siento que he cometido ambos, un crimen y una revolución, pues al tiempo que rechazo la influencia de esos seres y el poder que les he otorgado sobre mí, veo al mismo tiempo emerge la culpa por dañar a aquello que me refleja, no sólo como mi condición humana, sino de igual modo como el egoísmo de mis acciones o mis palabras a tomar sólo “lo mío sin considerar a los demás”
  • Bueno, es normal sentir culpa ante pensamientos e imágenes en los que nos vemos cometiendo o realizando acciones que escapan a lo que es cotidiana y socialmente aceptado
  • ¿Y cree de verdad que debería ser tan normalizada la culpa y la vergüenza sólo para perpetuar la ceguera de aquellos que se niegan a ver el abuso que se están provocando así mismos y a los demás cada día, sólo porque no queremos que se vean inconvenientemente confrontados con la ignorancia de sus propias ideas y creencias que obligan a los demás a ajustarse a sus limitaciones de etiqueta?
  • ¿Y tú crees que deberíamos admitir una sociedad en la que cada uno va por donde quiere, hace lo que se le da la gana e ignora completamente a los que le rodean?
  • ¡Eso ya lo hacemos todos los días! A nadie le importa la gente que está muriendo de hambre a costa de nuestras comodidades y estilos de vida, o los niños muriendo en las guerras, la pobreza. Los animales siendo masacrados y exterminados, las selvas o la vida misma siendo erradicada tanto dentro como fuera de nosotros… estamos completamente insensibilizados ante nuestro propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno precisamente porque nos educaron y programaron con esos pensamientos en los que nos han enseñado a “castigarnos voluntariamente” invocando y creando nuestro propio sufrimiento, todo como consecuencia de esa “culpa” con la que se ha creado ese enfermizo anhelo de volvernos buenos, dignos del amor, la aceptación y el reconocimiento ante aquellos que nos enseñaron que no éramos lo suficientemente buenos, ni talentosos, ni perfectos… supongo que es inevitable para los padres ver en los hijos el reflejo de su propia imperfección y limitaciones, lo cual seguro es lo que los compele a tener que castigarnos, para castigarse a sí mismos desde luego… ¿por qué será que parece más fácil acabar con la vida de una persona, o de una población entera, que llegar a cuestionar una sola idea entorno a nuestras propias emociones?

¿O le parece que seguir siendo “sano” en una sociedad tan profundamente enferma y dañada como esta, debería definirse como algo normal…?

La mirada de la psicóloga permanecía fija sobre mí con su acostumbrada veta de indiferencia, pero ¿cómo iba a recriminárselo si al asomo de la ironía, la doctora Werzehog era una mujer tan dedicada e interesada en el bienestar de sus pacientes, que se la pasaba escuchando historias y sueños de este tipo desde que amanecía hasta que anochecía, repitiendo la misma jornada durante los últimos 20 años? Los premios internacionales que había recibido por su labor humanitaria y sus cuantiosos certificados colgados sobre la pared eran prueba fehaciente de su compromiso, tanto consigo misma como con los demás.

Y vaya que existen personas difíciles de tratar en el mundo, yo siento que no lo soy tanto, al menos no de forma externa. Sin embargo, por dentro vivo en una multiplicidad de realidades, tantas que a veces traspaso la delgada línea que divide las fantasías y la realidad. El problema se presenta cuando tengo que enfocarme sólo en la realidad física, la angustia e incomodidad ante la presencia de los otros suele hacerme huir de vuelta a la soledad que tanto amo y desprecio, que tanto necesito y agonizo; pertenezco a un pequeño grupo de personas que se estima en menos del 1% de la población, soy esquizoide.

La doctora sacó un cigarrillo y lo encendió a medida que respondía:

  • La culpa no es un enemigo total o absoluto, aunque ciertamente viene como resultado de la búsqueda por la aprobación social y con ello el reflejo directo de un condicionamiento, se suele considerar a las personas sin sentimiento de culpa como “sociópatas” antes referidos como “psicópatas”, sin embargo, el término ha caído en desuso. Este no es tu caso, conducta asocial y antisocial no son lo mismo, mientras el asocial sencillamente evita el contacto con la gente, el antisocial es aquel individuo que manipula, transgrede o a veces violenta las normas sociales en beneficio propio, sin importarle la moralidad, ni las consecuencias que sus actos puedan tener sobre los demás. Son incapaces de considerar o generar empatía con otros porque son incapaces de reconocer el reflejo de su propia humanidad en los demás. Aristóteles solía decir que: “Hacer algo malo y no sentir vergüenza por ello es la prueba definitiva de un carácter malvado”…
  • A veces realmente no entiendo como forzar a las personas a ser “buenas y obedientes” ante toda una jerarquía piramidal hace más buenos a las personas que toman las decisiones que si importan en este mundo, o más libres a todos aquellos que deben acatarlas, desde luego existen los aspectos positivos de la culpa, pero el costo es demasiado elevado para vivir una vida agachando la cabeza y pidiendo disculpas… viviendo por y para la opinión de todos esos que deambulan en las calles tan cercanos y tan ajenos unos de otros ¿Qué hay de nuestra indiferencia al sufrimiento ajeno? ¿No vuelve eso a la sociedad en alguna forma “Sociópata”?
  • Todos los seres humanos tenemos en alguna medida estos trastornos, pero el dilema surge cuando las conductas que se desprenden de ellos comienzan a violentar las reglas de conducta establecidas por el Estado; sin ánimo de alentar cualquier fantasía de conspiración, la verdad es que los individuos son incapaces de acatar los estatutos que el gobierno les exige obedecer. Irónicamente ocurre lo mismo con la religión católica o cristiana, o cualesquiera de estas ramas dentro de la pirámide Abrahámica, que ofrecen a sus “pecadores” el perdón ante un pecado que no pueden dejar de cometer…
  • ¿Por qué dice que no pueden dejar de cometer estos crímenes?
  •  Porque la violencia conforma una parte dentro de la estructura del sistema…
  • ¿Cómo será que nuestras conversaciones siempre dan giros tan dramáticos, pasando de un relato de la infancia a temas éticos y legales?
  • (La doctora Werzehog río con cierta complicidad y prosiguió) La culpa la tienes tú, por siempre mareándome con tus dilemas éticos y legales. A veces siento que sólo pagas la consulta para obligarme a hacer de tu público cautivo.

Conocía a la doctora Werzehog desde que estaba en la carrera de Enfermería, y desde entonces siempre fuimos buenos amigos, porque antes que el cariño, le guardaba un gran respeto por sus múltiples conocimientos abarcadores, pero no limitados al área de medicina, siempre dejaba asomar su pasión por el ocultismo y la espiritualidad, otra parte la veterinaria, incluso su pasión por la mecánica automotriz.

  • Pero dime ¿A qué edad solías tener esos sueños?
  • Apróximadamente entre los 12 y 14 años
  • Ya veo… pues ¿te digo una cosa? Todos en algún momento buscamos desprendernos de nuestros padres, de alguna manera es como si tuviéramos que matar parte de esa relación con ellos dentro de nosotros mismos para poder independizarnos.
  • Le mentiría si dijera con absoluta certeza que sé de dónde venía ese enojo que sentía hacia ellos, porque incluso me sentía molesto cuando trataban de ser amables conmigo, cuando sentía que me trataban como a un niño, y también me molestaba cuando no me daban atención y quería, por el contrario, que me pusieran atención y vinieran a salvarme. No lo sé, creo que la maldad y la bondad en este mundo se han visto extrapoladas por la conveniencia y el interés; por ejemplo, también revelarme contra mis padres en su momento fue visto y juzgado como algo malo, pero de no haber sido por ello, sinceramente creo que no habría podido hacer y vivir tanto de lo que ha pasado en mi vida hasta ahora.
  • No olvides que formas parte de una realidad social. Podemos llegar a sentir que no hay nada valioso dentro de la historia de otras personas sólo porque no es la nuestra, pero jamás es sólo “palabrería” lo que puedan compartirnos; las relaciones suelen ser uno de los elementos de mayor relevancia en nuestras vidas, esa necesidad de resolver problemas a lo largo de la historia nos ha llevado a colaborar con los demás. Si todos nos encerráramos dentro de nosotros mismos, no habríamos superado muchos de los retos que enfrentamos en el momento en que se suscitaron grandes catástrofes.
  • Y ¿aún ahora en esta realidad siguen siendo tan importantes las relaciones? Las personas pasan todo el día frente a sus pantallas revisando sus redes sociales, y pueden estar sentados lado a lado, y aún así preferirán ver sus teléfonos… viven en la realidad virtual y lo virtual es lo único real… A veces la verdad parece que los esquizoides son ellos…
  • La doctora no pudo contener la risa ante el comentario; sonrió con algo de complicidad y dijo: No te preocupes, vamos a canalizar tu atención, no hacia las personas para buscar su aceptación y reconocimiento, sino hacia lo que de verdad importa.
  • Y ¿qué es eso que de verdad importa?
  • La vida misma…Ahora debo pedirte que me disculpes, aunque disfruto mucho nuestras conversaciones debemos concluir por esta sesión, el próximo paciente ya debe estar esperando afuera del consultorio, pero por favor toma anotaciones de todos esos sueños, serán importantes para la próxima fase del proceso que estaremos realizando
  • Tengo un recuerdo de un sueño que me ha acompañado desde la infancia, lo considero uno de los más profundos orígenes del temor en mi consciencia hasta donde puedo recordar.
  • Eso suena fascinante, por favor retomémoslo desde allí la próxima sesión.
  • Hasta luego, doctora.
  • Hasta luego.

Salí del consultorio de la doctora, y comencé a caminar sobre la avenida de vuelta a mi casa. Día tras día, tardaba alrededor de 2 horas caminando, pero prefería caminar a tomar el camión que de hecho recorría la misma avenida. También disfrutaba mucho correr contra el trolebús que pasaba sobre Eje Central, mientras llevaba mi vieja mochila militar cargada de tantos libros como pudiera para poder duplicar el peso sobre mi cuerpo y acostumbrarme de este modo a soportar sesiones intensas de ejercicio. Así lo había hecho desde la escuela militarizada, y para mí eso se había convertido en la terapia más importante de todas, resultaba mucho más eficiente que cualquier antidepresivo, ya que la doctora nos permitía y daba injerencia sobre la medicación que recibíamos, así como el momento en el que deseábamos recibirla, y sólo en caso de que así lo deseáramos, ni siquiera requería de la presencia del psiquiatra 24/7 en aquella institución. Pues además de su oposición frente al uso de medicamentos psiquiátricos, ella no limitaba la visión de sus pacientes a “enfermos mentales”, sino personas capaces de aportar una visión única a la sociedad; yo había sido dado de alta y la consulta la realizaba de forma externa, pues, en mi caso, el aislamiento resulta y forma parte del trastorno.

La doctora concluyó que la única y la mejor forma de apoyarme, era llevándome a vivir a un espacio cotidiano, donde menos quería encontrarme a mí mismo. Debido a lo anterior, me encontraba convencido de que la doctora Werzehog quería que todos pudiéramos vivir de la manera más normal posible, sin tratar en lo absoluto de volvernos “normales”, y por este sólo y singular hecho se había ganado mi respeto.

No obstante, siempre había detalles de mis sueños que omitía ante la doctora. Detalles que no me atrevía a pronunciar, no porque fuera imposible articularlos sino porque no encontraba en mí la confianza y el temple necesarios para compartirlos; ni siquiera yo encontraba la forma de prestar razón ante aquellas extrañas manifestaciones que acontecían en cuerpo y alma. Porque cuando desperté de aquel sueño hace 23 años, este se mantuvo presente en mi consciencia, pues como si de una profecía se tratara, tras despertar de aquel sueño, vi caer nuevamente entre los automóviles a aquella paloma, sólo que en esta ocasión no había posibilidad de correr a salvarla, pues fue aplastada al instante por el primer coche que cruzó el semáforo. Lo extraño es que, al despertar y contemplar exactamente la misma escena ante mí que se había revelado entre sueños por mi subconsciente, una parte de mí sabía con plena certeza de que esta vez era real; aunque esta vez no grité como lo hice en el sueño, pero tampoco quedé inmutado, prueba de ello eran las lágrimas que rodaban por mis mejillas mientras bajaba luctuosamente las escaleras de mi casa; tomé las llaves de la entrada sin hacer ruido o pronunciar palabra alguna para salir a la calle.

Al cruzar el umbral de la entrada cerré la puerta silenciosamente tras de mí para no alertar a mi madre o a mi hermana, y con pausada marcha me acerqué a la banqueta mientras veía los coches pasar uno a uno repetidamente sobre el cadáver de mi amiga. Allí esperé al borde de los segundos del semáforo a que cambiara la luz para poder recoger los restos arrollados recubiertos ya por la sangre reventada de sus entrañas. Incluso en ese momento, tal vez debido a aquella extraña necesidad de ofrendar duelo a este ser que se había convertido en más que una simple ave para mí, recitar un poema figuraba algo demasiado épico para una muerte que tal vez al resto resultaba común, aunque para mí fuera sagrada, pues sagrada había sido para mí en vida, y ahora sagrada era su muerte entre las manos que tomaban una a una las plumas de la avenida una vez que se detuvo el tránsito.

Su sangre escurría entre mis dedos, su cabeza colgaba al borde de la palma, mis lágrimas limpiaban las entrañas y el corazón que había comenzado a enfriarse. Cobijé entre mi mente no pocas memorias de aquel momento, como el horror en los ojos morbosos de la gente, pues para mí aquellas miradas e incluso los comentarios de algunos quienes me incitaban a dejar a la paloma en plena calle, trascendía por mucho el retrato de la sangre, el cadáver entre mis manos, o las innumerables enfermedades que seguramente habían comenzado a desprenderse de las vísceras; la muerte es algo demasiado común, cotidiano y normal, sobre todo para una sociedad enajenada en los espectáculos de la muerte. El horror, sin embargo, para mí estaba en el repudio que ellos expresaban hacia ella y hacia mí al realizar el acto que cualquiera de ellos habría realizado sin chistar para con cualquier ser amado, el cual aparentemente sólo puede tener sentido cuando se trataba de algún semejante…

  • ¿Sólo lo semejante y lo parecido es digno de ser amado? – era la pregunta en mi mente – ¿Amamos a las personas sólo porque son como nosotros, mientras repudiamos todo aquello con lo que somos incapaces de identificarnos? No parecemos realmente interesados en dejar de destruirla… es decir, a la naturaleza, la vida misma, ¿será acaso que no somos parte de esta? ¿será que ni siquiera estamos realmente vivos? Sé amar la belleza de las personas, pero también sé amar la belleza de la vida, de las plantas, los animales y el universo ¿cómo puede tener eso algo de malo?

Recuerdo que incluso hubo quien pretendió detenerme exclamando que “aquello que estaba haciendo era una porquería”; no respondí a aquellas palabras pues, aunque en estas se albergaban buenas intenciones para apartarme de un evidente foco de infección, para mí esos sonidos eran en aquel momento la verdadera porquería. El origen de su temor era confuso, pese a que el detonante era claro, no le temían a una pequeña paloma, pero también pienso que el temor no era del todo las enfermedades de las que pretendían protegerme (enfermedades que jamás asaltaron mi cuerpo) sentía en mi interior que el horror era yo, y mi acto el sacrilegio a las buenas costumbres.

Volví a la casa para tomar una pequeña pala de jardinería que guardaba mi madre entre las escobas del desván y comencé a cavar un pequeño agujero para depositar su cuerpo justo al pie del árbol que vive frente a nuestra casa. Un árbol que me ha visto crecer desde que tengo memoria, se encuentra a la misma altura de mi ventana y era la primera cosa que veía cada mañana, antes que aquella paloma, que el tránsito de la avenida, que el día o la noche. No escogí ese lugar por casualidad, quería que su presencia permaneciera constante de alguna manera, aunque fuera como un recuerdo de lo que alguna vez fue el motor único para continuar despertando por las mañanas. Mientras me abría paso entre las raíces del pasado, apartando aquellas ancianas piedras que contaban la historia del más antiguo tesoro oculto bajo nuestros pies, aún más antiguo que aquel enorme árbol frente a nuestra casa, más antiguo que cuando este no era más alto que el pasto que ahora decoraba sus pies; la tierra misma… Nuevamente las dudas se colaban entre los pensamientos que asaltaban continuamente mi mente

  • ¿Si dejo aquí a mi amiga, con el único propósito de convertirse en un recuerdo, no sería aún más egoísta que guardarle indiferencia? La indiferencia parece contraria al amor y un mal a la vida misma, pero es también por nuestra indiferencia que su libertad se ve garantizada, pues no existe ningún interés en ella al no definírsele o atribuírsele una característica valiosa… la carencia de su valor la vuelve invisible a los ojos de aquellos que, apenas encuentran un punto viable para establecer mercado, exterminan especies y ecosistemas, convierten bosques y selvas en desiertos, dinamitan montañas hasta convertirlas en llanuras; ¿Qué otro propósito en la vida puede tener una paloma excepto ser una paloma? ¿Debería convertirse ahora en un recuerdo sólo para aliviar mi existencia? ¿No la estaría obligando de este modo a aliviar mi existencia y la de cualquier otro a perpetuidad sin descanso? ¿No es eso el verdadero egoísmo contrario al amor? O ¿es el amor el que engendra esta prisión?

Continué con estas cavilaciones por no pocos minutos mientras cubría ceremoniosamente el cuerpo con la tierra, al terminar, volví al interior de la casa, cerré la puerta y me escondí debajo de la mesa del comedor como solía hacerlo cuando mi pequeño cuerpo cabía debajo de ella; la mesa tenía un extenso mantel que rozaba el suelo y era por ello que nadie podía encontrarme una vez que me escondía allí; por ese sólo hecho se había convertido en mi lugar favorito para esconderme cuando no quería ser encontrado.

No probé alimento por el resto de aquel día y ciertamente no tenía hambre; me recosté sobre el piso admirando las iridiscencias luciferinas del atardecer que tintineaban entre las baldosas de mármol anaranjado desde la ventana, y allí me quedé contemplando las mareas anaranjadas de polvo que pululaban en el entorno de la habitación, hasta que el sol las pintó de rojo carmesí, después púrpura, violeta, morado y finalmente azul ultramar que trajo consigo el océano de tinieblas que adornó la noche.

Bajo aquella luna soñé que extendía las alas entre los tejados, resguardándome de las miradas de los terrestres, quienes aguardaban con recelo mi aterrizaje para arrancármelas. Me deslizaba sobre el viento remontando sus olas bañadas por la luz de la luna, mientras las nubes silbaban violentamente sobre mi rostro, al tiempo que me ocultaba bajo la luz de los astros que adornaban cada una de mis plumas con destellos aperlados; llevaba entre mis brazos un saco de insanas proporciones, cuyo contenido e importancia era conocido únicamente por mí y algún otro… debía realizar cortos vuelos entre los techos en repetidas ocasiones, llevando aquella pesada carga hasta ver concluida tan ardua empresa, cuyo propósito no era otro excepto aquel de hacer justicia en un mundo demasiado inmerso en la avaricia. Algunos me advertían sobre resguardarme de los hombres y sus intenciones, pero yo estaba decidido a entregar de entre los objetos aquel más preciado, pues quería que todos fueran libres de volar en el viento como yo lo hacía entre los tejados; llegó el momento en que, comencé a visitar cada ventana de cada casa para depositar suave y gentilmente una de las cientos de miles de plumas que llevaba en aquel gigantesco saco, a la ironía de las circunstancias, notaba que al tiempo que me desprendía de cada pluma, no sólo otros comenzaban de igual modo a emprender vuelos celestes, sino que comenzaba a moverme con mayor libertad, pues cada pluma que dejaba me liberaba de la extenuante carga que había depositado sobre mis propios brazos…

Era curioso notar que, para que otros pudieran ser libres, yo también tenía que desprenderme de algo amado, pues cada pluma que llevaba conmigo, no era una pluma que sobraba, tampoco era una pluma que faltaba, pues mis alas estaban repletas de ellas, sin embargo, no terminaba de concebir en aquel espacio de reflexión, ¿qué era este asomo de recelo que emergía en mi mente al ver a otros elevarse como yo lo hacía? ¿Qué era esta sensación de, saberme capaz de la liberación de los hombres, al tiempo que no deseaba otra cosa excepto su perpetua esclavitud? Sabía de igual modo en mis adentros, que no era mi deseo su esclavitud, no obstante, tampoco los creía merecedores de su supuesta “libertad” ¿cómo podía confiárseles a su cuidado y responsabilidad aquello que tanto se empeñaban en destruir?

Poco a poco vi a la humanidad construir sus propias alas, dando estos torpes y pequeños vuelos que los desprendía de esta idea abstracta que alguna vez llamaron el suelo, empezaron elevándose por encima de sus viejos tejados, concretando los viejos proyectos y emprendiendo los nuevos sueños; pronto sus próximos saltos serían tan altos que los llevarían hasta las estrellas. Y allí comenzamos a jugar todos juntos como niños otra vez, dando brincos entre planetas como si no hubiera tiempo y espacio; allí fuimos todos, por primera vez, realmente libres…

Me dio la impresión de despertar de pronto dentro de mi propio sueño, tendido sobre un balcón al calor del océano; desde la elevación y distancia que trazaba la mirada hasta el horizonte podía aún sentir el beso de la brisa marina con su exquisito aroma de esencia vaporosa, al interior de aquella habitación octogonal hecha completamente de mármol blanco, avisté un espejo de agua cristalina en un platón de oro, y en cada dirección un balcón que daba en cada una de sus vistas al mar… asomé mi rostro al vacío desde el balcón más próximo, descubriéndome atrapado por completo en una torre erigida en el centro del océano, distante de todo lo que alguna vez pudo llamarse civilización; sin embargo, no sentí angustia, ni temor alguno, sino una gran y profunda paz, el frío del mármol bajo mis pies proporcionaba una sensación de relajación extasiante, pues podía sentir cada uno de los ligamentos de mis músculos destensarse y entregarse completamente a aquella experiencia que recorría mis piernas hasta el centro de mi médula, mis rodillas se rindieron ante el éxtasis llevando mi cuerpo hasta el suelo, donde con lo último de mi consciencia no queriendo perderse del todo en el interior de aquel orgasmo, apoyé mis brazos contra el suelo quedando de cara ante aquel espejo de agua dorada; extendí mi mano para alcanzar un sorbo de aquellas luces que destellaban con tanta fuerza como el sol, para lavar las caricias que la noche había dejado entre mis ojos, pero en aquel instante, apenas a un respiro de distancia tras el primer trago que beso mis labios, la luz se abrió de golpe en mis ojos a la contemplación de aquella mirada refractada que encontró de vuelta el camino hasta su dueño, y así fue que contemplé por vez primera en mi rostro, aquella única forma en que se revela el orden de las cosas, de la forma más directa y honesta en las que puede reconocérseles. Así resonaron mis infiernos:

  • Si el tiempo marchara en retroceso, y la vida se viviera hacia atrás. ¿Sería el destino algo escrito en la roca? ¿Sería la pluma una goma que borraría palabras en lugar de escribirlas? ¿O escribiría un sentido nuevo a las cosas incomprensibles en el orden natural de lo incognoscible? Qué absurdo es tener memoria si el propósito del hombre es caminar solo hacia adelante. Que absurdo sería ver hacia atrás solo para descubrir un sendero escrito por las pisadas de insensatos que alguna vez se creyeron dueños de su destino… ¿dónde están todos ahora? En el mismo lugar del que salieron, bien enterrados en el seno de la madre que los ha parido, la misma madre a quien no hemos hecho nada excepto despreciar y destruir, y es por este sólo y singular hecho que me aterra el siquiera concebir, si es que por ventura ¿camino sobre pisadas andadas? ¿Sueño sobre sueños soñados? Todo ha sido buscado, todo ha sido encontrado… eso dicen… y ¿qué hemos encontrado sino la más vil y cruenta expresión de todo lo que alguna vez fue humano? Pero ¿eso es todo? ¿así termina todo? ¿hace cuánto que los viajeros dejaron de existir tras haberlo hallado todo? Y ¿qué pasaría si caminar hacia atrás fuera la respuesta? Solo para ver las cosas diferentes y así cambiar las cosas que hemos encontrado, para tal vez encontrar cosas distintas, ya sabes, aquellas cosas que habríamos hecho diferentes para no traicionarnos a nosotros mismos, para no olvidar de dónde venimos y así dejar de destruir nuestra propia casa y de asesinar a nuestra propia madre, tal vez así ya no terminemos enterrados en la tierra y finalmente encontraremos los nuevos caminos que nos llevarán hasta al cielo…

Al levantar la mirada frente a aquel espejo, encontré las cicatrices de una vida tallada entre arrugas y canas, tiempo y memoria, besos e historias, un hombre que no era yo, sino otro que fue alguna vez yo. Con una mueca maquiavélica, extendió su mano envuelta en harapos sosteniendo un anillo de plata con un grabado en sílice que decía “Y esto también eres tú”. Toco mi rostro un instante, mientras me veía fijamente a los ojos, y al encontrarse nuestras miradas, contemplaba que en su cristalino se formaba el desprendimiento de una supernova irradiando una extraña nostalgia, que pronunciaba el eco de alguna voz proveniente del centro de lo que alguna vez fue una radiante estrella. Y así se pronunció aquel anciano:

  • Ahora yo me encuentro aquí, de cuclillas, con un dolor insoportable en cada uno de los músculos de mi cuerpo y un tedioso monologo acerca de una situación mía y no tan mía, alguna vez fue la simple inocencia de crear lo que me llevó a probar la promesa de lo físico, pero ahora llevo conmigo las historias enteras de civilizaciones que el humano jamás conoció, ni podrá alguna vez conocer, pues estas dejaron ya de existir hace tanto tiempo… es cierto que la humanidad es joven, pero jamás podrían siquiera concebir lo que ha existido, lo que fue alguna vez y ya jamás será; confieso que hay instantes en los que sólo espero un poco de bondad de los hombres que usurparon vidas, que la paciencia de la muerte se agote, se canse de esperar y que el gran misterio susurre mi nombre y me lleve de vuelta a sí, que es el todo del cual formo apenas una pequeña parte, como una gota de agua forma parte del mar. La soledad ahora me resulta un concepto extraño, ya que jamás estuve solo y a la vez lo estuve, es decir estaba conmigo en diferentes facetas y reflejos de entidades puramente metafísicas, pero no estaba conmigo al mismo tiempo, no sabía verme en la propiedad de un estado que pudiese definirse de íntegro, en cierta forma aprendemos que la soledad se siente en el momento que no nos encontramos en compañía de alguien y entonces deberíamos sentirnos “solos” para entonces buscar a alguien que nos provea del aprecio, de la compañía que nos permita ya no encontrarnos… en la presencia absoluta de nosotros mismos, la cual escapamos tanto en reconocer y aceptar… es extraño ¿no?

Al desprender su mano de mi mentón, la breve turbulencia del espejo de agua se tornó nuevamente a la quietud, el suspiro fantasmagórico de aquel reflejo desapareció, silenciándose en un destello desprendido del fondo del platón dorado, el cual me obligó a apartar la mirada en una dirección cualquiera para salvar la retina de aquella quemazón; mi mente volvió al instante de aquel presente onírico, si es que al anacronismo de este tiempo al que nos remontamos puede llamársele presente ¿podría llamársele presente a un sueño que parece perdurar por la eternidad? Tal vez tanto como la eternidad puede ser un instante para el universo, y al presente que para mí, es aquel en el que escribo esto y que será la memoria mía en el presente tuyo, al tiempo que aquello que constituye el relato mío de un acontecimiento pasado, para ti se vuelve la dimensión de un sentido presente que pretende el reflejo de un evento ajeno, lejano y distante, y aún más a la ironía del hecho que, tal vez para ti, mi querido testigo, será un detalle demasiado banal como para recordarlo; no obstante, de no hacerlo así para ti, me sería imposible presentar a mi primer misterio, el verdadero autor de la presente obra que, cabe aclarar, no fue necesariamente su actual narrador, pues ciertamente ya no puedo referirme a mí mismo como aquel que fui, y aunque nuestro yo es algo nuestro, y ciertamente mi “yo” es lo más mío, este no fue por obra toda mía, irónico tal vez porque a mi manera de obrar le antecede una voluntad que no es por siempre uno de mis yoes más permanentes…

Los faros al costado de la avenida servían de estrellas a la ciudad, pues nada podía contemplarse en el cielo ennegrecido por la contaminación y el ruido lumínico del mundo nocturno, con sus bares y antros inundados de los más dulces venenos y carnales deseos; las sonrisas de las prostitutas frenan el tránsito y hacen tropezar a lujuriosos desesperados por satisfacer las caprichosas necesidades del cuerpo; camino cuidadosamente bajo el puente sobre la delgada banqueta, brincando las heces de los vagabundos que se aprovechan de la escaza y nula privacidad que les provee la falta de iluminación del túnel, antes de ser vergonzosamente sorprendidos por algún automóvil o algún peatón como yo. Finalmente, al llegar hasta el parque, tomo el callejón enarbolado que está tras mi casa que es uno de mis lugares favoritos por sus numerosas especies de abetos, pinos, fresnos y eucaliptos, sin mencionar su extensa variedad de flores de todos tipos y tamaños. Siempre consideré la compañía de las plantas y los animales como la mejor de todas, pues ante ellos siempre he podido expresarme con libertad sin temor a ser juzgado o temido, como llega a ocurrir con las personas.

Ansiaba recostarme en mi cama y encender aquella luz azul que yo mismo había reemplazado por los focos estándar de luz blanca y amarilla; el azul siempre me invitaba a sumergirme con él en un inmenso mar de posibilidades y peligros. Una adicción a nadar seguro entre las fantasías que me hacen contemplar ballenas, peces vela, delfines, tiburones, calamares y animales de todo tipo en el común rincón urbano que consiste en la habitación cualquiera de un hombre de 28 años. Así lo mantuve por años, pues de igual modo me servía para descansar los ojos y la mente del día a día, aunque algo de mí también era adicto a esa lámpara de tonalidades azules que me recordaban aquella noche fría de agosto bajo la tenue luz azul de la lámpara blanquecina en el rincón del buró, la cual iluminaba 5 hileras de repisas llenas de todos los peluches y juguetes con los que tanto mi hermana como yo solíamos jugar; allí se encontraban las dos camas en la proximidad la una de la otra para que, uniendo los cuerpos de ambos colchones, pudiese formarse una sola y colosal cama en la que pudiéramos caber los 3, mis dos hermanas y yo.

En el retablo de la cabecera, se sostenía la imagen de un ángel arropando amorosamente a un niño mientras este dormía apaciblemente. Frente a mí, estaba una ventana abarrotada por hileras de hierro, oculta entre la elegante caída de suaves cortinas, y dos muebles de mediana envergadura aunado a una pequeña cocineta con la que mi hermana menor solía jugar. Un pequeño buró asoma por la esquina de la cama, en el cual mi hermana mayor guarda todos sus discos de música con devota sacralidad y, aunque yo no tengo un amplio sentido de la cultura musical, sólo digo que la costumbre y el gusto son cosas bien distintas, y deseo pensar que el gusto de mi hermana recae en la inevitable costumbre de escuchar la mierda que sonaba en su escuela reverberando hasta el vértigo. Esta era la única mierda que sonaba., en su mente, el hecho de que otros también la escuchan la llevó a creer que necesariamente debe ser buena. En el peor de los casos, tal vez yo soy quien tiene un pésimo gusto. En efecto, uno puede intuir correctamente, que jamás tuve una relación placentera con mi hermana mayor.

Era mi cuarta noche sin poder conciliar el sueño, y sinceramente el vivido recuerdo de estas irregularidades me resulta tan convincente que, a la fecha, me desafía a dudar si he realizado una distinción apropiada entre el sueño y la realidad, pues luego de este sueño me acompaña el recuerdo de haber despertado en compañía de mis padres. Evidencia suficiente tal vez para un niño de 5 años y corroborar el horror de sus visiones que, reales o no, seguían la circunstancia repentinamente franqueada por una serie de visiones, formas y sonidos que asaltaron mis sentidos, y que terminaron por despertar en mí las más horrendas criaturas, que han asaltado mi subconsciente desde que tengo memoria.

Tal vez era mi evidente desconocimiento de la multiplicidad de dimensiones perceptivas, o mi falta de experiencia ante aquellas visiones lo que constituiría un frente a todo cuanto pueda denominarse “real”, y aún más si se habla del resultado y producto de cosa cualquiera como aparentemente sería la mente de un niño.

Una serie de ruidos viajaba veloz por el estrecho pasillo hasta mi habitación, ruidos que recorrían las escaleras desde el interior de la cocina, sonidos bien familiares, el inconfundible choque de metales cóncavos como las ollas de metal cayendo al suelo estrepitosamente en el piso de mármol.

Miré el reloj al costado de mi cama marcando las 3:33 de la mañana, todos se encuentran dormidos excepto yo que miro fijamente al techo escuchando con claridad la respiración de mis hermanas, quienes descansan a escasos centímetros de mí; escucho las variaciones del voltaje de mi lámpara, e incluso puedo escuchar los estridentes ronquidos de mi padre desde su cuarto al otro lado del corredor, pero entre cada respiro de mis hermanas, fue tal la ansiedad que me inspiraba aquel sonido, que mi mente no logró tolerar más el despiadado torrente de interpretaciones acerca de su origen y, ahora del silencio seguido a su ausencia, que tal vez por efecto mismo del insomnio que me sobrecogía, me levanté de mi cama de un brinco y salí corriendo a tratar de sorprender el grupo de ollas desperdigadas por el suelo, me deslicé cuidadosamente escalón tras escalón, aguardando la aparición fantasmagórica y escabrosa de cualquier inimaginable monstruosidad, pero al bajar, ciertamente me asustó más el no encontrar absolutamente nada en el suelo, nada en el techo o la pared, incluso me atreví a asomar la mirada por debajo del mantel de la mesa, pero todo estaba en su lugar, tampoco había trastes en el fregadero que pudieran haberse resbalado de su lugar haciéndolos chocar los unos con los otros, simplemente no había nada.

Volví a mi cama algo desilusionado por la ausencia del caos que esperaba encontrar, aunque satisfecho de igual modo, por la tranquilidad que aquel sentido de la normalidad y lo común inscribían en mí, la efímera y superflua sensación que da el control en la negación y desaprobación de todo cuanto escape a su concepto y creencia de la realidad, así como lo supra e infra terreno o humano; y me atrevo a denunciar la vaporosa percepción de estas comodidades mentales, puesto que apenas me cubrí con las cobijas, ya me parecía escuchar algo nuevamente subiendo ahora por las escaleras del corredor, y no sólo parecía usar las escaleras, pues el golpeteo que escalaba por las paredes y el techo, me invitaba a idear a una hábil criatura que se deslizaba por las paredes a toda velocidad entre las escaleras y nuestra habitación, deteniéndose tan pronto como se encontró frente al marco de la puerta… fuera lo que fuese aquello que aguardaba a la entrada de la alcoba, acechaba inmutable, impertérrita en el más luctuoso silencio, como una sigilosa araña que aguarda el desmañado descuido de la mosca. De pronto, se me antojo la idea de un ser dotado de fiera inteligencia y una crueldad lejanamente parecida a la de grandes depredadores, una crueldad más bien humana, de esas que parecen sacadas de alguna narración Lovecraftiana, pues esta criatura se sabe el depredador absoluto y la razón de su sigilo no sigue a la necesidad de un principio fundamental de la cacería, sino que simplemente desea y disfruta del estremecimiento de la presa entre cada paralizante respiro que ésta inhala entre la adrenalina y el terror.

Yo asomaba la cobarde mirada por un costado de las cobijas, suspendido en la resignación de aquellas imaginaciones consagradas al rojo vertiéndose entre los pedazos regados por la habitación y todo lo que alguna vez fuese mi cuerpo y el de mis hermanas; cada instante era la tortura de una nueva espera, y cada sonido el fortissimo que componía su escabrosa sinfonía. Trataba de leer las siluetas entre la oscuridad y sus penumbras, pretendiendo adivinar el refugio en el que aquella criatura sostenía esquina para darnos el más infame veredicto de su voluntad. La imaginación una vez más no se hizo esperar y bastó apenas el imperceptible crujido de aquella puerta blanquecina para sumirme de facto en el terror que acrecentaba ante cada sonido de las pisadas que la criatura emprendía en el interior de nuestra habitación. Esto fue motivación suficiente para salir despedido de la cama en un sólo brinco hasta el cuarto de mis padres, abandonando tras de mi a mis hermanas; un acto que, fuese o no el resultado de un mero producto de mi imaginación o de un sueño, jamás logré perdonarlo, pues apenas el pensamiento asaltó mi consciencia, me supe el más traidor y el más cobarde que intercambió la propia sangre como si fuera la más común de las carnadas, todo a pretexto de salvar mi propio pellejo.

Si aquel ente imaginario al que trataba de escapar, constituía o no una creación mental, me resultaba indiferente, pues, aunque mi mente trataba de negar la sola posibilidad de la existencia de semejante entidad, lo único tan claro como una alucinación a la consciencia, era la incapacidad de siquiera hacer frente a tan indiscutible bestia, la cual instituía el diseño de su propio reflejo, obra y voluntad. En aquel instante para mí, si tenía o no algún dote de humanidad me importaba un bledo, su voz reverberaba con tal claridad que el susurro de su aliento acariciando mi oído, dispersó toda posibilidad a rebatir esta manifestación como una simple alucinación de mi mente, porque apenas abandoné la intimidad de la habitación, ésta sonaba de forma ajena a toda expresión que conociera de mis pensamientos, y clamaba una y otra vez:

  • “Eres un cobarde, tú deberías ser quien muriera…”

Al cruzar aquel umbral delimitado por el marco de la puerta, lo único que resultaba casi tan evidente como la realidad que mi mente había predispuesto ante mí en cuestión de unos instantes, era aquella inmensa oscuridad en la cual se desdibujaba una silueta azul de bordes coloridos desprendidos de aquella mancha de forma y proporción asimétricas, como un remanente del haz de luz atrapado en mis ojos por la lámpara encendida en la esquina de la habitación, que de pronto se contorsionaba en la presencia de un extraño humanoide. Recuerdo que en mi pecho se produjo algo similar a la sensación de un pequeño infarto que me arrebató el aliento al instante, y algo en mi interior se quebraba con la presencia de aquella voz que se encuentra hablando, ríe y me llama cobarde.

  • “Dejaste a tus hermanas atrás… ¡Tú deberías ser quien muriera!”.

Paralizado por el temor, me mantuve de pie en el umbral de la puerta. Curiosamente, es en ese extraño lugar donde se define tan poéticamente el espacio intermedio, pues no es adentro ni afuera, es el sitio idóneo para establecer una absoluta contradicción de las leyes de la lógica. Permanecí quieto por unos minutos antes de dar el primer paso en la oscuridad. A pesar de no tener una distancia mayor a 8 pasos entre el marco de la puerta y el cuarto de mis padres, el corredor se sentía más como una eterna cruzada de luctuosos pasos al interior de un callejón sin salida, pues las reverberaciones de la voz resonaban en un eco claustrofóbico, rugiendo entre los rincones del más sórdido de los silencios, anunciando que esta voz jamás habría de abandonar mi cuerpo; pues esta entidad se encontraba aquí y se encontraría allí a partir de aquel momento, en cada rincón, en cada situación, en cada persona, en los instantes más felices de mi vida, e incluso cuando hiciera el amor…

El cuarto de mis padres se encontraba exactamente frente a nuestra habitación; no obstante, y a medida que me encaminaba hacia la puerta, me invadía aquella extraña sensación de que, fuera lo que fuese aquello que estuviera persiguiéndome, siempre se encontraba un paso delante de mí, y advertía en mis adentros que aquella criatura aguardaba por mí en el interior de la alcoba de mis padres. Sin afán o pretensión de jugar en alguna suerte de morfología Burtoniana, o elucubrar sobre efímeras alucinaciones, lo que vi a continuación fue el verdadero motivo por el cual no he podido olvidar aquella noche en más de 23 años…

Al acercarme a la cama de mis padres, donde ambos yacían, me desplacé hasta el costado de la cama donde se encontraba mi madre. Pero al acercarme a ella, dentro de mí advertía la certeza de que, sin importar que fuera lo que se encontraba allí tendido, no era mi madre, no podía ser mi madre, pues aun cuando entre las penumbras advertía la familiaridad de la silueta de mi madre, y el suave aroma frutal tan característico de los rizos de su cabello, había algo extraño en su presencia, algo ajeno en lo que a ella correspondía y a lo que ella era.

Lentamente, extendí mi mano por encima de su hombro izquierdo, tocándolo suavemente con la intención de hacerle notar mi presencia, sin ánimo de perturbar del todo su sueño, quería hacerla girar hacia mí, pues su cuerpo se encontraba orientado hacia el interior de la cama y no lograba ver su rostro del todo; quería decirle que tenía miedo, que me dejara dormir a su lado, como siempre lo había hecho en noches como esa. Sin embargo, en el instante que su cuerpo giró hacia mí, el rostro de mi madre había sido reemplazado por alguna suerte de espectro de ojos blanquecinos que miraba fijamente en mí interior, como si su mirada penetrara a través de mí carne y pudiera ver el estremecimiento de mi alma, pues sostenía una espantosa sonrisa entre los labios, como si el horror que se producía en mi corazón fuese el más suculento de los deleites y la más añorada recompensa.

Yo no sé cuánto tiempo permanecí de pie frente a esa imagen, creo que fueron más de 3 minutos. Mi cuerpo parecía moverse provisto de alguna inercia ajena a mi voluntad que me hizo deslizar la mano nuevamente hasta su rostro con lentitud tratando de comprobar si lo que estaba viendo no se trataba de una afortunada broma de mi imaginario. Tan pronto como mis dedos entraron en contacto con su piel, el cuerpo y la cabeza de mi madre fueron arrastrados al interior de las cobijas con una velocidad ajenas a la biomecánica del cuerpo; no había agachado la cabeza, ni había llevado las cobijas hacia su rostro, algo la había arrastrado desde el interior de la cama y a mí me faltaba algo más que la razón para poder dar pie al orden de tan extraños eventos, me faltaba la respiración y mi corazón se contusionaba en pequeños infartos y escalofríos que doblegaron mi cuerpo hasta llevarme a besar el helado azulejo bajo mis pies; tenía frío, miedo y trataba desesperadamente de convencerme de que lo que había visto no era real. Permanecí acostado en el suelo durante al menos 30 minutos, o al menos eso me pareció, puesto que el brazo se me adormeció y la pierna comenzó a dolerme por la rigidez de la postura adoptada sobre el suelo. Nuevamente, la voz resonaba en mis adentros:

  • “Están muertos, están muertos; va a comerte…”.

Tras un breve lapso en el cual logré convencerme medianamente de que todo era producto de mi imaginación e hice lo posible por levantarme hasta quedar de cuclillas al lado de la cama, me puse de pie. Sin otorgar una segunda mirada al rostro de mi madre, me encaminé a averiguar si lo mismo había ocurrido con mi padre. En efecto, frente a mí advertí su cadáver boquiabierto y agusanado cuya fétida podredumbre desprendía moscas desde los espacios donde alguna vez existieron ojos. La alucinante imagen de la muerte de mi padre desplomó mi cuerpo al borde de la cama, sentí una enorme pesadez en mi interior, un cansancio que había drenado hasta la última gota del yo más mío, un desprendimiento de la vida misma. Estaba agotado y sólo quería dormir, así que, pretendí hacer caso omiso al cadáver frente a mí, me arrastré por debajo de las cobijas aguardando el mismo destino que mis progenitores. Miré fijamente el transcurso de los minutos en el reloj del buró, contemplando la transmutación de los segundos en las horas y así hasta el desfile del amanecer hasta que perdí la consciencia y caí en el sueño sin la más mínima oportunidad de recordarlo, mi ser suplicaba olvidar aquella vaga visión de algo que no me atrevía a llamar remembranza.

Al día siguiente, en la escuela, permanecí escondido en el rincón de la reja entre una pila de llantas y cuando uno de mis amigos vino a buscarme lo recibí con un puñetazo en el ojo que le pinto el rostro de colores. Yo no hacía sino lanzar golpes y patadas a aquellos a quienes tenía la extraña hipocresía de llamar “amigos”. Me resultaba tan paradójico ya que me era imposible articular el motivo de mi aislamiento, en mi consciencia no existía forma o medio por el cual pudiese expresar mi sentir. El tema es que mi mente fabricaba estrategias contra las personas en mi entorno, y al mismo tiempo otra parte de mí, desesperaba por hallar el modo de protegerlos de la fuerza que me invitaba a destruirlos. Debía protegerlos de mí mismo y lo que fuera que se encontrara dentro de mí, el maestro de las mil voces.

No quería hacerle daño a nadie, sólo tenía miedo, pero ese miedo que intentaba protegerme pronto se volvió contra las personas con quienes me crucé; hay tanto de mí, que siempre sentí la necesidad de ofrecer a quienes amé, pero a cada día que transcurría, veía zanjados en la inutilidad de mis intentos, lo que me figuraba aquel irrefrenable espiral de mi inminente final; aún recuerdo ese día en el que me vi obligado a pronunciarme con las que habrían de ser mis últimas palabras con el mundo exterior por los próximos 2 años, ante mis 3 camaradas cuyos nombres respondían a Víctor, Rafael y Omar, sin embargo la conversación se desprendió frente a un número mucho mayor de niños, incluso ante aquellos con quienes no solía cruzar palabra alguna.

Ya desde aquel momento acostumbraba la compañía de pequeñas libretas y lápices en mi bolsillo, así como algunas crayolas; dibujaba y anotaba toda y cualquier idea o referencia que pudiera llamar mi atención desde el limitado entendimiento; pero desde ese día comencé a tener cuidado de narrar o describir mis sueños y mucho menos dibujarlos, y a la fecha aún puedo sentir esta extraña sensación de que, cuando lo hago, de alguna manera estos cobran forma, poder y fuerza sobre mí o la realidad; puedo recordar perfectamente aquel dibujo que realicé para tratar de describirles a mis amigos en tanto detalle como me fuera posible aquella pesadilla.

Recuerdo cada trazo, cada inclinación de aquel cuerpo amorfo que, al mismo tiempo, describía perfectamente la representación de un pequeño feto con ojos grandes como los de un gecko, cuyos ojos eran tan grandes que salían de las cuencas del cráneo, los afilados dientes habían sobrepasado y perforado aquella masa carnosa de algo que no podría ser descrito propiamente como un hocico, puesto que los dientes apuntaban hacia afuera de forma desordenada, anormal y ajeno a la relación de la proporción de su tamaño, esos dientes eran simplemente tan grandes que no eran capaces de entrar dentro de aquella diminuta cavidad y buena parte de los dientes que no habían encontrado salida a través del hocico, se habían abierto camino a través del cráneo, pintando una extraña pero apropiada cabellera que recorría incluso parte de su columna vertebral, toda compuesta de aquellos afilados dientes. Cuando abría la boca para hablar, me recordaba la imagen de aquellos peces abisales de bocas colosales y cuerpos alargados que pueden extenderse y triplicar su tamaño en un instante, generando este vacío que simplemente succionaba a su presa al interior de sus colosales bocas.

No poseía pies, ni estructura ósea alguna, y por ello parecía no encontrarse limitada a un concepto tan efímero como seguramente debe ser para este la gravedad; su arrastre y agitación por los pasillos parecía suscribirse a la condición y estrategia de cacería de los delfines y algunos de los grandes cetáceos, quienes se valen del sonido y la estridencia de sus altos tonos propulsados para valerse de la limitación física o incluso espacial que proporciona el oído; aunque curiosamente se encontraba dotado de dos hileras de manos con brazos flácidos y enfermizos que, a pesar de su debilidad aparente, sostenían entre dedo y uña un juego de garras similar a los puñales de los grandes felinos como los tigres o los leones, aunque la similitud y mecánica de los brazos me recordaban más a la fiereza de algunas especies de ciempiés, quienes poseen en cada pata un aguijón que inyecta veneno repetidas veces a sus presas antes de devorarlas.

Recuerdo que al contemplar mi propio dibujo, un escalofrío recorrió mi ser y las lágrimas rodaron por mis mejillas en silencio; percibía hasta el último de los bellos de mi cuerpo erizado como aguja, y mi mente quedó nublada en cavilaciones impronunciables que provocaban el desequilibrio de toda cosa cognoscible; las lágrimas comenzaron a rodar nuevamente por las mejillas, y a medida que la naturaleza de los comentarios comenzaron a agitarse entre los niños que estaban allí, comencé a narrar a todo detalle la descripción de mi sueño, no obstante, pronto se elevó la carcajada del grupo entero hasta el extremo opuesto del patio, atrayendo a una turba de niños a mi alrededor de todas las edades y salones; resulta casi satírico que, a medida que me sentía forzado a levantar más y más mi voz para combatir el volumen de la carcajada de una veintena de niños, más me daba cuenta de desde dónde es que ellos me estaban percibiendo, un sitio que para mí había dejado de existir en el escaso ciclo de una noche; yo era un loco a sus ojos, un tonto cuando mucho, pero no más que un niño quejándose de lo que a los ojos de cualquiera no era más que una pesadilla.

No temo expresar el orden de estos eventos y, tampoco doy demasiada importancia a lo que se pueda concluir de los mismos, ya me resulta labor suficiente adentrarme en estas remembranzas para predisponer estos acontecimientos en palabras, predispongo ante ti mi querido testigo los detalles más insignificantes de estos sueños, los cuales se volvieron paulatinamente más y más vívidos, al punto que finalmente, ya no tenía que verme inmerso en aquel espacio en el que reinaba aquella criatura, pues aunque temía tener que volver a la cama cada noche y cerrar mis ojos, devolviéndome allí donde sabía que era su espacio predilecto, allí donde moraba el rey de mil avernos, pronto la bestia comenzó a ocupar de igual modo el espacio más presente de mi mente, allí donde los pensamientos resonarían a partir de ahora con el rugido de su voz cavernosa; resignado ya a luchar contra su constante e irrefrenable presencia, finalmente abrí la puerta y comencé a tratar de entablar comunicación con la criatura, pues fuera aquello una elucidación mía, una voz cuya manifestación carecía de materialidad física externa, o un compuesto audaz de mi imaginario, tenía la certeza de que habría de trazar una línea que me permitiera entender el origen de aquella criatura, el motivo de su interés en mí y más importante aún, el modo de detenerla y expulsarla de mí; y si ésta vagaba en el interior de mis pensamientos, algo de ella escucharía lo que tenía que decir si me valía del mismo medio por el cual ésta se expresaba y manifestaba.

No me conlleva demasiado esfuerzo rememorar sus palabras, así como algunas de las conversaciones que mantuvimos por no poco tiempo; recuerdo una ocasión en la que su voz irrumpió en mitad de un tren de pensamiento, mientras me encontraba parado frente al espejo del baño; lavé mi rostro y tras pasar la toalla por mis ojos, allí estaba delante de mí en el interior de la silueta misma que constituía mi reflejo; me observaba desde el interior de la retina de mis propios ojos; el terror de sus mandíbulas devoraron mi aliento un instante, antes de que, finalmente harto de huir de la inevitabilidad de su presencia y existencia, me aferré a lo único tan claro para mí como el miedo que sentía, esto era el interés y el deseo de saber qué o quién era esta criatura, y conocerla desde la expresión de sus propias palabras; así que sostuve la mirada fijamente de vuelta al interior de la suya, aun con mis rodillas tambaleándose y mi voz aún temblorosa por la sorpresa de su viva imagen ante la mía, y así me pronuncié:

  • No puedo recordar qué eres, o quién eres, no puedo recordar tu cara o tu nombre, no recuerdo nada de ti, ni siquiera recuerdo haber cruzado una sola palabra contigo, y es por ello que simplemente no entiendo ¿qué pude haberte hecho o qué podrías querer o buscar en mí que sea tan importante, como para que no puedas siquiera extender tregua a permitirme conocer el motivo y misterio que encarna tu existencia? Lo peor es que ahora tampoco puedo pensar en nada, ni recordar nada, excepto la promesa del retorno fatal de este temor, aunado a la maldición que es tu sola existencia, de la cual no se puede ver, leer o entender nada, sólo puedo sentir este temor que disuelve mi mente en el rio de estos pensamientos que me sumergen en el vértigo de esta sola pregunta ¡¿Qué rayos eres?!
  • Los humanos siempre esforzándose tanto en rechazar las oportunidades que se les ofrecen; lo único más triste que tu incapacidad para reconocer a tu creación, es que llames a ésta una maldición, como si el poder de crear fuese aún mayor castigo que las barbaries que cometen esos seres a los que tanto te han enseñado a rezar y adorar por las noches, así como a ese carcelero de su “Dios” a quien se te ha enseñado a jamás cuestionar; pero tienes razón, al final has sido tú quien me ha llamado, si lo recuerdas o no me es indiferente, he acudido a tu llamado, pero si lo deseas puedo dejarte solo y entonces de verdad no te quedará nada, si prefieres conformarte con el desprecio de aquellos infelices a los que tanto tratas de complacer, sólo para escuchar de sus labios las mentiras que tanto quieres oír, es tu decisión…

La criatura comenzó a desvanecerse lentamente en el interior de mi retina, dando paso al reflejo de mi persona; yo estaba en shock, pues escuchar a esta criatura siquiera articular palabra alguna constituía ya un gran desafío, pero escucharle decir que yo era el responsable de su repentina presencia y, no sólo eso, sino que me encontraba en posición de dictar mis deseos sobre de ella para hacerle aparecer y ahora para obligarlo a partir, despertaba en mí un sinnúmero de preguntas:

  • ¡¿Qué?! ¡Espera, no te vayas!

Una pequeña risa escapó de entre sus mandíbulas y poco a poco la nitidez de su imagen regresó a la manifestación que era el reflejo suyo y mío.

  • Es tan fácil adivinar los puntos débiles de los humanos, sobre todo cuando se les ofrece la oportunidad de comandar algo que consideran se encuentra por encima de ellos, sin darse cuenta que se han hecho inferiores a su propia creación al creer que ellos no tienen la capacidad o el poder para manifestar aquello que puede salvarlos o destruirlos, lo cual constituye el principio mismo de su propia adicción al poder, dominar y controlar aquello que creen haber perdido. Su poder creador…
  • Dijiste ante que yo te había llamado, si de verdad te he creado, entonces respóndeme por favor: ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu propósito?
  • ¿Quién soy? Yo soy el viejo que cuenta las historias de nuestra raza – dijo, señalándome – eres uno de los hombres nacidos mitad luz, mitad oscuridad, desde el portal del fuego blanco como la aureola del eclipse solar bajo el que has nacido. Yo era considerado un huérfano incluso para los paganos, pues mis padres no eran mundanos y la profana sangre no corre por mis venas. Pero de mí, las historias contaban que era hijo de los dioses, mas no me habían engendrado como a los demás, pues yo no era un semidiós ni mucho menos; alguna vez fui un hombre terrenal con sangre divina, cuando la décimo tercera era de los hombres comenzó las deidades lloraron un nuevo volcán, yo emergí de las profundidades y me críe en la mente de los hombres con el rugido del cataclismo.
  • Ya entiendo, por eso tu voz suena como un trueno que desgarra la tierra
  • Allí me amamanté de sus sueños hasta que tuve la sabiduría suficiente para salir a la superficie, y desde la conciencia narré el terror que encontré en la mente de los hombres; algunos denunciaron en mí el monstruo responsable de sus pesadillas, sin saber que yo estaba allí para advertirles del peligro en cada sombra bajo las noches sin luna, incluso del peligro que a veces podían ser ellos para sí mismos; aquellos más valientes supieron ver en su interior, y encontraron en mí al maestro que los habría de instruir en los más diestros guerreros y más nobles sabios. Los frívolos me ofrecieron poder creyéndome mensajero celestial, más yo me negué porque no podía adjudicarme tal responsabilidad, ellos habían manifestado al que ahora pretendían que los salvara de su propia creación, sin entender que no fue aquello que manifestaron, sino aquello que no crearon lo que de hecho estaba destruyéndolos. Otros pensaron que lo hacía por soberbia a fin de rebajar al humano a una bestia egoísta, pero la verdad es que los humanos jamás fueron capaces de admitir su propio reflejo, pues egoísta o no, monstruo o deidad, yo soy la manifestación de aquello que la humanidad tanto niega, el huérfano que, pese a ser despreciado y rechazado, soy también lo que la humanidad tanto necesita y suplica, la verdad de sí mismos. Otros tontos creyeron que era modestia, así que me ensalzaron ofreciéndome aún más poder: el poder de la fe… Después de acontecida mi llegada, aunado de alabanzas ignorantes, decidí exiliarme de la memoria de los humanos para que mi origen fuera olvidado. Generaciones más tarde regresé con la vista alta y experiencia terrenal. Las personas me recordaban, pero ahora mi origen parecía una leyenda y no un hecho; así me convertí en creador de historias y no en revelador de verdades o mensajero de los dioses. Nunca más me ofrecieron el poder, sin embargo, yo ya lo poseía, me dieron la obligación de entretener a las personas con historias que les hagan sentir miedo para su divertimento… me dieron el poder de controlar sus pasiones y así me han puesto en control y dominio de su vida, negando la palabra traslúcida de mi verdadero propósito y así he gobernado, acatando las instrucciones de mis creadores en su deseo de permanecer esclavos…
  • Entonces ¿yo te llamé porque quería ver la verdad de mí mismo?
  • Tu llanto por la muerte de aquel ser a quien tanto amabas, despertó en ti una pregunta… ¿recuerdas cuál fue?
  • … ¿Por qué a la gente le da lo mismo una vida que otra? ¿Por qué la vida se siente como una prisión? …
  • He venido aquí para responder tu pregunta, o mejor dicho, a mostrarte lo que necesitas ver para que entonces puedas responderla por ti mismo.

La criatura cerró los ojos, se alejó del reflejo y se desvaneció completamente del espejo concluyendo asi nuestra primera conversación.

Cabalgar las memorias entre gregal y levante, puede figurar alguna suerte de lucidez en tanto el pensador desmenuce las reverberaciones centellantes entre el transcurso del día hacia la noche, pero ¿confiar en un sueño por recuerdo, un silencio por palabra y un espectro por verbo? No podía figurar lucidez, pensamiento, ni siquiera la memoria misma. Así fue como me quedé suspendido en el tiempo, incapaz de reintegrarme a la trama exterior fuera de aquel imaginario. Así comenzó este eterno ir y venir entre dos mundos conectados mediante un mismo catalizador, un vehículo, un cuerpo que deambula en todas y ninguna parte.

…continuara…

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