Mi Santuario – Relatos de una personalidad Esquizoide.

Mi Santuario

Mi Santuario – Relatos de un Esquizoide.

Autor:

Gabriel Aceves Higareda.

Nota: Esta novela que ahora comparto contigo es un proyecto que comenzó hace poco más de 10 años. Nació como simples anotaciones acerca de mis pensamientos, sueños e imaginario en general. Posteriormente, la obra original fue destruida y reescrita como un regalo para una persona sumamente significativa en este, mi proceso llamado “vida”. Ahora tú también eres esa persona especial con quien deseo compartir el presente trabajo. No sólo espero resulte de tu agrado, sino invitarte a un espacio de reflexión, deconstrucción y construcción para hacer de todos y cada uno de nosotros mejores seres humanos.

Agradecimientos:

Esta es, en efecto, una visión joven del mundo, con relatos de vidas sumergidas en una modernidad líquida. No obstante, tan valiosas son hoy las visiones que nos llevan a un mejor mañana, como las de cualquier otro tiempo, y tan valiosas fueron las visiones en compañía de estas fascinantes revelaciones encarnados en seres con forma humana, que hoy me atrevo a invocar una figura simbólica de sus enseñanzas y aprendizajes con la esperanza de que, en el futuro cercano o lejano, puedan servir y ser recordadas para un mejor mañana.

A todos aquellos que caminan el proceso del autodescubrimiento, para conectarse de vuelta a la vida como uno e iguales, a Desteni.

Anette Velay mi eterna hermanita, por inspirar la creación de este y otros textos.

Bianca López Agatón, maestra de las palabras exactas.

Frida Martínez Martín, la mejor psicóloga.

Adriana García, una mujer real.

Bernard Poolman, un hombre muy valiente.

Fernando Otero Ríos, maestra de vida

Cristina Tamayo, una realista.

Norma Silva, aquella que sabe encontrar belleza en medio del caos.

Marlen Vargas del Razo, una mujer brillante.

Sunette Spies, un hermoso ser humano.

Cerise Poolman, la de la sonrisa genuina.

Gian Roberts, hombre de palabras simples.

Leonard Anthony, un hombre sabio

Santiago Mieres, hombre de medicina

Nota del editor:

El siguiente texto consiste en una narración en torno a eventos ficcionales ocurridos en espacios tanto oníricos como reales. Inicialmente podía considerarse una extensa carta que, sin embargo, trascendió sus propios límites convirtiéndose en una extensa novela extraordinariamente bella construida a través de una serie de confesiones concatenadas. Debido a lo anterior, el autor se dirige constantemente al lector denominándolo “querido testigo”.

Prefacio:

“Quien tiene grandes pensamientos, suele cometer grandes errores”.

– Martín Heidegger

“Mientras lo bueno y lo sagrado no suba más allá del punto más alto que existe en cada uno de ustedes, lo malvado y lo débil no podrá bajar más allá del punto más bajo que existe también en ustedes”

– Khalil Gibran.
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Querido testigo: ésta crónica no pretende ser un relato de eventos pasados. Me resulta imposible expresar memoria de todo cuanto subyace bajo la superficie de la obsesiva inmaterialidad de nuestro subconsciente, esto es sólo el casco a la deriva de una embarcación derruida por el tiempo, el espacio y la tormenta.

No pretendo verdades profundas o sabiduría alguna, apenas una breve reflexión en torno a la fragilidad de nuestra humanidad y tal vez alguna advertencia para quienes comparten nuestra edad y geografía. Siempre cuestiona hasta el más insignificante signo de aquellos lenguajes silenciosos, voces esclavas de palabra extranjera al idioma original de la vida, que tus palabras sean herramientas a tu andar entre la colectividad de los cuerpos que deambulan entre el cauce informe de una herencia etimológica dada, sobre la cual dedicamos apenas algún estudio y reflexión; no te fíes de esos lenguajes y mucho menos los creas tuyos, y es por ello que te pido que no confíes en una sola palabra de este tonto que no pretende traer luz a tu vida, sino oscuridad; quiero llevarte a un profundo abismo que subyace bajo la piel, tanto dentro como fuera de ti.

Si me permites expresar con franqueza, me resulta difícil determinar un principio, un final o un propósito a todo cuánto escribo; y fijar si por ventura algo en mi interior no se encuentra interfiriendo entre la cabeza y el corazón para entorpecer el suave andar de la mano al plasmar fidedignamente todo cuánto resulta mi sentir. ¿Alguna vez has experimentado el vértigo que enmudece las páginas en los anaqueles del corazón, al sentir los ojos y las miradas ajenas que contemplan la corrosión del polvo que es tu historia, e incineran la biblioteca entera sin antes haber levantado uno sólo de tus libros? Nuestra muerte llega con cada palabra que recorres y dejas atrás, con el pasado que muere entre los segundos vividos y los instantes consumidos en el irrefrenable tránsito de nuestra presencia en el mundo, la cual desperdiciamos demasiado indagando entre las cicatrices de la memoria; aunque ya sabes lo que dicen:

“Para seguir en la vida, a veces, tenemos que olvidar, pero para poder vivir, a veces, tenemos que recordar”. ¿Podrías acaso negar que te debo la vida, mi querido testigo?

No me encuentro aquí pretendiendo contar historias que el mundo desconozca o nuevas verdades creyendo que puedo decirle a alguien como vivir la aventura de la vida; me atrevo a decir que he aprendido más de aquellos maestros sin aula que uno encuentra por la vida, que de cualquier cantidad de libros leídos en mi corta existencia. A la contradicción de estas palabras, tal vez correspondería hallar el sitio dónde figura el “otro”, dentro de un “alguien” convertido en un “algo” que no reconoce nada, nada excepto el materialismo de una existencia delimitada en su propia cosificación como consecuencia de una vida procreada dentro del consumismo. No obstante, lo que la noche se ha llevado, el día lo devolverá, la pluma del halcón dorado volverá y la humanidad nuevamente se levantará.

Mi querido testigo, tú no necesitas bienvenida a este espacio que, a partir de este momento, se ha vuelto tan tuyo como mío. Este santuario es y será más tuyo que mío, pues mis palabras ahora te pertenecen, las has vuelto más tuyas que mías por el hecho de conducirte en ellas. Me has vuelto tuyo de muchas maneras: desde la interpretación que tu mente da a mis palabras, en cuanto a la persona y la vida; que no es mi vida sino tuya desde que tu vista recorre las líneas que pretenden contar la mía. Palabras suscritas a un mundo que llevamos más guardado que un secreto, aquel donde los únicos ojos son los tuyos y los míos; para ver y entregarte uno de mis bienes más preciados: la palabra.

Capítulo 1. Un diálogo con la pesadilla.

 “Aunque no quieran oírme, sé anunciarme a los corazones, gracias a diversas formas que tengo para cumplir mi triste obligación; soy siempre compañera molesta que todos encuentran sin que nadie me busque, viéndome a la vez halagada y maldecida. ¿Has conocido la Aflicción?” (Goethe, Fausto)

Todas las mañanas la observaba desde una prudente distancia delimitada por la ventana de mi habitación. La miraba parada en la avenida mientras esperaba disolver mi presencia con la suya, más allá de la muchedumbre que nos envolvía en sus sonidos matutinos, no quería que nada se interpusiera en aquel momento que había hecho tan nuestro. El momento en el que la observaba caminar entre la gente, me abandonaba a un sentimiento de paz y perfección, pues a pesar de su rostro percudido por la lluvia del día anterior y su vestimenta haraposa. En sus ojos se revelaba el anhelo por la nueva sorpresa que la vida auguraba, entretanto, permanecía indiferente a la calma o la tormenta del mañana inexistente. Para ella sólo existía el presente, el ahora. No era el único enamorado de ella, pues la gente que pasaba a su lado, siempre le extendía amablemente algún pedazo de pan o una sonrisa, que ella devolvía con un pícaro parpadeo de sus ojos azulados.

Al verla caminar, la volvía mía por un momento; sólo un momento antes de volver al martirio de mi propia existencia, aquella condena que nos encadena de manera perpetua a vivir cerca del suelo, ahí donde quienes carecemos de alas nos limitamos a soñar. Ella, sin embargo, podía elevarse por encima de todos los mortales para soñar allí arriba, allá donde las nubes besan al sol. Para mí, no existía duda alguna de que en su presencia contemplaba la manifestación de un ángel. Así fue como poco a poco se volvió la dueña de mis pensamientos, desde el nacimiento hasta la muerte de Apolo. Mi única amiga, mi única confidente, a quien le entregaba mis penas entre los siseos que rezaba entre mis infiernos al verla, como plegarias que suplicaban elevarse con ella hasta el cielo. Así lo decidió mi egoísmo. Así lo confesó mi alma.

No obstante, yo sabía que ella no era mía, ella no era de nadie y no podía ser de nadie. Ella conocía una libertad que al resto se nos tiene prohibida. Pero allí estaba ella todas las mañanas, sencillamente ahí, parada sobre la avenida, suplicante por aquellas migas de pan que recibía de la generosidad de las personas. Un ritual que repetía religiosamente cada mañana en el peregrino círculo de su paso por la vida. Nadie sabría decir a dónde iba después de su rutinaria visita a aquella esquina frente al semáforo; tal vez consolaba a algún niño triste con el destello de su rostro y su sonrisa; tal vez alegraría a alguna anciana con su sagrada compañía; sin importar dónde fuera, yo no podía atribuir nada a su existencia excepto el noble propósito de sanar los males del mundo. Si la hubieras visto lo habrías sabido, no podía ser de otra forma.

Tampoco sabía si tenía madre o padre y aunque por supuesto los tenía, ella siempre estaba sola, dueña de sí misma, desafiando los límites de su voluntad y por ésta singular y única razón, era prácticamente imposible no enamorarse de ella. Estaba seguro de que lo mismo ocurría con todos los que la miraban, incluso aquellos que colaban su desprecio por el rabillo del ojo y la recorrían de arriba abajo en su supuesta indiferencia, es obvio que sentían lo mismo ¿Quién podría no sentirlo?

Aún recuerdo aquella mañana en la que sin advertencia, decoro o ceremonia se arrojó a la avenida dejándose medio arrollar por aquel auto a toda velocidad. El carro ni siquiera se detuvo tras haberla atropellado. Todo pasó muy rápido, tanto que no sé decir qué ocurrió primero, si fueron las lágrimas que rodaron por mis mejillas, o el grito desprendido de mi pecho por el vuelco que dio mi corazón al ver sus plumas ensangrentadas empapando el cielo con mis plegarias y mis sueños de volar con ella e irnos lejos de esta inconsolable masacre que llaman vida. Esos sueños ya no importaban, pues ella se me había adelantado, ¿cómo enunciar lo que aquel momento representaba y lo que había perdido?

Mi madre descendió las escaleras a toda prisa al escuchar mi llanto exclamando repetidamente

  • “¡¿Qué tienes?! ¡¿Qué pasó?!”

Sin poder apaciguar el dolor que me ahogaba en un grito e ignorando la búsqueda por nombrar aquel dolor que sentía por primera vez en mi vida, pues jamás había perdido a alguien tan cercano y menos al amor de mi vida, continué exclamando:

  • “¡La mataron! ¡La mataron!”

Mi madre fijó la mirada sobre la calle, tratando de encontrar el cuerpo, la sangre, el asomado morbo de la gente; observó con detenimiento y lujo de detalle la escena. Un hombre cruzaba la esquina en el semáforo, otro pasaba junto al cuerpo de mi amiga apenas deteniéndose a ver de reojo sus débiles aleteos; alzó la mano y el taxi se detuvo justo frente al cadáver; el hombre dio un brinco y subió al auto sin mirar hacia atrás. No hubo ni uno a su alrededor que expresara reclamo alguno por semejante falta de respeto, pero tampoco había uno que supiera evidenciar o siquiera darse cuenta de la indiferencia de la que todos se hallaban presos. La gente permanecía inmutada ante la escena mientras yo me encontraba en un grito… no lo entendía ¿por qué no se detenían? ¡¿Ocurrió un asesinato frente a todos y a nadie le importaba?!

– “¡Allí está! ¡Mírala!” – gritaba desesperado mientras sujetaba el brazo de mi madre, al tiempo que señalaba el punto donde yacía el cadáver arrollado. Mi madre soltó un suspiro de alivio y con inmutada indiferencia me devolvió la mirada sin poder ocultar del todo su enfado ante el temor que mi llanto y mis gritos habían provocado en ella, y me respondió:

  • “Cálmate hijo… sólo era una paloma…”

Las palabras fueron frías e inexpresivas, ajenas a todo movimiento de la vida que demanda un duelo ante la pérdida de un ser tan significativo. No se trataba de la paloma en sí, se trataba de la indiferencia con la que daba lo mismo una vida que otra. Fue por ello que una expresión tan muerta como ésa, sólo podía exteriorizar palabras que lograron dejarme frío de igual manera. Y fue suficiente para despertar en mí la más sórdida rabia que hubiese conocido hasta ese momento de mi corta vida. No sabría trazar con exactitud el origen de la ira que comenzó a gestarse en mi estómago cuando pronunció aquellas palabras, pero la voz oculta dentro de mí gritaba enardecida ante esa actitud poco más que inaceptable. Por mi cabeza cruzaban imágenes que solo eran capaces de lanzar golpes y bofetadas a mi propia madre. Y confieso que desconozco el origen de aquel deseo de causar un daño con el fin de reparar otro; sentía que algo estaba roto, pero no sabía exactamente qué.

  • ¿Sólo una paloma?… ¡¡¿Sólo una paloma?!!

Exclamaba con rabia mientras miraba a mi madre fijamente a los ojos, levantando mi voz con cada lágrima que rodaba por mis mejillas. No hacía sentido su indiferencia, como tampoco podía poner en palabras la actitud de la gente que continuaba deambulando en la calle con normalidad, como si nada hubiese pasado. El silencio de mi madre me perturbaba más y más a medida que mis preguntas llenaban el aire en una atmósfera que no terminaba de acontecer en una sola emoción.

  • ¡¿Te da lo mismo una paloma que la vida de cualquier otra cosa?! ¡¿Te da lo mismo cualquier persona?! ¡¿Acaso yo te doy lo mismo?!

Severidad y verdad suenan casi empalmadas por consecuencia fonética, pero en aquel momento rimaban incluso de forma sinonímica. Algo entre alguna de éstas despertó la misma rabia en mi madre, quien sujetó mis manos con fuerza y apretando los labios en una colérica sonrisa sostenida por su mirada nublada por la ira, me soltó una bofetada con una fuerza que sacudió las palabras de mi aliento y estremeció la totalidad de mi ser.

  • ¡El resto de las personas y del mundo me importan un comino! ¡tú eres mi hijo!

Permanecí en silencio un instante, sintiendo el ardor en la mejilla dejado por el golpe, antes de devolver el favor con las siguientes palabras:

  • No es verdad, tú no querías que yo naciera; cuando yo llegué al mundo, para ti fue el fin de tu libertad y de tu juventud, porque tenías que hacerte cargo de algo que odiabas más que a ti misma; tenías que cuidar de un error que jamás quisiste que naciera… ¡yo no debí nacer! ¡no te importa nada!

Las lágrimas brotaron de sus ojos cual inyección ante el shock que mis palabras habían provocado. Me desprendí de sus brazos, bajé las escaleras a toda velocidad dispuesto a salir corriendo a la calle en busca del cuerpo de mi amiga para darle sepultura. Con mi corta estatura difícilmente alcanzaba las llaves de la cocina, así que corrí por la escoba del armario y con el extremo del palo empujé las llaves que cayeron del clavo que las sostenía en la cocina. El tintineo de la campanilla en el extremo del llavero disparó una alerta que alcanzó el oído de mi madre, quien gritó al instante:

  • ¡No salgas a la calle!

Sin darle oportunidad de alcanzarme, corrí hasta la puerta de la entrada y la cerré detrás de mí para ganar tiempo y poder alcanzar la banqueta de la avenida antes del cambio en las luces del semáforo. Ese lapso debería ser más que suficiente para recoger el cuerpo aplastado de mi amiga. Enmudecí al verla todavía luchando con sus débiles aleteos y sin pensarlo dos veces pegué carrera hasta ella con todas mis fuerzas, pero justo cuando estaba a punto de alcanzarla, sentí el tirón de una mano que sujetó mi brazo con fuerza. Mi madre trataba de asirme a ella, pero me desprendí de sus manos dándole un pisotón y aunque era un niño, fue suficiente para librarme de su agarre, en tanto que ella se agachaba para sujetar su pie, extendí un brazo para poder levantar a mi amiga herida antes de que la mataran, pero a centímetros de alcanzarla, una mano ajena llegó a ella primero alzándola con sumo cuidado.

Levanté la mirada para encontrar la suya y sorprendí sus ojos enfocando los míos con una mirada inmutada y serena, con un destello de astucia y mesura, tal vez incluso con algo de gentileza y compasión. Llevaba una chamarra negra con una insignia galardonando su pecho con un par de alas de plata a la altura del corazón, un pantalón de mezclilla y botas militares. Alrededor de su cuello, tintineaban balas de diferentes calibres, una de ellas perteneciente a un cuerno de chivo que destellaba en medio de la camisa color vino. En el rostro de aquel extraño había un pasaje a la memoria, un recuerdo lejano que insistía en pronunciar un nombre desconocido por mi mente, pero familiar al espíritu. Comenzó a acariciar a la paloma con extrema delicadeza, observó las alas desgarradas por los neumáticos que la arrollaron; luego tocó con detenimiento en la profundidad de las heridas, perdido en sus meditaciones sin decir palabra o gesto, envolvió el cuerpo de la paloma entre sus manos, dio la media vuelta y emprendió la marcha en silencio. Me puse de pie y me acerqué a él, tratando de asomar la mirada por encima de sus manos, y aunque me sentía incómodo hablando con un desconocido, quería saber si mi amiga estaba bien, así que me acerqué y le pregunté:

  • – … ¿La puedes salvar?

Permaneció mudo ante mis palabras, mientras continuaba la marcha en silencio. Emprendió la retirada sin detenerse llevándose a mi amiga entre sus manos. Sin embargo, no lograba empalmar su silencio y mi intranquilidad, quería saber si mi amiga estaría bien, necesitaba saber ¿a dónde la llevaría? ¿qué pensaba hacer con ella? Y en mi impaciencia extendí la mano suplicándole que me la devolviera, pero no me escuchó, simplemente continuaba alejándose más y más. Y entonces comencé a gritar:

  • ¡Oye, devuélvemela! ¡devuélvemela!

Pero él sólo seguía caminando doblando con cada paso las zancadas de los míos, así que literalmente comencé a correr tras él, pero sin importar cuan veloz el paso o cuan amplia la zancada, cada uno de sus serenos y lentos pasos parecían arrastrarlo a una velocidad que desconocía toda física o dimensión, a un grado que comenzaba a elevarse del suelo, y fue entonces que todos y cada uno de los bellos de su cuerpo crecieron hasta formar extensas y poderosas plumas que transmutaron instantáneamente todo su cuerpo. Las extensiones de sus brazos traspasaron los límites de su biomecánica y sus dedos quedaron cubiertos por extrañas extensiones de vellosidades convertidas posteriormente en un par de alas; sus botas se vieron traspasadas por un juego de afiladas garras y su columna vertebral atravesó la piel abriendo una cola cubierta de cuantiosas plumas negras. Su nariz y su boca se convirtieron en un enorme y afilado pico negro donde depositó gentilmente el cuerpo de mi amiga, llevándoselo con él en un vuelo tan veloz que rompía cual cristal la delicada filigrana de la luz, sumergiéndolo en un vórtice que quebraba los límites de la luz hacia el interior de la misma oscuridad que envolvía su cuerpo…

  • ¡¿Qué eres?! – grité.

Sin volver la mirada y manteniendo el vuelo y la ruta firme en algún punto de la oscuridad respondió:

  • … El que enlaza los mundos

Al instante siguiente, el portal se cerró violentamente tras él con un estruendoso impacto y dejó tras él un rastro de motas de polvo luminosas. Como si por un instante la luz se hubiese vuelto sólida por la densidad del impacto; las motas de luz pululaban en el espacio a mi alrededor, suspendidas en la fragilidad de algo que no era viento pues la luz se encaminaba en un sentido y el viento en otra; traté de seguir la ruta de su extraño ascenso, que era todas y ninguna dirección. Poco a poco comenzaron a desvanecerse como burbujas, una a una, de la misma manera en que lo había hecho aquel extraño ente.

Los razonamientos de mi mente parecían tan ilusorios como su vaporosa presencia. Por si fuera poco, no fue mayor el consuelo o más nítida aquella visión, cuando, al levantar de nuevo la mirada sobre la calle, toda la avenida que descendía en un copioso tránsito de pronto quedó vacía, incluso mi madre, quien se encontraba a escasos pasos de mí, había desaparecido junto con toda la vida. Miré atrás de mí, a la derecha y a la izquierda, arriba y abajo, pero no había nada, ni siquiera el sonido del viento. El color de la avenida, que en la naturaleza de su colorido pintaba el verde de los árboles, el gris del asfalto, el multicolor de las casas y los edificios, de pronto comenzó a tornarse de un rojizo escarlata; gota a gota lloraba el cielo destellos morados que pronto abrieron un mar de sangre, el cual armonizaba su escabrosa manifestación, no con el sonido aperlado de las gotas de la lluvia, sino con un insoportable llanto que provenía de todas y ninguna parte, hombres y bestias ahora caían del cielo arrastrados por las aguas entre gritos y chillidos que, en su conjunto, componían la más inarticulable y desesperanzadora sinfonía de un terror inconcebible, donde la imagen de la innumerable cantidad de cuerpos precipitándose al vacío escapaban a toda palabra o verbalización posible.

Entre las siluetas de bestias y hombres, una figura en el cielo captó inmediatamente mi atención, pues siempre pude distinguir a mi madre en cualquier espacio o situación, y ahora incluso podía reconocerla entre las masas de cuerpos amorfos que se precipitaban hacia el vacío. En el más sórdido de los silencios mi corazón se retorció en un vuelco paralizando mis pulmones y arrebatándome el aliento, sin darme la oportunidad de exclamar la palabra “Mamá”. Justo cuando los cuerpos estaban por encontrar el suelo y las aguas rojizas por arrastrarme en su corriente, me desperté…

Empujé las cobijas que envolvían mi cuerpo con violencia, mientras sudaba copiosamente sentado al borde de la cama de mi habitación. Me levanté por un vaso de agua y rápidamente encendí un spliff, después tomé apresurado mi libreta y comencé a escribir con lujo de detalle el sueño que ahora le estoy contando, doctora.

  • Y dime ¿has tenido más sueños en otras ocasiones en los que ves un escenario semejante perdiendo a tu madre o en el que parece que la realidad se resquebraja de esa manera?
  • A veces he tenido sueños en los que me veo matando a todos a mi alrededor, a veces incluso a mi familia, como si estuviera tratando de liberarme… no de ellos, sino de lo que su presencia me recuerda que no debo hacer, y con lo que no puedo y jamás seré del todo libre… es un tanto irónico, porque en cuanto me veo agredir a alguien que reconozco o a alguien que me importa, siento que he cometido tanto un crimen como una revolución. Porque al tiempo que rechazo la influencia de ellos y el poder que les he otorgado sobre mí, veo como al mismo tiempo emerge la culpa por dañar a aquello que me refleja, no sólo en cuanto a mi condición humana, sino el egoísmo de mis acciones o mis palabras a tomar sólo “lo mío sin considerar a los demás”
  • Bueno, es normal sentir culpa ante pensamientos e imágenes en los que nos vemos cometiendo o realizando actos que escapan a lo cotidiana y socialmente aceptado
  • ¿Y cree de verdad que debería ser tan normalizada la culpa y la vergüenza sólo para perpetuar la ceguera de quienes se niegan a ver el abuso que se están provocando a sí mismos y a los demás cada día? sólo porque no queremos que se vean inconvenientemente confrontados con la ignorancia de sus propias ideas y creencias que obligan a los demás a ajustarse a sus limitaciones de etiqueta.
  • ¿Y tú crees que deberíamos admitir una sociedad en la que cada uno va por donde quiere, hace lo que se le da la gana e ignora completamente a los que le rodean?
  • ¡Eso ya lo hacemos todos los días! A nadie le importa la gente que está muriendo de hambre a costa de nuestras comodidades y estilos de vida, y a los pocos que si les importa son prontamente exterminados, silenciados y en el mejor de los casos simplemente ignorados por el resto que se niega a ver o a escuchar. Cadáveres de miles de infantes son encontrados entre la frontera de México y Guatemala mientras que el resto de los niños y por lo tanto de los testigos de los rostros y nombres de familiares, cabecillas del cartel, militares y policías involucrados son enviados a morir en las guerras entre narcos y militares. Los animales sufren de igual modo la masacre y el exterminio mientras contemplan sus hogares que son bosques, selvas, praderas, ríos y océanos ser devastados con toda la vida siendo erradicada dentro y fuera de nosotros… estamos completamente insensibilizados ante nuestro propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno precisamente porque nos educaron y programaron con esa indiferencia, con esos pensamientos en los que nos han enseñado a “ceder ante el castigo y sometimiento voluntario” invocando y creando nuestro propio sufrimiento con el sentido de la deuda, lo cual permite el control y manipulación que ejerce aquel que hace indicio del símbolo sobre la conducta que define la observación de un juicio y por consecuente de una autoridad sobre el que se asume juzgado… tanto de este orden social me parece en realidad demente porque es por consecuencia de esa “culpa” con la que se ha creado ese enfermizo anhelo de volvernos buenos, dignos del amor, la aceptación y el reconocimiento ante aquellos que nos enseñaron que no éramos lo suficientemente buenos, ni talentosos, ni perfectos… supongo que es inevitable para los padres ver en los hijos el reflejo de su propia imperfección y limitaciones, lo cual seguro es lo que los compele a tener que castigarnos, para castigarse a sí mismos desde luego… ¿por qué será que parece más fácil acabar con la vida de una persona, o de una población entera, que llegar a cuestionar una idea en torno a nuestras propias emociones, como la disonancia cognitiva que se desprende de aquellos eventos que dan pie a la indiferencia y el estado de anomia que hoy reina sobre nosotros ¿O le parece que seguir siendo “sano” en una sociedad tan profundamente enferma y dañada como esta, debería considerarse normal…?

La mirada de la psicóloga permanecía fija sobre mí con su acostumbrada veta de indiferencia, pero ¿cómo iba a recriminárselo? Si irónicamente, la doctora Werzehog era una mujer tan dedicada e interesada en el bienestar de sus pacientes que se la pasaba escuchando historias y sueños de este tipo desde que amanecía hasta que anochecía, repitiendo la misma jornada durante los últimos 20 años. Los premios internacionales que había recibido por su labor humanitaria y sus cuantiosos certificados colgados sobre la pared eran prueba fehaciente de su compromiso, tanto consigo misma como con los demás.

Y vaya que existen personas difíciles de tratar en el mundo, yo siento que no lo soy tanto, al menos de forma externa. Sin embargo, por dentro vivo en una multiplicidad de realidades, tantas que, a veces traspaso la delgada línea que divide las fantasías y la realidad. El problema viene cuando tengo que enfocarme sólo en la realidad física, la angustia e incomodidad ante la presencia de los otros me hace huir de vuelta a la soledad que tanto amo y desprecio, que tanto necesito y agonizo; pertenezco a un pequeño grupo de personas que se estima en menos del 1% de la población, soy esquizoide.

La doctora sacó un cigarrillo y lo encendió a medida que respondía:

  • La culpa no es un enemigo total o absoluto, aunque ciertamente viene como resultado de la búsqueda por la aprobación social y con ello el reflejo directo de un condicionamiento, se suele considerar a las personas sin sentimiento de culpa como “sociópatas” antes referidos como “psicópatas”. Sin embargo, el término ha caído en desuso. Ese no es tu caso, conducta asocial y antisocial no son lo mismo, mientras el asocial se limita a evitar el contacto con la gente, el antisocial es aquel individuo que manipula, transgrede o a veces violenta las normas sociales en beneficio propio, sin importarle la moralidad, ni las consecuencias que sus actos puedan tener sobre los demás. Son incapaces de considerar o generar empatía con otros porque son incapaces de reconocer el reflejo de su propia humanidad en los demás. Aristóteles solía decir que: “Hacer algo malo y no sentir vergüenza por ello es la prueba definitiva de un carácter malvado”…
  • A veces realmente no entiendo como forzar a las personas a ser “buenas y obedientes” ante toda una jerarquía piramidal hace más buenas a las personas que toman las decisiones que si importan en este mundo, ya sabe decisiones importantes como bombardear algunas personas con turbantes en medio oriente para corregir sus conductas primitivas, y recordándonos por qué nos hacen más libres a todos al acatar y obedecer las órdenes que, de no obedecer garantizan nuestro boleto directo y estancia “reformativa” en la prisión; ya sé que desde luego existen los aspectos positivos de la culpa, pero sinceramente cuando pienso sobre como nuestros líderes juegan y brincan por encima de todas las escalas y preceptos morales que a nosotros se nos obliga a jugar “limpio”, es cuando reflexiono que el costo es demasiado elevado por vivir una vida agachando la cabeza y pidiendo disculpas… porque el miedo a la homogeneidad de ideas va en contra de las opiniones que si importan, las que ponen el dinero en nuestros bolsillos, esos seres no tan importantes con carteras sumamente valiosas que deambulan en las calles tan cercanos y tan ajenos unos de otros ¿No vuelve esto a nuestra sociedad en alguna forma “sociópata”?
  • Todos los seres humanos tenemos en alguna medida estos trastornos. El dilema surge cuando las conductas que se desprenden de ellos comienzan a violentar las reglas de conducta establecidas por el Estado; sin ánimo de alentar cualquier fantasía de conspiración, la verdad es que los individuos son incapaces de acatar los estatutos que el gobierno exige obedecer. Irónicamente ocurre lo mismo con la religión católica o cristiana, o cualesquiera de estas ramas dentro de la pirámide Abrahámica, que ofrecen a sus “pecadores” el perdón ante un pecado que no pueden dejar de cometer…
  • ¿Por qué dice que no pueden dejar de cometer estos crímenes?
  •  Porque la violencia conforma una parte dentro de la estructura biológica y no sólo de un sistema social…
  • ¿Cómo será que nuestras conversaciones siempre dan giros tan dramáticos, pasando de un relato de la infancia a temas éticos y legales?

(La doctora Werzehog río con cierta complicidad y prosiguió) La culpa la tienes tú, por siempre marearme con tus dilemas éticos y legales. A veces siento que sólo pagas la consulta para obligarme a hacer de tu público cautivo.

Conocía a la doctora Werzehog desde que estaba en la carrera de Enfermería, y desde entonces siempre fuimos buenos amigos. Antes que el cariño, le guardaba un gran respeto por sus múltiples conocimientos abarcadores, pero no limitados al área de medicina, pues siempre dejaba asomar su pasión por el ocultismo y la espiritualidad, por la veterinaria e incluso su pasión por la mecánica automotriz.

  • Pero dime ¿A qué edad solías tener esos sueños?
  • Aproximadamente entre los 12 y 14 años
  • Ya veo… pues ¿te digo una cosa? Todos en algún momento buscamos desprendernos de nuestros padres, de alguna manera es como si tuviéramos que matar parte de esa relación con ellos dentro de nosotros mismos para poder independizarnos.
  • Le mentiría si dijera que sé con absoluta certeza de dónde venía ese enojo que sentía hacia ellos, porque incluso me sentía molesto cuando trataban de ser amables conmigo, no me faltó nada… excepto ellos, es verdad que me molestaba cuando no me prestaban atención o quería que vinieran a salvarme, pero incluso comenzó a molestarme más cuando pretendían estar presentes. No me hacían ningún mal, pero ahora creo que la maldad y la bondad en este mundo se han visto extrapoladas por la conveniencia y el interés, como el interés que existió por tanto tiempo en mí a pensarme y saberme una víctima, porque era conveniente sentir que alguien estaría ahí para mí, pero de no revelarme incluso contra el amor incondicional de mis padres, lo cual en su momento fue visto y juzgado como algo malo, sinceramente creo que no habría podido hacer y vivir tanto de lo que he visto y pasado, porque habría vivido a límite de las creencias y percepciones de mi familia.
  • No olvides que formas parte de una realidad social. Podemos llegar a sentir que no hay nada valioso dentro de la historia de otras personas sólo porque no es la nuestra, pero jamás es sólo “palabrería” lo que comparten con nosotros; las relaciones suelen ser uno de los elementos de mayor relevancia en nuestras vidas, esa necesidad de resolver problemas a lo largo de la historia nos ha llevado a colaborar con los demás. Si todos nos encerráramos dentro de nosotros mismos, no habríamos superado los retos que enfrentamos cuando se suscitan grandes catástrofes.
  • La realidad de las relaciones humanas no se parece ya en nada a las condiciones materiales y a los modelos y teorías sociales en las que están fundamentadas, las cuales anteceden por mucho al momento de la implementación del Capitalismo.  Las personas pasan todo el día frente a sus pantallas revisando sus redes sociales. Podrían estar sentados lado a lado, y aun así prefieren ver sus teléfonos… viven en la realidad virtual y lo virtual es lo único “real” … La verdad a veces parece que los esquizoides son ellos…
  • La doctora no pudo contener la risa ante el comentario; sonrió con algo de complicidad y dijo: No te preocupes, vamos a canalizar tu atención, no hacia las personas para buscar su aceptación y reconocimiento, sino hacia lo que de verdad importa.
  • Y ¿qué es eso que de verdad importa?
  • La vida… Ahora debo pedirte que me disculpes. Aunque disfruto mucho nuestras conversaciones debemos concluir esta sesión, el próximo paciente ya debe estar esperando afuera del consultorio. Por favor toma anotaciones de todos esos sueños, serán importantes para la próxima fase del proceso.
  • Tengo un recuerdo de un sueño que me ha acompañado desde la infancia, lo considero uno de los más profundos orígenes del temor hasta donde puedo recordar.
  • Eso suena fascinante, por favor retomémoslo desde ahí la próxima sesión.
  • Hasta luego, doctora.
  • Hasta luego.

Salí del consultorio de la doctora, y comencé a caminar sobre la avenida de vuelta a mi casa. Día tras día, tardaba alrededor de 2 horas caminando, pero prefería caminar a tomar el camión que recorría la misma avenida. También disfrutaba mucho correr contra el trolebús que pasaba sobre Eje Central, mientras llevaba mi vieja mochila militar cargada de tantos libros como pudiera para poder duplicar el peso sobre mi cuerpo y acostumbrarme de este modo a soportar sesiones intensas de ejercicio. Así lo había hecho desde la escuela militarizada, y para mí eso se había convertido en la terapia más importante de todas, me resultaba mucho más eficiente que cualquier antidepresivo. La doctora nos daba injerencia sobre la medicación, así como el momento en el que deseábamos recibirla, solo en caso de que así lo deseáramos. Ni siquiera requería la presencia del psiquiatra 24/7 en aquella institución. Pues además de su clara oposición al uso de medicamentos psiquiátricos, ella no limitaba la visión de sus pacientes a “enfermos mentales”, sino la expandía a personas capaces de aportar una visión única a la sociedad.

La doctora concluyó que la única y mejor forma de apoyarme, era sacarme de la reclusión y el aislamiento, para llevarme a vivir y conocer el espacio cotidiano. El espacio donde menos quería era encontrarme, más que por la presencia del otro, por el temor que siento ante todo eso que soy y que no soy… he aquí la paradoja biológica que nos compele a buscar infinitamente el amor y la aprobación ajena. Debido a lo anterior, me encontraba convencido de que la doctora Werzehog quería que todos pudiéramos vivir de la manera más normal posible, sin pretender en lo absoluto de volvernos “normales”. Este sólo y singular hecho le había otorgado todo mi respeto.

No obstante, siempre había detalles de mis sueños que omitía ante la doctora. Detalles que no me atrevería a pronunciar. No por una imposibilidad verbal, sino porque no encontraba en mí la confianza y el temple necesarios para compartirlos; pues ni siquiera yo encontraba la lógica ante las extrañas manifestaciones acontecidas en cuerpo y alma.  Porque cuando desperté de aquel sueño hace 23 años, éste se mantuvo presente en mi consciencia. Como si de una profecía se tratara, tras despertar vi caer nuevamente entre los automóviles aquella paloma. Sin embargo, en esta ocasión no había posibilidad de correr a salvarla, fue aplastada al instante por el primer coche que cruzó el semáforo. Lo extraño es que, al despertar y contemplar exactamente la misma escena antes revelada por mi subconsciente, había una parte de mí que ahora sabía con plena certeza que esta vez era real. En esta ocasión no grité como lo hice en el sueño, pero tampoco quedé inmutado. Lágrimas rodaban por mis mejillas mientras bajaba luctuosamente las escaleras de mi casa; tomé las llaves de la entrada sin hacer ruido o pronunciar palabra respecto a salir a la calle.

Al cruzar el umbral de la entrada cerré la puerta silenciosamente para no alertar a mi madre o a mi hermana, y con pausada marcha me acerqué a la banqueta mientras veía los coches pasar uno a uno repetidamente sobre el cadáver de mi amiga. Esperé al borde del tiempo el cambio en la luz del semáforo para poder recoger el cuerpo arrollado recubierto ya por la sangre reventada de sus entrañas. Incluso en ese momento, tal vez nacido de una extraña necesidad de ofrendar duelo a este ser que para mí se había convertido en más que una simple ave, recitar un poema resultaba demasiado épico para una muerte común para el resto. Para mí era sagrada, para mí había sido sagrada en vida, y sagrada era su muerte entre mis manos que tomaban una a una las plumas una vez detenido el tránsito.

Su sangre escurría entre mis dedos, su cabeza colgaba al borde de la palma, mis lágrimas limpiaban sus entrañas y el corazón que había comenzado a enfriarse. Cobijé en mi mente no pocas memorias alusivas a ese momento: el horror en los ojos morbosos de la gente, las miradas y comentarios de quienes me incitaban a dejar a la paloma en plena calle. Mi aversión hacia su reacción trascendía por mucho el retrato de la sangre, el cadáver entre mis manos, o las innumerables enfermedades que seguramente comenzaron a desprenderse de las vísceras. La muerte se convierte en algo demasiado común, cotidiano y normal, sobre todo en una sociedad enajenada en espectáculos de muerte. El horror, sin embargo, para mí, estaba en el repudio que ellos expresaban hacia ella y hacia mí al ejecutar un acto que cualquiera de ellos habría realizado sin chistar con cualquier ser amado. Un acto que aparentemente sólo tiene sentido cuando se trata de un ser humano…

  • ¿Sólo lo semejante y lo parecido es digno de ser amado? – era la pregunta en mi mente – ¿Amamos a las personas sólo porque son como nosotros, mientras repudiamos todo aquello con lo que somos incapaces de identificarnos? No parecemos realmente interesados en dejar de destruirla… es decir, a la naturaleza, la vida misma, ¿será acaso que no somos parte de ésta? ¿será que ni siquiera estamos realmente vivos? Sé amar la belleza de las personas, pero también sé amar la belleza de la vida, de las plantas, los animales y el universo ¿cómo puede eso tener algo de malo?

Incluso hubo quien pretendió detenerme argumentando que “lo que estaba haciendo era una porquería”. No respondí a sus palabras, aunque éstas albergaban buenas intenciones pues tenían el fin de apartarme de un evidente foco de infección. Para mí, esos sonidos eran la verdadera porquería. El origen de su temor era confuso, pese a que el detonante era claro, no le temían a una pequeña paloma, sino a las enfermedades de las que pretendían protegerme; males que jamás asaltaron mi cuerpo. Sentía en mi interior que el horror era yo, y mi acto un sacrilegio a las buenas costumbres.

Volví a la casa a tomar una pequeña pala de jardinería que mi madre guardaba entre las escobas del desván y comencé a cavar un pequeño agujero para depositar su cuerpo justo al pie del árbol que vive frente a nuestra casa. Un árbol que me ha visto crecer desde que tengo memoria, se encuentra a la misma altura de mi ventana y era la primera cosa que veía cada mañana, antes que la paloma, antes que el tránsito de la avenida, antes que el día o la noche. No escogí ese lugar por casualidad, quería que su presencia permaneciera constante de cualquier manera, así fuera como el recuerdo de mi único motor para continuar despertando por las mañanas. Mientras abría paso entre las raíces del pasado, aparté a las ancianas piedras que contaban la historia del más antiguo tesoro oculto bajo nuestros pies, más antiguo que el enorme árbol frente a nuestra casa, más antiguo aún que cuando éste no superaba la altura del pasto que ahora decoraba sus pies; la tierra misma… Nuevamente las dudas se colaban entre los pensamientos que asaltaban continuamente mi mente:

  • ¿Si la dejo aquí con el único propósito de convertirse en un recuerdo, no sería aún más egoísta que guardar indiferencia? La indiferencia parece contraria al amor y un mal hacia la vida misma, pero es también por nuestra indiferencia que su libertad se ve garantizada al no atribuírsele una característica valiosa… la carencia de valor la vuelve invisible a los ojos de quienes exterminan especies, destruyen ecosistemas, convierten bosques y selvas en desiertos, dinamitan montañas hasta convertirlas en llanuras ¿Qué otro propósito en la vida puede tener una paloma excepto ser una paloma? ¿Debería convertirse ahora en un recuerdo para aliviar mi existencia? ¿No la estaría obligando de este modo no solo a aliviar mi existencia sino la de cualquier otro a perpetuidad sin descanso? ¿No es este actuar el verdadero egoísmo contrario al amor? O ¿es el amor el que engendra esta prisión?

Continué con estas cavilaciones durante varios minutos mientras cubría ceremoniosamente el cuerpo con la tierra. Al terminar, volví al interior de la casa, cerré la puerta y me escondí debajo de la mesa del comedor como solía hacerlo cuando mi cuerpo era pequeño y cabía debajo de ella. La mesa tenía un extenso mantel que rozaba el suelo y nadie podía encontrarme ahí. Debido a esto, se convirtió en mi escondite favorito para cuando no quería ser encontrado.

No probé alimento por el resto del día y ciertamente no tenía hambre, me recosté sobre el piso admirando las iridiscencias luciferinas del atardecer que tintineaban entre las baldosas de mármol anaranjado desde la ventana. Ahí me quedé, contemplando las mareas doradas del polvo pululantes en el entorno de la habitación, hasta que el sol las pintó de rojo carmesí, después púrpura, violeta, morado y, finalmente un azul ultramar trajo consigo el océano de tinieblas que adornó la noche.

Bajo aquella luna soñé que extendía las alas entre los tejados resguardándome de las miradas de los terrestres, quienes aguardaban con recelo mi aterrizaje para arrancármelas. Me deslicé sobre el viento, remontando sus olas bañadas por la luz de la luna mientras las nubes silbaban violentamente sobre mi rostro. Ocultaba bajo la luz de los astros que adornaban cada una de mis plumas con destellos aperlados, un saco de insanas proporciones cuyo contenido e importancia era conocido únicamente por mí y tal vez por algún otro… debía realizar cortos vuelos entre los techos repetidas ocasiones con la pesada carga hasta concluir. Tan ardua empresa tenía el propósito de hacer justicia en un mundo completamente inmerso en la avaricia. Algunos me advertían sobre resguardarme de los hombres y sus intenciones. Sin embargo, yo estaba decidido a entregar el objeto más preciado, quería que todos fueran libres de volar en el viento como yo entre los tejados. Entonces comencé a visitar cada ventana en cada casa para depositar suave y gentilmente una de los cientos de miles de plumas que llevaba en el saco gigantesco. Noté que en cuanto me desprendía de cada pluma, no sólo otros comenzaban a emprender vuelos celestes, sino que yo me movía con mayor libertad. Cada pluma que dejaba me liberaba de la extenuante carga que había depositado sobre mis brazos…

Era curioso notar que, para que otros pudieran ser libres, yo también tenía que desprenderme de algo amado. Ninguna pluma sobraba ni faltaba, mis alas estaban repletas de ellas. Sin embargo, no alcanzaba a terminar aquel espacio de reflexión, ¿qué era este asomo de recelo que emergía en mi mente al ver a otros elevarse como yo lo hacía? ¿Qué era esta sensación de saberme capaz de la liberación de los hombres, al tiempo que no deseaba otra cosa excepto su perpetua esclavitud? Sabía de igual modo, que no era mi deseo su esclavitud, no obstante, tampoco los creía merecedores de su supuesta “libertad” ¿cómo podía confiárseles a su cuidado y responsabilidad aquello que tanto se empeñaban en destruir?

Poco a poco vi a la humanidad construir sus propias alas, dando estos torpes y pequeños vuelos que los desprendía de esta idea abstracta llamada “suelo”. Primero se elevaron por encima de sus viejos tejados y concretaron los viejos proyectos para emprender los nuevos sueños. Pronto sus próximos saltos serían tan altos que los llevarían hasta las estrellas. Y ahí comenzamos a jugar todos juntos como niños, dando brincos entre planetas como si no hubiera tiempo y espacio; ahí fuimos todos, por primera vez, realmente libres…

Me dio la impresión de despertar dentro de mi propio sueño, tendido sobre un balcón al calor del océano, desde la elevación y distancia que trazaba la mirada hasta el horizonte. Aún podía sentir el beso de la brisa marina con su exquisito aroma de esencia vaporosa al interior de una habitación octogonal hecha solo de mármol blanco. Avisté un espejo de agua cristalina en un platón de oro y en cada dirección, un balcón que daba en cada una de sus vistas al mar… Asomé mi rostro al vacío desde el balcón más próximo, descubriéndome atrapado en una torre erigida en el centro del océano, distante de todo lo que alguna vez pudo llamarse civilización. Sin embargo, no sentí angustia, ni temor sino una gran y profunda paz. El frío del mármol bajo mis pies proporcionaba una sensación de relajación extasiante, podía sentir cada uno de los ligamentos de mis músculos destensarse y entregarse completamente a esa experiencia que recorría mis piernas hasta el centro de mi médula, mis rodillas se rindieron ante el éxtasis llevando mi cuerpo hasta el suelo, donde con lo último de mi consciencia sin querer perderse en el interior del orgasmo. Apoyé mis brazos contra el suelo quedando de cara ante el espejo de agua dorada, extendí mi mano para alcanzar un sorbo de las luces que destellaban con tanta fuerza como el sol para lavar las caricias que la noche había dejado entre mis ojos. Mas a un respiro de distancia del primer trago, la luz se abrió de golpe en mis ojos. Contemplé una mirada refractada que encontró el camino de vuelta hacia su dueño. Así vi en mi rostro por primera vez, la única forma en que se revela el orden de las cosas, del modo más directa y honesto en las que puede reconocérseles. Así resonaron mis infiernos:

  • Si el tiempo marchara en retroceso, y la vida se viviera hacia atrás. ¿Sería el destino algo escrito en la roca? ¿Sería la pluma una goma que borraría palabras en lugar de escribirlas? ¿O escribiría un sentido nuevo a las cosas incomprensibles en el orden natural de lo incognoscible? Qué absurdo es tener memoria si el único deber del hombre es caminar hacia adelante. Qué absurdo sería ver hacia atrás solo para descubrir un sendero escrito por las pisadas de insensatos que se creyeron dueños de su destino… ¿dónde están todos ahora? En el mismo lugar del que salieron, bien enterrados en el seno de la madre que los ha parido, la misma madre a quien no hemos hecho nada excepto despreciar y destruir, y es por este singular hecho que me aterra el concebir, si es que camino sobre pisadas andadas, sueño sobre sueños soñados. Todo ha sido buscado, todo ha sido encontrado… eso dicen… y ¿qué hemos encontrado sino la más vil y cruenta expresión de todo lo que alguna vez fue humano? Pero ¿eso es todo? ¿así termina todo? ¿hace cuánto que los viajeros dejaron de existir tras haberlo hallado todo? Y ¿qué pasaría si caminar hacia atrás fuera la respuesta? Solo para ver las cosas diferentes y así cambiar las cosas que hemos encontrado, tal vez para encontrar cosas distintas. Ya sabes, las cosas que habríamos hecho diferentes para no traicionarnos a nosotros mismos, para no olvidar de dónde venimos y así dejar de destruir nuestra propia casa y de asesinar a nuestra propia madre, tal vez así ya no terminemos enterrados en la tierra y finalmente encontraremos los nuevos caminos que nos llevarán hasta al cielo…

Al levantar la mirada frente al espejo, encontré las cicatrices de una vida tallada entre arrugas y canas, tiempo y memoria, besos e historias, un hombre que no era yo, sino otro que fue alguna vez yo. Con una mueca maquiavélica, extendió su mano envuelta en harapos sosteniendo un anillo de plata con un grabado en sílice que decía “Y esto también eres tú”. Toco mi rostro un instante, mientras me veía fijamente a los ojos, y al encontrarse nuestras miradas, contemplaba el desprendimiento de una supernova en su cristalino que se formaba irradiando una extraña nostalgia que pronunciaba el eco de una voz proveniente desde el centro de lo que solía ser una radiante estrella. Y así se pronunció el anciano:

  • Ahora yo me encuentro aquí, en cuclillas, con un dolor insoportable en cada músculo y un tedioso monólogo sobre una situación mía y no tan mía. La inocencia de crear me llevó a probar la promesa de lo físico, ahora llevo conmigo las historias enteras de civilizaciones que el ser humano jamás conoció, ni podrá conocer. Éstas dejaron de existir hace tanto tiempo… es cierto que la humanidad es joven, jamás podrían concebir lo que ha existido, lo que fue y lo que nunca jamás será. Confieso que hay instantes en los que sólo espero la conclusión de este instante que es la vida, que la paciencia de la muerte se agote y se canse de esperar, que el gran misterio susurre mi nombre y me lleve de vuelta al todo, del cual formo apenas una pequeña parte, como una gota de agua forma parte del mar. La soledad ahora es un concepto extraño, pues jamás estuve solo mientras estaba solo. Estuve conmigo en diferentes facetas y reflejos de entidades puramente metafísicas, pero no estaba conmigo al no reconocerme en un estado íntegro. Aprendí que la soledad se siente cuando no estamos en compañía de alguien y entonces nos sentimos “solos” y buscamos a alguien que nos provea de aprecio, cuya compañía nos impide encontrarnos a nosotros mismos. Escapamos de reconocer y aceptar esta situación… es extraño ¿no?

Al desprender su mano de mi mentón, la ligera turbulencia del espejo de agua volvió a la quietud y el suspiro fantasmagórico de aquel reflejo desapareció, silenciándose en un destello desprendido del fondo del platón dorado. Su luz me obligó a apartar la mirada en cualquier dirección para evitar quemar la retina. Mi mente regresó al presente onírico, si es que existe un presente ¿puede llamarse presente a un sueño que parece perdurar por la eternidad? Tal vez tanto como la eternidad puede ser un instante para el universo, y al presente que para mí es aquel en el que escribo esto, será apenas una memoria en tu presente. Y mientras para mí es un acontecimiento pasado, para ti se vuelve la dimensión de un sentido presente en el distorsionado y limitado reflejo de un evento ajeno, lejano y distante; aún más a la ironía del hecho que, la carga de valor colocado sobre estos acontecimientos, serán para el futuro un detalle demasiado banal como para recordarlo. No obstante, me sería imposible presentarte a mi primer misterio, al verdadero autor de la presente obra que, cabe aclarar, no es necesariamente su actual narrador. Ya no puedo referirme a mí mismo como aquel que fui. Pese a que el “yo” es algo nuestro, y mi “yo” es lo más mío, éste no fue por obra toda mía, irónico tal vez porque a mi manera de obrar le antecede una voluntad que no es por siempre uno de mis “yoes” más permanentes…

Los faros al costado de la avenida servían de estrellas a la ciudad. Nada podía contemplarse en el cielo ennegrecido por la contaminación y el ruido lumínico del mundo nocturno, con sus bares y antros inundados de los más dulces venenos y carnales deseos; las sonrisas de las prostitutas frenan el tránsito y hacen tropezar a lujuriosos desesperados por satisfacer las caprichosas necesidades del cuerpo. Camino cuidadosamente bajo el puente sobre la delgada banqueta, brincando las heces de los vagabundos que aprovechan la privacidad que provee la falta de iluminación del túnel, antes de ser vergonzosamente sorprendidos por algún automóvil o algún peatón como yo. Finalmente, al llegar hasta el parque, tomo el callejón enarbolado que está tras mi casa. Este es uno de mis lugares favoritos por sus numerosas especies de abetos, pinos, fresnos y eucaliptos, sin mencionar su extensa variedad de flores de todos tipos y tamaños. Siempre consideré la compañía de las plantas y los animales como la mejor de todas, pues ante ellos siempre he podido expresarme con libertad sin temor a ser juzgado o temido como ocurre con las personas.

Ansiaba recostarme en mi cama y encender la luz azul que yo mismo reemplacé por los focos estándar de luz blanca y amarilla. El azul siempre me invitaba a sumergirme con él en un inmenso mar de posibilidades y peligros. Una adicción a nadar seguro entre las fantasías que me hacen contemplar ballenas, peces vela, delfines, tiburones, calamares y animales de todo tipo en un rincón cualquiera: la habitación de un hombre de 28 años. Así lo mantuve por años, igual servía para descansar los ojos y la mente del día a día. Además, una parte de mí también era adicta a esa lámpara de tonalidades azules que me recordaban una noche fría de agosto bajo una iluminación similar provista por una lámpara en mi buró. Dicho artefacto iluminaba 5 hileras de repisas llenas de peluches y juguetes con los que mi hermana y yo solíamos jugar en nuestra infancia. En esa habitación, se encontraban dos camas próximas la una a la otra para formar una sola y colosal cama en la que pudiéramos caber mis dos hermanas y yo.

En el retablo de la cabecera, se sostenía la imagen de un ángel arropando amorosamente a un niño mientras este dormía apaciblemente. Frente a mí, estaba una ventana abarrotada por hileras de hierro, oculta entre la elegante caída de suaves cortinas, y dos muebles de mediana envergadura aunado a una pequeña cocineta con la que mi hermana menor solía jugar. Un pequeño buró, se asoma por la esquina de la cama, donde mi hermana mayor guardaba todos sus discos de música con devota sacralidad. Pese a que yo no tengo un amplio sentido de cultura musical, puedo afirmar que la costumbre y el gusto son cosas bien distintas. Quiero pensar que el gusto de mi hermana recae en la inevitable costumbre de escuchar la mierda que sonaba en su escuela repetitivamente hasta el vértigo. Esta mierda era lo único que sonaba. Para su mente, el hecho de que otros también la escucharan la llevó a creer que necesariamente debe ser buena. En el peor de los casos, yo soy quien tiene un pésimo gusto. En efecto, uno puede intuir que jamás tuve una relación placentera con mi hermana mayor.

Era mi cuarta noche sin poder conciliar el sueño, y sinceramente el vivido recuerdo de estas situaciones me resulta tan convincente que me desafía a dudar si he realizado una distinción apropiada entre el sueño y la realidad. Pues luego de este sueño me acompaña el recuerdo de haber despertado en compañía de mis padres. Evidencia suficiente en un niño de 5 años para corroborar el horror de sus visiones que, reales o no, daban continuidad a una serie de fantasías, formas y sonidos que asaltaron mis sentidos y despertaron dentro de mi subconsciente a las más horrendas criaturas desde que tengo memoria. Tal vez era mi evidente desconocimiento de la multiplicidad de dimensiones perceptivas. Tal vez era mi falta de experiencia lo que construía un frente en cuanto a lo “real”, y aún más si se habla de la mente de un niño.

Una serie de ruidos viajaba veloz por el estrecho pasillo hasta mi habitación. Sonidos que recorrían las escaleras desde el interior de la cocina, tan familiares como el inconfundible choque de metales cóncavos como las ollas de metal cayendo al suelo estrepitosamente en el piso de mármol. Miré el reloj al costado de mi cama marcando las 3:33 de la mañana. Todos se encuentran dormidos excepto yo, que miro fijamente al techo escuchando la respiración de mis hermanas, quienes descansan a escasos centímetros de mí; escucho las variaciones del voltaje de mi lámpara, e incluso puedo escuchar los estridentes ronquidos de mi padre desde su cuarto al otro lado del corredor. Pero cada respiro de mis hermanas me inspiró tal ansiedad que mi mente no toleró más el despiadado torrente de interpretaciones acerca de su origen junto con el silencio seguido a su ausencia. Tal vez era efecto del insomnio que me sobrecogía. Me levanté de un brinco y salí corriendo para sorprender el grupo de ollas desperdigadas por el suelo, me deslicé cuidadosamente escalón tras escalón, aguardando una aparición fantasmagórica y escabrosa de cualquier inimaginable monstruosidad. Sin embargo, me asustó más no encontrar absolutamente nada en el suelo, el techo o la pared. Incluso asomé la mirada por debajo del mantel de la mesa, pero todo estaba en su lugar, tampoco había trastes en el fregadero que pudieran haberse resbalado de su lugar y chocado entre sí, simplemente no había nada.

Volví a mi cama desilusionado por la ausencia del caos que esperaba encontrar, aunque satisfecho por la tranquilidad implícita en lo común y lo normal. La efímera y superflua sensación que da el control en la negación y desaprobación de todo cuanto escape a la comodidad que brinda el sentido de normalidad. Así como lo supra e infra terreno o humano. Me atrevo a denunciar la vaporosa seguridad de esta comodidad mental porque en cuanto me cubrí con las cobijas, me pareció escuchar algo subiendo por las escaleras del corredor. No sólo usaba las escaleras, ya que el golpeteo escalaba por las paredes y el techo. El ruido me invitaba a idear una hábil criatura reptando por las paredes a toda velocidad en las escaleras y nuestra habitación, deteniéndose tan pronto como se encontró frente al marco de la puerta… fuera lo que fuese aquello que aguardaba a la entrada de la alcoba, acechaba inmutable, impertérrita en el más luctuoso silencio, como la sigilosa araña que aguarda el desmañado descuido de la mosca. Después se me antojo la idea de un ser dotado de fiera inteligencia y una crueldad parecida a la de grandes depredadores, una crueldad más bien humana, probablemente sacada de alguna narración Lovecraftiana. Me apeteció una criatura que se sabe el depredador absoluto y la razón de su sigilo no obedece a la cacería, sino al deseo y disfrute del estremecimiento de la presa por cada inhalación entre la adrenalina y el terror.

Yo asomaba la mirada por un costado de las cobijas, resignado a mi imaginación consagrada al rojo vertiéndose entre los pedazos regados por la habitación viendo lo que alguna vez fue mi cuerpo y el de mis hermanas. Cada instante la tortura de una nueva espera y cada sonido el fortissimo que componía su escabrosa sinfonía. Trataba de leer las siluetas entre la oscuridad y sus penumbras, pretendí adivinar el refugio en el que la criatura asechaba para darnos el infame veredicto de su voluntad. La imaginación no se hizo esperar y bastó apenas el imperceptible crujido de la puerta blanquecina para sumirme de facto en el terror acrecentado por cada sonido de sus pisadas en el interior de nuestra habitación. Esto fue motivación suficiente para salir despedido de la cama en un sólo brinco hasta el cuarto de mis padres, abandonando a mis hermanas; un acto que jamás logré perdonarme, pues nada más el pensamiento surgió en mi consciencia, me supe el más traidor y el más cobarde por intercambiar a mi propia sangre cual si fuera la más común de las carnadas so pretexto de salvar mi pellejo.

Si el ente imaginario del que trataba de escapar, constituía o no una creación mental, resultaba indiferente. Aunque mi mente trataba de negar cualquier posibilidad de existencia a semejante entidad, lo único claro era la incapacidad de hacer frente a tan indiscutible bestia. Un ser que instituía el diseño de su propio reflejo, obra y voluntad. En aquel momento, para mí, si tenía o no algún dote de humanidad me importaba un bledo, su voz resonaba con tal claridad que el susurro de su aliento acariciando mi oído, dispersó toda posibilidad a rebatir esta manifestación como una alucinación de mi mente. Apenas abandoné la habitación, ésta sonaba de forma ajena a toda expresión conocida por mis pensamientos, y clamaba una y otra vez:

  • “Eres un cobarde, tú deberías ser quien muriera…”

Al cruzar el umbral del marco de la puerta, lo único que resultaba tan evidente, era la inmensa oscuridad donde se desdibujaba una silueta azul de bordes coloridos, desprendidos de aquella mancha de forma y proporción asimétricas, como un remanente del haz de luz atrapado en mis ojos por la lámpara encendida en la esquina de la habitación, que de pronto se contorsionaba en la presencia de un extraño humanoide. Recuerdo que, en mi pecho, se produjo algo similar a la sensación de un pequeño infarto que me arrebató el aliento, y algo en mi interior se quebraba con la presencia de esa voz que hablaba, reía y me llamaba cobarde.

  • “Dejaste a tus hermanas atrás… ¡Tú deberías ser quien muriera!”.

Paralizado por el temor, me mantuve de pie en el umbral de la puerta. Curiosamente, en ese extraño lugar que define poéticamente un portal de tránsito, pues no es un espacio, no es adentro ni afuera, sino un sitio idóneo para una absoluta contradicción a las leyes de la lógica. Permanecí quieto por unos minutos antes de dar el primer paso en la oscuridad. A pesar de no tener una distancia mayor a 8 pasos entre el marco de la puerta y el cuarto de mis padres, el corredor se sentía como una eterna cruzada de luctuosos pasos al interior de un callejón sin salida. Las vociferaciones de la entidad resonaban en un eco claustrofóbico, su rugido llenaba el vacío de entre los rincones y provenía desde el más sórdido de los silencios; el funesto veredicto de la razón sentenciaba que esta voz jamás habría de abandonar mi cuerpo, mi mente y mi ser; esta entidad se encontraba aquí y se encontraría allí a partir de aquel momento, en cada rincón, en cada situación, en cada persona, en los instantes más felices de mi vida, e incluso cuando hacía el amor…

El cuarto de mis padres se encontraba frente a nuestra habitación. A medida que me encaminaba hacia la puerta, me invadía la extraña sensación de que, fuera lo que fuese aquello que estaba persiguiéndome, siempre se encontraba un paso adelante de mí, y advertía que aquella criatura aguardaba por mí en el interior de la alcoba de mis padres. Sin afán o pretensión de jugar en una suerte de morfología Burtoniana, o elucubrar sobre alucinaciones efímeras, lo que vi a continuación fue el verdadero motivo por el cual no he podido olvidar aquella noche en más de 23 años…

Al acercarme a la cama de mis padres, fui a donde se encontraba mi madre. Pero al acercármele, tuve la certeza de que, sin importar lo que fuera que estaba ahí tendido, no era mi madre. No podía ser mi madre. Aun cuando entre las penumbras percibía su silueta y el suave aroma frutal característico de los rizos de su cabello, había algo ajeno en lo que a ella correspondía y era. Lentamente, extendí mi mano por encima de su hombro izquierdo, tocándolo suavemente con la intención de hacerle notar mi presencia, para no perturbar del todo su sueño, quería hacerla girar hacia mí, pues su cuerpo se encontraba orientado hacia el interior de la cama y no lograba ver su rostro del todo; quería decirle que tenía miedo, que me dejara dormir a su lado, como siempre lo había hecho en noches como esa. Sin embargo, en el mismo instante que su cuerpo giró hacia mí, el rostro de mi madre fue reemplazado por alguna suerte de espectro de ojos blanquecinos que miraba fijamente en mi interior, como si su mirada penetrara a través de mí carne y pudiera ver el estremecimiento de mi alma, pues sostenía una espantosa sonrisa entre los labios, como si el horror que se producía en mi corazón fuese el más suculento de los deleites y la más añorada recompensa.

Yo no sé cuánto tiempo permanecí de pie frente a esa imagen, creo que fueron más de 3 minutos. Mi cuerpo se movía provisto de una inercia ajena a mi voluntad. Deslicé la mano hasta su rostro con lentitud, tratando de comprobar si no se trataba de una afortunada broma de mi imaginario. Tan pronto como mis dedos entraron en contacto con su piel, el cuerpo y la cabeza de mi madre fueron arrastrados al interior de las cobijas con una velocidad ajena a la biomecánica del cuerpo. Una fuerza la arrastró desde el interior de la cama y a mí me faltaba algo más que la razón para dar crédito a tan extraños eventos, me faltaba la respiración y mi corazón se contusionaba en pequeños infartos y escalofríos doblegando mi cuerpo hasta besar el helado azulejo bajo mis pies. Tenía frío, miedo y trataba desesperadamente de convencerme de que lo que había visto no era real. Permanecí acostado en el suelo durante al menos 30 minutos, o eso me pareció, puesto que el brazo se me adormeció y la pierna comenzó a dolerme por la rigidez de la postura adoptada sobre el suelo. Nuevamente, la voz resonaba en mis adentros:

  • “Están muertos, están muertos; va a comerte…”.

Tras un breve lapso en el que me convencí a medias de que todo era producto de mi imaginación, hice lo posible por levantarme hasta quedar de cuclillas al lado de la cama y me puse de pie. No di una segunda mirada al rostro de mi madre, simplemente me encaminé a averiguar si lo mismo había ocurrido con mi padre. En efecto, frente a mí, advertí su cadáver boquiabierto y agusanado cuya fétida podredumbre desprendía moscas desde los espacios donde alguna vez existieron ojos. La alucinante imagen de la muerte de mi padre desplomó mi cuerpo al borde de la cama, sentí una enorme pesadez en mi interior, un cansancio que había drenado hasta la última gota del yo más mío, un desprendimiento de la vida misma. Estaba agotado y sólo quería dormir, así que, hice caso omiso al cadáver frente a mí y me arrastré por debajo de las cobijas a aguardar el mismo destino de mis progenitores. Observé detenidamente el transcurso de los minutos en el reloj del buró; la transmutación de los segundos en las horas y el desfile del amanecer. Hasta que perdí la consciencia y caí en el sueño sin oportunidad de recordarlo, mi ser suplicaba olvidar aquella vaga visión de una pseudo remembranza.

Al día siguiente, en la escuela, permanecí escondido en el rincón de la reja en una pila de llantas, cuando uno de mis amigos vino a buscarme lo recibí con un puñetazo en el ojo que le pintó el rostro de colores. Yo no hacía sino lanzar golpes y patadas a aquellos a quienes tenía la hipocresía de llamar “amigos”. Me resultaba tan paradójico, que articular el motivo de mi aislamiento era imposible, en mi consciencia no existía forma de comunicar mi sentir. El tema es que mi mente fabricaba estrategias contra las personas en mi entorno, y, al mismo tiempo, otra parte de mí, desesperaba por hallar el modo de protegerlos de la fuerza que me invitaba a destruirlos. Debía protegerlos de mí mismo y lo que se encontraba dentro de mí: el maestro de las mil voces.

No quería hacerle daño a nadie, sólo tenía miedo. Pero el miedo que me protegía, se volvió contra las personas con quienes me crucé. Hay tanto de mí, que siempre sentí la necesidad de ofrecer a quienes amé, pero cada día que transcurría, veía zanjados en la inutilidad mis intentos por nombrar el origen y el sentido de ese miedo; aún recuerdo ese día en el que extendí aquellas últimas palabras con el resto del mundo por los próximos 2 años, esto ante mis 3 camaradas cuyos nombres respondían a Víctor, Rafael y Omar, así como ante algunos con quienes no solía cruzar palabra.

Ya desde aquel momento acostumbraba la compañía de pequeñas libretas y lápices en mi bolsillo, así como algunas crayolas; dibujaba y anotaba toda idea o referencia que llamara mi atención desde el limitado entendimiento. A partir de ese día comencé a tener cuidado al narrar o describir mis sueños o incluso al dibujarlos, porque a la fecha puedo sentir esta sensación de que, cuando hago un registro, de alguna manera cobran forma, poder y fuerza sobre mí o la realidad; puedo recordar perfectamente el dibujo que realicé para tratar de describirle a mis amigos en tanto detalle como fuera posible aquella pesadilla.

Recuerdo cada trazo, cada inclinación de ese cuerpo amorfo que coincidía perfectamente con la representación de un pequeño feto con ojos grandes como los de un gecko, cuyos ojos eran tan grandes que salían de las cuencas del cráneo, los afilados dientes habían sobrepasado y perforado aquella masa carnosa de algo que no podría ser descrito propiamente como un hocico, puesto que los dientes apuntaban hacia afuera de forma desordenada, anormal y ajeno a la relación de la proporción. Esos dientes eran tan grandes que no podían entrar dentro de esa diminuta cavidad. Puedo decir que buena parte de los dientes que no encontraron salida a través del hocico, se abrieron camino a través del cráneo, pintando una extraña pero apropiada cabellera que recorría incluso parte de su columna vertebral, toda compuesta de aquellos afilados dientes. Cuando abría la boca para hablar, me recordaba la imagen de aquellos peces abisales de bocas colosales y cuerpos alargados que pueden extenderse y triplicar su tamaño en un instante, generando este vacío que succionaba a su presa al interior de las colosales bocas.

No poseía pies, ni estructura ósea; debido a esto, seguramente no estaba limitada a un concepto tan efímero como la gravedad; su arrastre y agitación por los pasillos parecía suscribirse a la condición y estrategia de cacería de los delfines y algunos de los grandes cetáceos, (quienes se valen del sonido y la estridencia de sus altos tonos propulsados para compensar la limitación física o incluso espacial que proporciona el oído); se encontraba dotado de dos hileras de manos con brazos flácidos y enfermizos que sostenían entre dedo y uña un juego de garras similar a los puñales de los grandes felinos como los tigres o los leones, aunque la similitud y mecánica de los brazos me recordaban más a la fiereza de algunas especies de ciempiés, quienes poseen en cada pata un aguijón que inyecta veneno repetidas veces a sus presas antes de devorarlas.

Recuerdo que, al contemplar mi propio dibujo, un escalofrío recorrió mi ser y lágrimas rodaron por mis mejillas en silencio; percibí hasta el último de los bellos de mi cuerpo erizado como aguja y mi mente quedó nublada en cavilaciones impronunciables que provocaban el desequilibrio de toda cosa cognoscible. Las lágrimas comenzaron a rodar nuevamente por las mejillas, y a medida que los comentarios de los niños comenzaron a agitarse, contaba con lujo de detalle la descripción de mi sueño. No obstante, pronto se elevó la carcajada del grupo entero hasta el extremo opuesto del patio, lo que atrajo una turba de niños a mi alrededor de todas las edades y salones. Resulta casi satírico que, a medida que me sentía forzado a levantar más y más mi voz para combatir el volumen de las carcajadas de una veintena de niños, más me daba cuenta que ellos me percibían desde un sitio que para mí había dejado de existir durante el breve ciclo de una noche. A sus ojos, yo era un loco, un tonto cuando mucho, pero nada más que un niño quejándose de una pesadilla.

No temo expresarme respecto a esos eventos. Tampoco doy demasiada importancia a lo que se pueda concluir de ellos, ya me resulta labor suficiente adentrarme en estas remembranzas y poner estos acontecimientos en palabras. Predispongo ante ti, querido testigo, los detalles más insignificantes de estos sueños, los cuales se volvieron paulatinamente más y más vividos, al punto que ya no tenía que dormir, ni colocarme en su espacio predilecto, mis sueños, donde moraba el rey de mil avernos. Sino que la bestia comenzó a apoderarse del espacio más presente de mi mente, fue a donde mis pensamientos resonarían con el rugido de su voz cavernosa. Resignado a luchar contra su constante e irrefrenable presencia, abrí la puerta y traté de entablar comunicación con la criatura, pues fuera aquello una elucidación mía, una voz cuya manifestación carecía de materialidad física externa, o un compuesto audaz de mi imaginario, tenía la certeza de que habría de trazar una línea que me permitiera entender el origen de aquella criatura, el motivo de su interés en mí y más importante aún, el modo de detenerla y expulsarla de mí; y si ésta vagaba en el interior de mis pensamientos, algo de ella escucharía lo que tenía que decir si me valía del mismo medio por el que ella se expresaba y manifestaba.

No requiere mucho esfuerzo rememorar sus palabras, así como algunas de las conversaciones que mantuvimos por no poco tiempo; recuerdo una ocasión en la que su voz irrumpió en mitad de un tren de pensamiento. Mientras me encontraba parado frente al espejo del baño; lavé mi rostro y tras pasar la toalla por mis ojos, estaba delante de mí, en el interior de la silueta correspondiente a mi reflejo; me observaba desde el interior de la retina de mis propios ojos; el terror de sus mandíbulas devoraron mi aliento un instante, harto de huir de sus inevitables presencia y existencia, me aferré a lo único tan claro para mí como el miedo que sentía, esto era el interés y el deseo de saber qué o quién era esta criatura, y conocerla desde la expresión de sus propias palabras; así que sostuve la mirada fijamente de vuelta al interior de la suya, con mis rodillas tambaleándose, y mi voz temblorosa por la sorpresa de su imagen ante la mía y dije:

  • No puedo recordar qué o quién eres, no puedo recordar tu cara o tu nombre, no recuerdo nada de ti, ni siquiera recuerdo haber cruzado palabra contigo, y es por ello que simplemente no entiendo ¿qué pude haberte hecho o qué podrías querer o buscar en mí que sea tan importante, como para que no puedas permitirme conocer el motivo y misterio que encarna tu existencia? Lo peor es que ahora tampoco puedo pensar en nada, ni recordar nada, excepto este temor, aunado a la maldición que es tu presencia, de la cual no se puede ver, leer o entender nada, sólo puedo sentir este miedo que me lleva a preguntar ¡¿Qué rayos eres?!
  • Los humanos siempre esforzándose en rechazar las oportunidades que se les ofrecen; lo único más triste que tu incapacidad para reconocer tu creación, es que la llames una maldición, pero supongo que es normal que sientas rechazo hacia las partes de ti que te han enseñado a demonizar después de que aquellos que hicieron de Dios tu juez y de sus ángeles tus carceleros te separaran de tu poder creador. ¿Y sabes qué? al final has sido tú quien me ha llamado, si lo recuerdas o no, es indiferente, he acudido y aquí me tienes. Pero si lo deseas puedo dejarte solo y entonces de verdad no te quedará nada, si prefieres conformarte con el desprecio de los infelices a quienes tanto tratas de complacer, para escuchar de sus labios las mentiras que tanto quieres oír, es tu decisión…

La criatura comenzó a desvanecerse lentamente en el interior de mi retina, dando paso a mi reflejo; yo estaba en shock. Escuchar a esta criatura constituía ya un gran desafío, escucharle decir que yo era el responsable de su presencia y, no sólo eso, sino que me encontraba en posición de dictar mis deseos sobre de ella, hacerla aparecer y desaparecer. Ahora obligarla a partir, despertaba en mí un sinnúmero de preguntas:

  • ¡¿Qué?! ¡Espera, no te vayas!

Una pequeña risa escapó de entre sus mandíbulas y poco a poco la nitidez de su imagen regresó.

  • Es tan fácil adivinar los puntos débiles de los humanos. Sobre todo si se les ofrece la oportunidad de comandar lo que creen por encima de ellos, sin darse cuenta que se han hecho inferiores a su propia creación, al olvidar su capacidad para manifestar lo que puede salvarlos o destruirlos. Ahí nació la adicción al poder, a dominar y controlar aquello que creen haber perdido. Su poder creador…
  • Dijiste antes que yo te había llamado, si de verdad te he creado, entonces respóndeme por favor: ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu propósito?
  • ¿Quién soy? Yo soy el viejo que cuenta las historias de nuestra raza – dijo -. Eres uno de los hombres nacidos mitad luz, mitad oscuridad -continuó señalándome-, desde el portal del fuego blanco como la aureola del eclipse solar bajo el que has nacido. Yo era considerado un huérfano incluso para los paganos, pues mis padres no eran mundanos y la sangre profana no corre por mis venas. Pero de mí, las historias contaban que era hijo de los dioses, mas no me habían engendrado como a los demás. Yo no era un semidiós ni mucho menos; alguna vez fui un hombre terrenal con sangre divina. Cuando la décimo tercera era de los hombres comenzó, las deidades lloraron un nuevo volcán, yo emergí de las profundidades y me críe en la mente de los hombres con el rugido del cataclismo.
  • Ya entiendo, por eso tu voz suena como un trueno que desgarra la tierra.
  • Ahí me amamanté de sus sueños hasta que tuve la sabiduría suficiente para salir a la superficie. Desde la conciencia, narré el terror que encontré en la mente de los hombres; algunos denunciaron en mí al monstruo responsable de sus pesadillas, sin saber que yo estaba para advertirles del peligro en cada sombra bajo las noches sin luna, incluso del peligro que a veces resultaban para sí mismos. Los más valientes supieron ver en su interior, y encontraron en mí al maestro que los habría de instruir en los más diestros guerreros y más nobles sabios. Los frívolos me ofrecieron poder creyéndome mensajero celestial, mas yo me negué porque no podía adjudicarme tal responsabilidad. Ellos ahora pretendían que los salvara de su propia creación, sin entender que no fue aquello que manifestaron, sino aquello que no crearon lo que de hecho estaba destruyéndolos. Otros pensaron que lo hacía por soberbia a fin de rebajar al humano a una bestia egoísta, pero la verdad es que los humanos jamás fueron capaces de admitir su propio reflejo. Egoísta o no, monstruo o deidad, yo soy la manifestación de lo que la humanidad niega, soy el huérfano que, pese a ser despreciado y rechazado, soy también lo que la humanidad necesita y suplica, la verdad sobre de sí mismos. Otros tontos creyeron que era modestia, así que me ensalzaron ofreciéndome aún más poder: el poder de la fe… Después de mi llegada plagada de alabanzas ignorantes, decidí exiliarme de la memoria de los humanos para que mi origen fuera olvidado. Generaciones más tarde regresé con la vista alta y experiencia terrenal. Las personas me recordaban, pero mi origen ahora parecía una leyenda y no un hecho; así me convertí en creador de historias y no en revelador de verdades o mensajero de los dioses. Nunca más me ofrecieron el poder, sin embargo, yo ya lo poseía, me dieron la obligación de entretener a las personas con historias que les hagan sentir miedo para su divertimento… me dieron el poder de controlar sus pasiones y así me han puesto en control y dominio de su vida, negando la palabra traslúcida de mi verdadero propósito y así he gobernado, acatando las instrucciones de mis creadores en su deseo de permanecer esclavos…
  • Entonces ¿yo te llamé porque quería ver la verdad de mí mismo?
  • Tu llanto por la muerte de tu ser amado, despertó en ti una pregunta… ¿recuerdas cuál fue?
  • … ¿Por qué a la gente le da lo mismo una vida que otra? ¿Por qué la vida se siente como una prisión? …
  • He venido aquí responder tu pregunta, o, mejor dicho, a mostrarte lo que necesitas ver para que entonces puedas responder por ti mismo.

La criatura cerró los ojos, se alejó del reflejo y se desvaneció completamente del espejo concluyendo así nuestra primera conversación.

Cabalgar las memorias a todo levante desde la nostalgia , puede figurar alguna suerte de lucidez en tanto el pensador desmenuce las reverberaciones centellantes entre el transcurso del día hacia la noche, pero ¿confiar en un sueño por recuerdo, un silencio por palabra y un espectro por verbo? No podía figurar lucidez, pensamiento, ni siquiera la memoria misma. Así fue como me quedé suspendido en el tiempo, incapaz de reintegrarme a la trama exterior fuera de aquel imaginario. Así comenzó este eterno ir y venir entre dos mundos conectados mediante un mismo catalizador, un vehículo, un cuerpo que deambula en todas y ninguna parte.

Fin del Capítulo 1

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